"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.
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martes, 8 de diciembre de 2009

Somos como plantas cuya única elección consiste en colocarse o no a la luz

Simon Weil


"Tener la sensación de haber desobedecido a Dios significa simplemente haber dejado de desear la obediencia por un tiempo. Naturalmente, en circunstancias iguales, un hombre no realiza las mismas acciones según dé o no dé su consentimiento a la obediencia; lo mismo que una planta, en circunstancias iguales, no crece de la misma forma si está a la luz o en la oscuridad. La planta no ejerce ningún control, ninguna elección respecto a su crecimiento. Somos como plantas cuya única elección consiste en colocarse o no a la luz.

Cristo nos ha propuesto como modelo la docilidad de la materia, poniéndonos como ejemplo los lirios del campo que no labran ni hilan. Es decir, que no se han propuesto adquirir uno u otro color, que no han puesto su voluntad en movimiento ni han ordenado medios a tal fin, sino que han recibido todo lo que la necesidad natural les aportaba. Si nos parecen infinitamente m´as bellos que unos suntuosos tejidos no es por ser más lujosos sino por su docilidad. También la tela es dócil, pero dócil al hombre, no a Dios. La materia no es bella cuando obedece al hombre sino cuando obedece a Dios. Si en ocasiones aparece en una obra de arte casi tan bella como en el mar, en las montañaas o en las flores, es porque la luz de Dios se ha posado en el artista. Para encontrar bellas las cosas fabricadas por hombres no iluminados por Dios, es preciso haber comprendido con toda el alma que esos hombres no son sino materia que obedece sin saberlo. Para quien se encuentra en ese punto, todo sin excepci´on es perfectamente bello en este mundo; discierne el mecanismo de la necesidad y saborea en ella la dulzura infinita de la obediencia en todo lo que existe, en todo lo que se produce. Esta obediencia de las cosas es para nosotros, en relación a Dios, lo que es la transparencia de un cristal en relaci´on a la luz. Desde el momento en que sentimos la obediencia en todo nuestro ser, vemos a Dios." Simon Weil. El amor a Dios y la desdicha.

martes, 24 de noviembre de 2009

Un hecho inesperado... y a la vez entrañablemente esperado

¿Es cierto?


CARTA A DIOGNETO
fragmento del capítulo V
anónimo.

....Los cristianos no se distinguen de los demás hombres ni por el territorio en que viven, ni por su lengua ni por sus costumbres. No habitan en sus propias ciudades, ni utilizan jerga particular, ni llevan un género de vida especial. Su doctrina no ha sido descubierta por el pensamiento o la investigación de ningún genio human, ni tampoco siguen una corriente filosófica, como hacen los demás. Ahora bien, aún viviendo en ciudades griegas o bárbaras -como le haya tocado a cada uno- y uniformándose a las costumbres del lugar en el vestir, el comer y todo lo demás, son un ejemplo de vida social admirable, o mejor -como todo el mundo dice- paradójico. Viven en su patria, pero como si fueran peregrinos; participan en la vida pública como cualquier ciudadano, pero están distanciados de todo como si fueran extranjeros; cualquier nación es su patria, y cualquier nación es para ellos extranjera. Se casan como todos, y tienen hijos hijos, pero no exponen a sus recién nacidos. Comparten en común la mesa, pero no el lecho. Viven en la carne, pero no según la carne. Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo. Obedecen a las leyes vigentes, pero superan las leyes con su vida. Aman a todos y son perseguidos por todos. No se les conoce, pero se les condena. Se los mata, pero ellos obtienen así la vida. Son pobres y enriquecen a muchos; carecen de todo pero abundan en todo. Son despreciados y encuentran gloria en el desprecio. Se blasfema de ellos, pero proclaman justo al blasfemo; se les ultraja y bendicen; se les injuria y tratan a todos con respeto. Hacen el bien y se les condena a muerte; pero, una vez condenados,se alegran como si les dieran entonces la vida.Los judíos les combaten como enemigos suyos, y los griegos les persiguen; pero quienes les odian no saben explicar el porqué...


martes, 17 de noviembre de 2009

Un trozo de tiza

Gilbert y Frances
Para esto están hechos el hombre y la mujer para amarse así, buscando siempre al Amado: "No tengo que decirte que aún te quiero"

