"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

martes, 28 de octubre de 2008

EL SENDERO DEL CAMPO


[Der Felweg]


Martin Heidegger


Traducción y nota de Sobine Langenheim y Abel Posse, publicada en el matutino La Prensa el 12 de agosto de 1979




Corre desde el portón del jardín hacia el Ehnried. Los viejos tilos del parque del castillo lo siguen con su mirada por encima de la muralla, ya cuando reluce claro hacia Pascuas entre los sembrados nacientes y los prados que despiertan, ya cuando se pierde, hacia Navidad, detrás de la colina cercana, bajo las nevadas. Al llegar al crucifijo campestre dobla hacia el bosque. Al bordearlo saluda al roble alto a cuyo pie hay un banco de rústica carpintería.
Sobre él había, a veces, algún escrito de grandes pensadores que una joven inhabilidad trataba de descifrar. Cuando los enigmas se agolpaban sin salida el sendero del campo ayudaba, pues guiaba serenamente el pie en lo sinuoso, a través de la amplitud de la sobria campiña.
De vez en cuando el pensamiento vuelve a aquellos escritos - o hace sus propias tentativas- y retoma la huella que el sendero traza a través de los campos.
Éste queda tan próximo del paso del que piensa como del paso del campesino que en la madrugada sale a guadañar.
Frecuentemente -con los años, el roble del camino induce al recuerdo de los juegos primeros y del primer elegir. Cuando -a veces caía bajo los golpes del hacha un roble en medio del bosque, el padre se apuraba a buscar a través de la foresta y los soleados claros, la madera que se le había asignado para su taller. Allí operaba lenta y cuidadosamente en las pausas de su trabajo, al ritmo del reloj de la torre y de las campanas, pues ambos sostienen su propia relación con el tiempo y la temporalidad.
De la corteza del roble cortaban los niños sus barcos que, provistos de remo y timón, navegaban en el arroyo Mettenbach o en la fuente Schulbrunnen. En los juegos, los viajes a través del mundo llegaban todavía fácilmente a su meta y lograban encontrar de vuelta las costas. La ensoñación de aquellos viajes permanecía envuelta en un brillo entonces todavía apenas visible, pero que existía sobre todas las cosas. ojo y mano de la madre delimitaban su reino. Era como si su tácito cuidado abrigara toda esencia.
Aquellos viajes del juego no sabían aún de las travesías en las cuales toda orilla queda atrás. Pero, en cambio, la dureza, y el perfume de la madera del roble empezaban a hablar más perceptiblemente de la lentitud y constancia con las cuales crece el árbol. El roble mismo decía que sólo en tal crecimiento está fundamentado lo que perdura Y fructifica: que crecer significa abrirse a la amplitud del cielo y -al mismo tiempo- estar arraigado en la oscuridad de la tierra, que todo lo sólidamente acabado prospera sólo cuando el hombre es de igual manera ambas cosas: dispuesto a la exigencia del cielo supremo y amparado en la protección de la tierra sustentadora.
Eso es lo que sigue diciéndole el roble al sendero que pasa con seguridad a su lado. El camino recoge todo lo que tiene sustancia en su entorno y le aporta la suya a quien lo recorra. Los mismos sembrados y ondulaciones de la pradera acompañan al sendero en cada estación en una siempre cambiante vecindad. Sea que las montañas de los Alpes se sumerjan en el crepúsculo sobre los árboles; sea que -donde el sendero salta sobre la ondulación de la colina- ascienda la alondra en la mañana estival; sea que el viento del Este llegue atormentado desde la región donde está la aldea natal de la madre; sea que un leñador cargue al anochecer, rumbo a la cocina del hogar, su haz de leña; sea que regrese el carro de la cosecha balanceándose en los surcos del camino; sea que los niños recojan al borde del prado las primeras flores de primavera; sea que la niebla mueva sobre la campiña durante días su lobreguez y su peso: siempre y en todas partes rodea al camino del campo el consejo alentador de lo mismo:
Lo sencillo conserva el enigma de lo perenne y de lo grande. Sin intermediarios y repentinamente penetra en el hombre y requiere, sin embargo, una larga maduración. Oculta su bendición en lo inaparente de lo siempre mismo. La amplitud de todas las cosas crecidas, que permanecen junto al sendero nos otorga mundo. En lo tácito de su lenguaje, Dios es recién Dios, como lo señala Meister Eckhardt, ese viejo maestro de la vida y de los libros.
Pero el consejo alentador del camino del campo habla solamente mientras haya hombres que, nacidos en su ámbito, puedan oírlo. Ellos son siervos de su origen pero no sirvientes de maquinaciones.
Cuando el hombre no está en el orden del buen consejo del camino del campo, trata en vano de ordenar el globo terráqueo con sus planes. Amenaza el peligro que los hombres de hoy permanezcan sordos a su lenguaje. A sus oídos llega sólo el ruido de los aparatos que toman por la voz de Dios. El hombre deviene así distraído y sin camino. Al distraído lo sencillo le parece uniforme. Lo uniforme harta. Los hastiados encuentran solo lo indistinto. Lo sencillo escapó. Su quieta fuerza está agotada.
Disminuye rápidamente, por cierto, el número de aquellos que conocen todavía lo sencillo como su propiedad adquirida. Pero los pocos serán en todas partes los que permanecerán. Gracias a la suave fuerza del sendero del campo, podrán alguna vez perdurar frente a las fuerzas colosales de la energía atómica, artificio del cálculo humano y atadura de su propia acción.
El buen consejo del sendero del campo despierta un sentido que ama lo libre y que trasciende, en el lugar adecuado, la turbia melancolía hacia una ultima serenidad. Combate la necedad del mero trabajar que efectuado sólo porque sí, fomenta únicamente la inanidad.
En el aire del sendero del campo, que cambia según la estación, prospera la sabia serenidad, cuyo aspecto parece a veces melancólico.
Este saber amable es la serenidad campesina[i]. No la adquiere quien no la posea. Los que la poseen, la tienen del sendero del campo. Sobre su senda se encuentran la tormenta invernal y el día de la cosecha; el ágil estremecimiento de la primavera y el calmo morir del otoño; se contemplan mutuamente el juego de la juventud y la sabiduría de la vejez. Pero en una sola consonancia, cuyo eco el sendero del campo lleva y trae silenciosamente consigo, todo queda armonizado.
La sabia serenidad es un portal hacia lo eterno. Su puerta gira en goznes que han sido alguna vez forjados de los enigmas de la existencia por un herrero conocedor.
Desde el Ehnried regresa el sendero al portón del jardín. Pasando por la última colina, su estrecha cinta conduce por una llana hondonada hasta la muralla de la ciudad. Brilla opaco en el resplandor de las estrellas. Detrás del castillo se eleva la torre de la iglesia de San Martín. Lentamente, casi con retardo, resuenan once campanadas en la noche. La vieja campana cuyas sogas frecuentemente frotaron manos de niño hasta calentarse, tiembla bajo los golpes del martillo de las horas, cuya cara sombría-graciosa nadie olvida.
El silencio se vuelve aún más silencioso con la última campanada. Alcanza a aquellos que en dos guerras mundiales fueron sacrificados antes de tiempo. Lo sencillo se ha vuelto aún más sencillo. Lo siempre mismo extraña y libera. El consejo alentador del sendero del campo es ahora muy claro.
¿Habla el alma? ¿Habla el mundo? ¿Habla Dios?
Todo habla de la renuncia en lo mismo Esta renuncia no quita. La renuncia da. Da la inagotable fuerza de lo sencillo. Ese buen consejo hace morar en un largo origen.