Recuerdo una espléndida mañana durante las vacaciones de verano, toda azul y plata, en la que, con muy pocas ganas, conseguí apartarme de la tarea de no hacer nada en concreto. Me puse algún tipo de sombrero, recogí mi bastón y me guarde en el bolsillo seis trozos de tiza de brillantes colores. Después entré en la cocina, (que junto al resto de la casa era propiedad de una señora muy conservadora y razonable, vecina de una aldea de Sussex) para pedirle a la dueña y ocupante de la cocina, un poco de papel marrón. Tenía mucho, de hecho, incluso demasiado. Pero estaba equivocada respecto a para que sirve el papel marrón. Ella creía que, si uno quiere papel marrón, es para hacer paquetes, algo que yo no planeaba. A decir verdad es algo que supera mi capacidad mental. Pero la señora le daba muchas vueltas a como algunos papeles eran más resistentes que otros. Aclaré que lo único que pretendía era dibujar, así que no me preocupaba lo que pudiese durar el papel. Lo que me interesaba no era que el papel fuese duro sino absorbente, algo que es indiferente en un paquete. Cuando comprendió que yo quería dibujar, me abrumó con ofertas de papel de cartas. Aparentemente, dio por sentado que si escribo mis notas y cartas en papel marrón viejo es para ahorrar.

Entonces, intenté explicar este delicado matiz lógico: no sólo me gusta el papel marrón, me gusta el colorido marrón en el papel, como me gusta en los bosques en octubre. O en la cerveza, o en los arroyos que corren entre las turberas en el norte. El papel marrón encarna los primeros trabajos en el primer amanecer de la creación. Con un par de tiza de colores, encuentras en él puntos de fuego, llamaradas de oro, vetas rojas como la sangre y verdes como el mar, como las primeras estrellas que brillaron en la oscuridad. Todo esto se lo dije de pasada a mi casera, mientras me guardaba el papel marrón en el bolsillo junto a las tizas y, posiblemente, otras cosas. Se me ocurre que todos hemos meditado en alguna ocasión sobre lo poéticas y fundamentales que son las cosas que llevamos en los bolsillos. La navaja, por ejemplo, prototipo de toda herramienta humana cuya hija es la espada. Una vez, empecé a escribir un libro de poemas que trataba solamente de las cosas que encontré en mi bolsillo. Pero iba a ser demasiado largo y los poemas épicos están pasados de moda.

Con mi bastón, mi navaja, mis tizas y mi papel marrón, eché a andar por los blancos acantilados. Trepé por esos contornos colosales que representan lo mejor de Inglaterra al ser a la vez grandes y suaves. Su suavidad es similar a la de los grandes percherones o los abedules. Proclaman a los cuatro vientos, contradiciendo nuestras teorías cobardes y crueles, que los fuertes son misericordiosos. El valle que abarcaba mi vista era tan amable como cualquiera de sus casas pero ,en cuestión de fuerza, era como un terremoto. Saltaba a la visa que las aldeas en aquel inmenso valle habían disfrutado de seguridad durante siglos, pero toda la tierra era como una ola inmensa alzándose para arrastrarlas.

Anduve de un prado a otro, buscando un lugar para sentarme a dibujar. Por lo que más quieran, no supongan que iba a hacer un boceto del natural. Iba a dibujar diablos y arcángeles, ciegos dioses que la humanidad adoraba antes del amanecer de la razón, santos vestidos con brillantes túnicas carmesíes, extraños mares verdes y todos esos símbolos, sagrados o monstruosos, que quedan tan bien dibujados con tizas brillantes sobre papel marrón de dibujo. Son más dignos de ser dibujados que la naturaleza. Y además son mucho más fáciles de dibujar.

Un vulgar artista hubiera dibujado la vaca que estaba pastando en el prado frente a mí, pero, como siempre me equivoco con las patas traseras de los cuadrúpedos, plasmé el alma de la vaca. Podía verla paseando frente a mí a plena luz del día. El alma tenía siete cuernos, era plateada y carmesí, con el misterio de todos lo animales. Así que por más que no pudiese sacar lo mejor del paisaje con un lápiz, no crean que el paisaje no sacaba lo mejor de mí. Creo que este es el error que se comete al estudiar los antiguos poetas anteriores a Woodsworth. La idea general es que no les interesaba la naturaleza ya que no la describieron mucho.