Martin Heidegger




(tomado de Sitio creado y actualizado por Horacio Potel)

lunes, 6 de octubre de 2008

Mis noches blancas: Tus ojos el abismo donde muere mi razón.


‑¿Es posible que haya vivido usted toda su‑ vida como dice?
‑Toda mi vida, Nastenka ‑contesté‑. Toda ella, y al parecer así la acabaré.
‑No, imposible ‑replicó intranquila‑. Eso no. Puede que yo también pase la vida entera junto a mi abuela. Oiga, ¿sabe que vivir de esa manera no es nada bonito?
‑Lo sé, Nastenka, lo sé ‑‑exclamé sin poder conte­ner mi emoción‑. Ahora más que nunca sé que he malgastado mis años mejores. Ahora lo sé, y ese cono­cimiento me causa pena, porque Dios mismo ha sido quien me ha enviado a usted, a mi ángel bueno, para que me lo diga y me lo demuestre. Ahora que estoy sen­tado junto a usted y que hablo con usted me aterra pen­sar en el futuro, porque el futuro es otra vez la sole­dad, esta vida rutinaria e inútil. ¿Y ya con qué voy a sonar, cuando he sido tan feliz despierto? ¡Bendita sea usted, niña querida, por no haberme rechazado desde el primer momento, por haberme dado la posibilidad de decir que he vivido al menos dos noches en mi vida!
‑¡Oh, no, no! ‑exclamó Nastenka con lágrimas en los ojos‑. No, eso ya no pasará. No vamos a separarnos así. ¿Qué es eso de dos noches?
‑¡Ay, Nastenka, Nastenka! ¿Sabe usted por cuánto tiempo me ha reconciliado conmigo mismo? ¿Sabe usted que en adelante no pensaré tan mal de mí como he pensado otras veces? ¿Sabe usted que ya no me causará tristeza haber delinquido y pecado en mi vida, porque esa vida ha sido un delito, un pecado? ¡Por Dios santo, no crea que exagero, no lo crea, Nastenka, porque ha habido momentos en mi vida de mucha, de muchísima tristeza! En tales momentos he pensado que ya nunca sería capaz de vivir una vida auténtica, porque se me antojaba que había perdido el tino, el sentido de lo genuino, de lo real, y acababa por maldecir de mí mis­mo, ya que tras mis noches fantásticas empezaba a tener momentos de horrible resaca. Oye uno entre tan­to cómo en torno suyo circula ruidosamente la muche­dumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se des­vanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fanta­sía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y de­jando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra'vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para re­calentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resu­citar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo. ¿Sabe usted, Nastenka, a qué punto he llegado? ¿Sabe usted que me siento obligado a cele­brar el cumpleaños de mis sensaciones, el cumpleaños de lo que antes me fue tan querido, de lo que en reali­dad no ha existido nunca? Porque ese cumpleaños es el de cada uno de esos sueños inanes e incorpóreos, y esos sueños inanes no existen y no hay por qué sobrevivirlos. También los sueños se sobreviven. ¿Sabe usted que ahora me complazco en recordar y visitar en fechas determinadas los lugares donde a mi modo he sido feliz? ¿Que me gusta elaborar el presente según la pauta del pasado irreversible? ¿Que a menudo corro sin motivo como una sombra, triste, afligido, por las calles y callejas de Petersburgo? ¡Y qué recuerdos! Recuerdo por ejemplo, que hace un año justo, justamente a esta hora, pasé por esta acera tan solo y tan triste como lo estoy en este instante. Y recuerdo que también entonces mis sueños eran deprimentes. Sin embargo aunque el pasado no fue mejor, piensa uno que quizá no fuera tan agobiante, que vivía uno más tranquilo que no tenía este fúnebre pensamiento que ahora me sobrecoge, que no sentía este desagradable y sombrío cosquilleo de la conciencia que ahora no me deja en paz a sol ni a sombra. Y uno se pregunta: ¿dónde, pues están tus sueños? Sacude la cabeza y dice: ¡qué de prisa pasa el tiempo! Vuelve a preguntarse: ¿qué has hecho con tus años?, ¿dónde has sepultado los mejores días de tu vida?, ¿has vivido o no? ¡Mira, se dice uno mira cómo todo se congela en el mundo! Pasarán más años y tras ellos llegará la lúgubre soledad, llegará báculo en mano la trémula vejez, y en pos de ella la tristeza y la angustia. Tu mundo fantástico perderá su colorido, se marchitarán y morirán tus sueños y caeran como las hojas secas de los árboles. ¡Ay, Nastenka será triste quedarse solo, enteramente solo, sin tener siquiera nada que lamentar, nada, absolutamente nada! Porque todo eso que se ha perdido, todo eso no ha sido nada, un cero redondo y huero, no ha sido más que un sueño.

viernes, 29 de agosto de 2008

¡Había la Luna!

imagen, portada revista Huellas

“Subía arriba, arriba, arriba desde el vientre de la montaña, sin placer, más bien miedoso de la liberación cercana. Y no veía todavía el hoyo, que allá arriba se abría como un ojo claro, de una deliciosa claridad de plata.
Se dio cuenta sólo cuando se encontraba en los últimos escalones. En principio, aunque le pareciera extraño, pensó que fueran los fulgores finales del día. Sin embargo la claridad crecía, crecía cada vez más, como si el sol, que él había visto anochecer, hubiera vuelto a aparecer.
¿Posible?
Se quedó –en cuanto desembocó al aire libre- pasmado. La carga se le cayó de los hombros. Levantó un poco los brazos; abrió las manos negras en aquella claridad de plata.
Grande, plácida [sosegada], como en un fresco luminoso océano de silencio, se encontró cara a cara con la Luna.
Sí, él sabía, sabía qué cosa era; pero de la misma manera en que se saben muchas cosas, a las que nunca se ha dado importancia. y, ¿qué le podía importar a Ciaula, que en el cielo hubiera la Luna?
Ahora, sólo ahora, así desembocado, por la noche, del vientre de la tierra, él la descubría.
Extasiado, cayó a sentarse sobre su carga…Allí está, allí está, la Luna…!Había la Luna! ¡La Luna!
Y Ciaula se puso a llorar, sin saberlo, sin quererlo, por el gran consuelo, por la gran dulzura que sentía por haberla descubierto, allá, mientras ella subía por el cielo, la Luna, con su amplio velo de luz, a oscuras de los montes, de los llanos, de los valles que alumbraba, a oscuras de él, que gracias a ella ya no tenía miedo, ni tampoco se sentía cansado, en la noche ahora llena de su estupor”. (Ciaulla, Pirandello)

jueves, 21 de agosto de 2008

Un comentario a Levinas y el antiplatonismo: "La inagotable riqueza de su acontecimiento"


"Pareciera que los barcos se alejan cada vez más de la isla, que solo parece isla porque la vemos pequeña ya que solo la miramos a la rápida y desde lejos, siempre manteniendo cierta distancia por temor a implicarnos y volvernos parte. Son barcos que se alejan porque no creen si quiera que sea verdad, no creen o no quieren creer que haya una verdad. El tercer factor debería desvelarse a nosotros los traductores por excelencia, la isla debería existir, para que los barcos se conectaran, para que pudiéramos realmente traducir; en todo caso esta sería una gran tarea, ¡solo bastaría que el imposible existiera!”(extracto de otro ensayo)