Puede que prefiriesen escribir sobre los grandes hombres a escribir sobre las grandes colinas. Pero estaban sentados sobre las colinas al escribir. Nos dieron menos sobre la naturaleza pero estaban empapados en ella. Pintaron de blanco la túnica de la sagrada virgen con nieve deslumbrante como la que miraban todo el día. Decoraron los escudos de sus paladines con la púrpura y el dorado de sus heráldicas puestas de sol. El verdor de mil hojas se agrupó en la figura verde de Robín Hood. El azul de cientos de olvidados cielos se cambió en el azul de los mantos de la Virgen. Recibían la inspiración en los rayos del sol , como enviada por Apolo.

Pero mientras garabateaba en el papel marrón, noté, muy irritado, que había dejado en casa la tiza más exquisita e importante. Revolví todos mis bolsillos pero no encontré nada de tiza blanca. Aunque los conocedores de la filosofía, mejor dicho religión, de dibujar sobre papel marrón conocen la importancia del blanco, tan positivo como esencial, no puedo evitar explicar ahora su significado moral. Una de las grandes verdades que nos revela el arte de dibujar sobre el papel marrón en que el blanco es un color, no su simple ausencia. Es algo brillante y agresivo, tan fiero como el rojo, tan concreto como el negro. Cuando, por así decirlo, tu lápiz esta al rojo vivo, dibuja rosas. Si esta candente, estrellas. Y una de las dos o tres verdades más importantes de la mejor filosofía religiosa, del verdadero cristianismo por ejemplo, es exactamente esa. La principal afirmación de la moral religiosa es que el blanco es un color. La virtud no es la ausencia de vicios o huir de los peligros morales. La virtud es algo concreto e independiente. La misericordia no es abstenerse de crueldad o perdonar el castigo o la venganza. Es algo real y concreto como el sol que uno ha visto o no. La castidad no es abstenerse de una sexualidad malsana, es algo ardiente como Juana de Arco. En pocas palabras, Dios pinta con una amplia paleta pero nunca con tanta hermosura, y casi diría que tan llamativamente, como cuando pinta con el blanco. En nuestra época acepta este hecho y lo expresa en la ropa triste. Porque si fuese cierto que el blanco es algo negativo y discreto, se usaría en los funerales de esta época tan pesimista, en vez del negro o el gris. Veríamos a los señores en las oficinas con abrigos de impecable lino plateado y chistera maravillosamente blancas como lirios del valle. Lo que no sucede.

Pero yo seguía sin encontrar mi tiza.

Estaba sentado en la colina a punto de desesperarme. La ciudad más cercana era Chichester y no era ni remotamente probable que allí hubiese una tienda de material de dibujo. Pero sin el blanco, mis dibujitos eran tan absurdos como lo sería el mundo sin gente buena. Me quede mirándolos devanándome los sesos. De repente, me levanté soltando carcajadas, hasta tal punto que las vacas se pusieron a observarme reunidas en comité. Imaginaos alguien que en el Sahara lamentase no tener arena para un reloj de arena, alguien que en medio del océano lamentase no haber traído agua salada para un experimento de química. Estaba sentado sobre un inmenso almacén de tiza blanca. Todo el paisaje estaba compuesto de tiza blanca. La tiza blanca estaba amontonada hasta tocar el cielo. Me incliné y arranque un trozo de la roca sobre la que estaba sentado. No pintaba tan bien como la de las tiendas pero sirvió. Y me quede allí, encantado al darme cuenta que el sur de Inglaterra es algo más que una gran península, una tradición o una civilización. Es algo incluso más admirable: un trozo de tiza.