La inagotable riqueza de su acontecimiento
Por Valeska Cabañas



Nuevamente haciendo referencia a los trabajos anteriores, e intentando hacer una conexión entre estos y el presente, “El antiplatonismo de la filosofía contemporánea de la significación”, quisiera partir desde la hipótesis de que al parecer Levinas es de los que afirma por lo menos que la “isla” existe, e intenta aquí presentarnos de qué forma podría recorrerse el camino (por eso antiplatonismo), si es que lo hubiese, para acercarse, o por lo menos mirar desde lejos (por su infinitud o en sus palabras “inagotable riqueza”) y con asombro su abscondidad por el mismísimo Misterio que se reconocería a través del acontecimiento (en las obras). Levinas comienza hablándonos del ser, con lo cual nos lleva hacia una pregunta mucho más amplia (dado que la traducción nos lleva necesariamente al ámbito de la ontología); tomando este ser como una significación o como el lenguaje superior en lenguaje Benjaminiano; pero no como un imposible a través de la experiencia que se da en la vida y las obras, sino que esta misma sería el instrumento para el conocimiento del ser… sí, como el Deus Absconditus de Heidegger, ese que aparece y reaparece o que no se desvela del todo en las obras de los pintores, en los poemas de los poetas, en las filosofías de los filósofos, etc … este Ser, Dios o Significado siempre estaría escondiendo algo o simplemente quedando fuera de la medida de quienes intentan acercársele dado su grandeza, pero que como la mención que hace Levinas de Merleau-Ponti: “Esa diversidad de expresión no traiciona al ser, sino que hace relucir la inagotable riqueza de su acontecimiento” . Por eso sería a través del Tiempo donde podríamos encontrar esta relación con el ser…a través del tiempo, las obras y las culturas podríamos reconstruir o decodificar el ser, y esta sería no solo una vía de tal reconocimiento, sino la únicas posible.



Un reconocido teólogo del siglo pasado, Von Balthasar, dice que la dinámica de asombro contante se da también en Dios, sería un vértigo para Él mismo reconocerse en las obras y a la vez ser mucho más, y sin embargo, estar un poco des-cifrado para los hombres y re-conocido a través de la experiencia, pero jamás desvelado del todo, así como se da también en la traducción, ya que es casi imposible llevarla a cabo del todo de un lenguaje a otro. Frente a esto podemos sentir el vaso medio vacío o medio lleno, podemos detenernos, pararnos o ir en búsqueda de ella, así como el intento que en todos los ámbitos en que se mueve el ser humano se intenta.



Es entonces cuando percibimos la idea que ya desde el titulo, que a pesar de ser bastante extenso, Levinas intenta entregarnos, o más bien que debería intentar despegar de ello. El antiplatonismo como realismo, como apegarse a los hechos dramáticamente en una viva relación con el ser a través de tanto su presencia como su ausencia; relación que incluso podría darse en cuanto a la búsqueda del sí-mismo o la existenz de Kalr Jaspers, con este Geist que deviene desde la Trascendecia para hacernos despertar e intentar des-cifrar a través de las obras (nunca realizadas del todo, sino despertando y trepidando el ser-ahí), el ser se desvelaría en la medida que quiere ser desvelado, pero lo haría y seríamos nosotros los traductores en cada uno de los actos que llevamos a cabo, o incluso a través de lo que somos. Éste sería el intento de la traducción en cuanto al antiplatonismo, considerando que el significado exista, o que por lo menos debería existir. Si los barcos existen, ¿Dónde podrían desembarcar? , ¿para qué existen los barcos si no para una búsqueda de sentido? Finalmente me queda la pregunta de para qué buscamos una traducción, para mí conmigo misma no la necesito, sino solamente en la relación con un otro, ¿la traducción es entonces también un intento de comunión (de comunión-liberación)? Por mi parte me rendiría ante el ser, en mi imposibilidad de conocerle del todo, pero sólo a través de ello podría concebir una verdadera traducción y con ello ser fiel a la tierra y a la realidad, prefiriendo modificar mi pensamiento que intentar moldear la realidad, despertando al ser, y hasta pidiendo que me asimile a sí. Descubriendo que mi pensamiento o mi filosofía lleva por detrás y en sí misma todo un pueblo, como el piloto que cree descubrir una nueva isla, pero dado un tiempo se da cuenta de que no la había descubierto él, entonces pasa en unos cuantos minutos por todos los grados de la escala patética, desde las fascinaciones y terrores de arrojarse a lo desconocido, hasta la humanísima seguridad de volver a lo familiar y propio, pero para ello necesariamente hay que partir de que la isla existe, así como Levinas lo ha hecho, y así como los hechos, en su inagotable riqueza nos lo demuestran.

lunes, 18 de agosto de 2008

¡Dios mìo, què saltos me haces dar!