jueves, 22 de octubre de 2009

Corazón insaciable

Niko Kazantzakis

"¡Cómo temblaba mi corazón insaciable cuando vi por primera vez las célebre pinturas! ¡me quedaba de pie en el umbral un largo rato, con las rodillas flojas, hasta que se apaciguaban los latidos de mi corazón y podía resistir tanta belleza!... mi alegría era tan intensa que a veces, recuerdo, gocé tanto en Florencia, que comprendí que debía hallar una manera de sufrir. En concecuencia, salí y me compré un par de zapatos chicos. Me los calzaba por la mañana y me atormentaban en tal forma que no podía caminar y andaba a saltitos, como un gorrión. Toda la mañana, hasta mediodía, era desdichado. pero de tarde, me cambiaba de zapatos y salía a pasear, ¡cuánta felicidad!".
Una felicidad demasiado violenta lo llena de temor, pues le parece que pone su alma en peligro, como "la abeja que se sumerge en la miel". No es éste el temor griego a la desmesura, susceptible de suscitar los celos de los dioses y ofenderlos, sino la conciencia de una sensibilidad cuyo doloroso privilegio conoce Kazantzakis. Fue un crazón insaciable, un cuerpo y un alma que se consumen, amó la vida hasta desear el aniquilamiento: "¡morir! ¡no creo que haya mayor felicidad para mí, porque amo demasiado la tierra, el aire, la mujer, el espíritu, el mar y no me sacian! y el viento de la vida nunca lo despojó de su ardor.

"El problema más metafísico adquiere en mí un cuerpo físico, caliente, con olor a mar, a tierra y a sudor humano. para que la palabra me llegue, tiene que convertirse en carne ibia. sólo comprendo cuando puedo ver, sentir, ver y tocar"

Niko Kazantzakis - Como El Hombre Se Hace Inmortal. by M. L. Bidal Baudier

Doy gracias, en primer lugar, a don Miguel Castillo, por quien he conocido a Niko. "antes o después se conocerá el Significado de este, nuestro estar juntos". A Niko recién lo empiezo a conocer, estoy leyendo el libro de Bidal Baudier sobre él, y conseguí la "Odisea", que pronto empezaré (tengo que estudiar para la Uni entre medio!); pero no puedo dejar de sentir, mientras lo leo, esa familiaridad, este hombre, esta búsqueda se me hace ya familiar, familiar y novedosa, quizá por los anteriores encuentros, tanto con Dostoievski, con Chesterton, como con Camus, con Pearce, con p. Marco, con p.Aldo, o con Kierkegaard, seguro con San Agustín...Me conmueve la historia de este hombre, porque lo fue en todas sus letras, desde sus entrañas gritaba “mi corazón está inquieta hasta que repose en Ti”, como San Agustín.
Niko, espero, pido que tu corazón repose hoy, donde sólo podía hacerlo... que Su sed de ti esté saciada...y tu sed de Él, desborde.

lunes, 19 de octubre de 2009

He visto con mis ojos

Chiloé, Ancud, febrero 2008. Paseo casa Benja.

Retiro Comunión y Liberación Universitarios, Camino Farellones, mayo 2009

"Seguramente volveré otra vez a perderme, mientras que no me dé cuenta de lo que estoy predicando, o sea con que palabras y actos, porque no es fácil llevar al cabo esta tarea. Todo esto está perfectamente claro para mí, pero decidme: ¿quién no se ha perdido nunca? Todos nosotros estamos dirigidos hacia un punto muy claro, o por lo menos intentamos hacerlo, desde el hombre más sabio hasta el último de los criminales, sólo elegimos caminos diferentes. Esta es una vieja verdad, pero ahora hay algo nuevo: yo no puedo perderme del todo. Porque yo he visto la verdad, he visto y sé que los hombres pueden ser hermosos y felices sin perder la capacidad de vivir en la tierra. Yo no quiero y no puedo creer que el mal sea lo normal para los hombres. Desgraciadamente ellos no hacen más que reírse de esta fe mía. Pero ¿cómo puedo no creer en ella? Yo he visto la verdad, no me la he inventado, le he visto, la he visto, y su imagen viviente ha colmado mi corazón para siempre. La he visto en una integridad tan completa que no puedo creer que no exista. Entonces ¿cómo puedo perderme?. Me desviaré, claro, más de una vez, y puede que hable con palabras no mías, pero no por mucho tiempo: la imagen viva que yo he visto estará siempre en mí, a lo mejor reclamándome si es necesario, pero dirigiéndome siempre hacia el recto camino. Yo he visto con mis ojos, aunque no consiga contar bien lo que he visto"
(F. Dostoevski)

sábado, 19 de septiembre de 2009

Un hombre que defienda la brecha

Del monje ruso Andrei Rublev

“Has visto lo que puede hacer el dominio , muchacho? Hay quien le llama a eso “atesorar el fuego”. Lo que quiero demostrarte es que los fuegos “atesorados” duran más y producen más calor. Tú llevas dentro fuegos muy ardientes, hijo mio. En ocasiones, te tornas tan violento como el fuego cuando se le quita el tiro. Eso es falta de dominio. Eso significa que tus llamas suben totalmente, sin beneficiar a nadie, pero tambien significa que te vas a consumir pronto. Aprende a atesorar tus ardores, ¡y arderás muy prolongadamente, hijo mío!.

Hijo, has de arder por Dios. ¡El señor necesita de calor para combatir el frío que debe rodear su Corazón al ver lo que los hombres estan haciendo con su Iglesia!”


“Yo busqué quien se pusiese frente a la brecha frente a mí, a favor de la tierra, para que yo no la devastase, y no lo hallé”(Ezeq., 22- 30) “Aquellas palabras le alucinaban. No le abandonaron en toda la mañana. Le habian sugerido el cuadro de una ciudad sitiada con una brecha en el muro. Veia a un caballero solitario, de pie en la brecha, como unica defensa para todo el pueblo. La imagen hizo vibrar su sangre marcial. Pero lo que le encogió el corazón en la Sala Capitular y seguía agustiándole ahora, era el triste lamento de la última frase: “…y no le hallé”. Se preguntó si el Señor tendría más éxito en la actualidad. No podía liberarse de la idea de que en aquel pasaje había algo personal y dedica a él precisamente. Tal pensamiento le acompañaba obstinado desde el amanecer. Al contemplar ahora las llamas que subían atrevidas, en lugar de ver el triángulo amarillo y oro transparente con base azulada, solo veía la boca de una brecha en la muralla y, más allá de su abertura, un Dios colérico dispuesto a ejecutar la justicia.”

He buscado a quien…, y no lo hallé- murmuró Roberto.

¡Creo que Dios está buscando un hombre que defiendala brecha!"

En el fondo del corazón de cada hombre, Esteban, existe un punto sensible, que si se toca una vez, les hace ser algo más que hombres: ¡ les convierte en santos! Yo lo he visto lo mismo que vos. ¡ Fijaos en lo que ha ocurrido en Europa en estos años úlimos! Proporcionad a los hombres una causa y un caudillo, ¡y llegarán a olvidarse de que son hombres para convertirse en amantes!

(…)¿Seréis vos el caudillo y la causa, la estricta observancia de la Regla benedictina?

-¡Nunca!- exclamó Alberico, el antiguo gerrero-. No hay más que un caudillo único: ¡Jesucristo! Y no existe más que una causa:¡ el honor y la gloria de Dios!”

“Si Dios puede obrar tales maravillas en este pantano, ¡tal vez haya algún día en mi alma unos cuantos pétalos blancos!” (San Alberico)

Citas del libro "Tres monjes rebeldes" de Raymond.

jueves, 16 de julio de 2009

Repite Su promesa

El tiempo y las situaciones piden hacer memoria... exigen ir al fondo... “nunca se consigue nada porque nunca se va hasta el fondo”, decía ese personaje de Camus que tanto amé mientras leía su novela –“Calígula”-, pero para él no había un fondo, no se había hecho carne, por eso al final se cansa, porque la Presencia no se la podía inventar él mismo, aun a pesar de todo el poder que tenía, de su inteligencia, de su genialidad, no es algo que uno se pueda inventar, la vida no la sostiene una imagen... siempre hace falta un corazón como el de los primeros; intento imaginar la escena de los reyes magos, «grandes magos, grandes sabios,/ grandes reyes eran./ Grandes cargas y regalos,/ grandes cosas llevan. / Grandes mares y desiertos, grandes tierras cruzan/ para llegar a lo grande/ que al final se oculta./ Grandes distancias,/ también grande la esperanza/ para hallar.../ Un pequeño pueblo, un pequeño establo/ un pequeño niño.(...)/ Grandes corazones porque ante lo más pequeño reconocieron lo eterno.”, qué sencillez, qué amor a la propia vida ese desapego a sus imágenes y cálculos, en cambio el amor a la Verdad, para reconocerLo donde sea, así en un Niño, en la ternura con que su madre lo abrazara, en la mirada tierna y un poco triste de San José, que un poco a la distancia observara la escena, esos que no eran suyos... tan solo pensarlo me hace temblar, y desear amar mi vida así, con tal apego a la Verdad.

Es un choque... verlos exige pedir, porque este fondo no sé afirmarlo... me pregunto si voy como Calígula buscando la Luna –considerando el final del libro-, o con la sencillez de los primeros –con la que tienen mis amigos-... ¿dónde voy? ¿cómo camino? ¿por qué camino?

«Yo he visto algo, he visto algo, aunque no sepa decir bien lo que he visto, aunque hable con palabras no mías», a partir de esto y dentro de este temor y temblor percibo que es un ir al fondo precisamente porque es una Presencia, de otra manera la pregunta no cabría, sin embargo persiste, insiste, me inquieta... he tenido la gracia que Calígula no tuvo, entonces se transforma en un diálogo... como Abraham. “Señor, aquí no pasa nada, ¡sólo pasa mi vida! No alcanzo lo que me has prometido. Me habías prometido que sería la cabeza de un grandísimo pueblo; pero mi vida se consume y el tiempo apremia”... y Él le repite la promesa, sólo repite la promesa, tampoco da el pan, lo deja a la propia libertad... pero es un diálogo... esta es la novedad. Empieza un diálogo y ¡lo hace otra vez!. Repite la promesa.

Por esto recordaba a Albert Camus, el primer hombre... siempre fue el personaje de sus libros, y el último no lo terminó... pero se había transformado en diálogo al final, el encuentro con Simon Weil y con Howard Mumma fueron su camino, el abrazo sincero de la Luna, que para sus otros personajes no había existido, o no lo habían percibido, porque anteponían el absurdo, frente a la realidad se quedaban en el decir “ es imposible”... pero este fue el comienzo de la conversión, y el libro que no terminó el abrazo del Eterno e Imposible que siempre lo amó, que lo buscó como a la ultima oveja. Camus al final se entregó a los brazos del Padre que tanto buscó. Sí, al final lo encontró. Al final ¡había la Luna!. Me conmueve la historia de este hombre, porque lo fue en todas sus letras, desde sus entrañas gritaba “mi corazón está inquieta hasta que repose en Ti”, como San Agustín.

Dejo algunos pasajes del “Primer hombre”:

«Oh, sí, era así, la vida de aquel niño había sido así, la vida había sido así en la isla pobre del barrio, unida por la pura necesidad, en medio de una familia inválida e ignorante, con su sangre joven y fragorosa, un apetito de vida devorador, una inteligencia arisca y ávida, y siempre un delirio jubiloso cortado por las bruscas frenadas que le infligía un mundo desconocido, dejándolo desconcertado pero rápidamente repuesto, tratando de comprender, de saber, de asimilar ese mundo que no conocía, y asimilándolo, sí, porque lo abordaba ávidamente, sin tratar de escurrirse en él, con buena voluntad pero sin bajeza y sin perder jamás una certeza tranquila, una seguridad, sí, puesto que era la seguridad de que conseguiría todo lo que quería y que nada, jamás, de este mundo y sólo de este mundo, le sería imposible, preparándose (y preparado también por la desnudez de su infancia) a encontrar su lugar en todas partes, porque no deseaba ningún lugar, sino sólo la alegría, los seres libres, la fuerza y todo lo que de bueno, de misterioso tiene la vida, y que no se compra ni se comprará jamás.

Sí, había vivido así entre los juegos del mar, del viento, de la calle, bajo el peso del verano y las lluvias intensas del breve invierno, sin padre, sin tradición transmitida, pero habiendo hallado durante un año, justo en el momento preciso, un padre, y avanzando a través de los seres y las cosas, en el conocimiento que iba adquiriendo para fabricar algo que se parecía a una conducta (suficiente en ese momento, dadas las circunstancias que se le presentaban, insuficiente más tarde frente al cáncer del mundo) y para crearse su propia tradición.

¿Pero era aquello todo, aquellos gestos, aquellos juegos, aquella audacia, aquel ardor, la familia, la lámpara de petróleo y la escalera negra, las palmas al viento, el nacimiento y el bautismo en el mar, y para terminar, esos veranos oscuros y laboriosos? Había eso, oh, sí, era así, pero había también la parte oscura del ser, lo que durante todos esos años se había agitado sordamente en él como esas aguas profundas que debajo de la tierra, en el fondo de los laberintos rocosos, nunca han visto la luz del sol y, sin embargo, reflejan un resplandor sordo que no se sabe de dónde viene, aspirado tal vez por el centro enrojecido de la tierra, a través de capilares pedregosos, hacia el aire negro de esos antros ocultos y de los que unos vegetales pegajosos y [comprimidos] siguen extrayendo su alimento para vivir allí donde toda vida parecía imposible. Y ese movimiento ciego que nunca había cesado, que experimentaba aún ahora, fuego negro enterrado en él como uno de esos fuegos apagados en la superficie pero que en el interior siguen ardiendo, desplazando las fisuras y las torpes agitaciones vegetales, de suerte que la superficie fangosa tiene los mismos movimientos que la turba de los pantanos, y de esas ondulaciones espesas e insensibles seguían naciendo en él, día tras día, los más violentos y terribles de sus deseos, así como sus angustias desérticas, sus nostalgias más fecundas, sus bruscas exigencias de desnudez y sobriedad, su aspiración a no ser nada, sí, ese movimiento oscuro a lo largo de todos estos años estaba de acuerdo con aquel inmenso país que lo rodeaba, cuyo peso, siendo niño, había sentido, con el inmenso mar delante, y detrás ese espacio interminable de montañas. De esa oscuridad que había en Jacques, nacía ese ardor hambriento, esa locura de vivir que siempre lo había habitado y que aún hoy conservaba su ser intacto, haciendo simplemente más amargo —en medio de su familia recuperada y frente a las imágenes de su infancia— el sentimiento de pronto terrible de que el tiempo de la juventud huía, como aquella mujer a la que había querido, oh sí, la había querido con un gran amor de todo corazón y también del cuerpo, sí, el deseo era imperial con ella, y el mundo, cuando se retiraba de ella con un gran grito mudo, en el momento del goce, recuperaba su orden ardiente, y la había querido a causa de su belleza y su locura de vivir, generosa y desesperada, que le hacía negar, negar que el tiempo pasara, aunque supiese que estaba pasando en ese mismo momento, por no querer que se dijera de ella un día que aún era joven, sino al contrario, seguir siendo joven, y que estalló en sollozos cuando él le dijo riendo que la juventud pasaba y que los días declinaban: «Oh no, no», decía ella bañada en lágrimas, «amo tanto el amor», e inteligente y superior en tantos sentidos, tal vez justamente porque era realmente inteligente y superior, rechazaba el mundo tal como el mundo era.

...Entonces, con la sangre inflamada, quería huir, huir a un país donde nadie envejeciera ni muriera, donde la belleza fuese imperecedera, la vida siempre salvaje y resplandeciente, y ese país no existía; al regresar lloraba con amargura en sus brazos y él la amaba desesperadamente. Y Jacques también, quizá más que ella, porque había nacido en una tierra sin abuelos y sin memoria, donde la aniquilación de los que lo habían precedido era aún más absoluta y la vejez no encontraba ninguno de los auxilios de la melancolía que recibe en los países de civilización, él, como el filo de una navaja solitaria y siempre vibrante, destinada a quebrarse de un golpe y para siempre, la pura pasión de vivir enfrentada con la muerte total, él sentía hoy que la vida, la juventud, los seres se le escapaban, sin poder salvar nada de ellos, abandonado a la única esperanza ciega de que esa fuerza oscura que durante tantos años lo había alzado por encima de los días, alimentado sin medida, igual que las circunstancias más duras, le diese también, y con la misma generosidad infatigable con que le diera sus razones para vivir, razones para envejecer y morir sin rebeldía.» (Albert Camus- El primer hombre)




"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)