"Todos hemos leído en los libros de ciencia, y aun seguramente en las novelas, el caso de aquel individuo que olvidó su nombre: discurra por las calles, viéndolo y admirandolo todo, solo que sin acordarse de quién era. Y bien: todos somos como aquel individuo. Todos los hombres se han olvidado de quienes son. Podemos entender el cosmos, pero nunca el ego, porque el propio yo está más distante que las estrellas. Podrás amar a tu Dios, pero no podrás conocerte. Bajo igual calamidad nos doblamos todos: que hemos olvidado nuestros nombres, que hemos olvidado quiénes somos en realidad. Todo eso que llamamos sentido común, sentido práctico y positivismo sólo quiere decir que, para ciertos aspectos muertos de la vida, olvidamos que hemos olvidado. Y todo lo que se llama espíritu, arte o éxtasis, sólo significa que, en horas terribles, somos capaces de recordar que hemos olvidado. Pero aunque, como el desmemoriado del cuento, vamos por las calles con cierta inconsciente admiración, con legítima admiración. Y en el asombro hay siempre un elemento positivo de plegaria. Y ésta es nuestra primera piedra que conviene plantar en nuestro viaje por el país de las hadas.(...) Por ahora sólo trato de describir esas enormes emociones que parecen no admitir descripción. Y la más enérgica de todas consiste en que la vida es tan preciosa como enigmática; en que es un éxtasis, por lo mismo que es una aventura, y en que es una aventura, porque toda ella es una oportunidad fugitiva. No padecía a mis ojos, la bondad esencial de los cuentos de hadas porque hubiera más dragones que princesas; y, de todos modos, era deseable vivir en aquel mundo. La prueba de la dicha es la gratitud, y yo me sentía agradecido sin saber a quién agradecer. Los niños sienten gratitud cuando San Nicolás colma sus mediecitas de juguetes y bombones. ¿y no había yo de agradecer al santo cuando pusiera, en vez de dulces, un par de maravillosas piernas dentro de mis medias? Agradecemos los cigarrillos y pantuflas con que nos regalan el día de nuestro cumpleaños ¿Y a nadie había yo de agradecer ese gran regalo de cumpleaños que es ya de por sí mi nacimiento? Quedaban, pues, establecidos dos sentimientos primarios como indiscutibles e irrevocables: el mundo era un choque, pero no precisamente desagradable; la existencia, una sorpresa, pero también agradable. De hecho mis primeras opiniones del mundo se expresan muy exactamente por medio de esta adivinanza que me persigue desde niño: `pregunta:¿qué dijo la primera rana? respuesta: ¡Dios mío, qué saltos me haces dar!`. Esto contiene, como en cifra cuanto acabo de decir. Dios hace saltar a la rana; pero saltar es lo que más le gusta a la rana." (Chesterton- "Ortodoxia")

sábado, 12 de julio de 2008

“Quis non redemaret? ¿Quién no devolvería un amor como este?”


“Yo busqué quien se pusiese frente a la brecha frente a mí, a favor de la tierra, para que yo no la devastase, y no lo hallé”(Ezeq., 22- 30) “Aquellas palabras le alucinaban. No le abandonaron en toda la mañana. Le habían sugerido el cuadro de una ciudad sitiada con una brecha en el muro. Veía a un caballero solitario, de pie en la brecha, como única defensa para todo el pueblo. La imagen hizo vibrar su sangre marcial. Pero lo que le encogió el corazón en la Sala Capitular y seguía angustiándole ahora, era el triste lamento de la última frase: “…y no le hallé”. Se preguntó si el Señor tendría más éxito en la actualidad. No podía liberarse de la idea de que en aquel pasaje había algo personal y dedica a él precisamente. Tal pensamiento le acompañaba obstinado desde el amanecer. Al contemplar ahora las llamas que subían atrevidas, en lugar de ver el triángulo amarillo y oro transparente con base azulada, solo veía la boca de una brecha en la muralla y, más allá de su abertura, un Dios colérico dispuesto a ejecutar la justicia.”
He buscado a quien…, y no lo hallé- murmuró Roberto.
¡Creo que Dios está buscando un hombre que defienda la brecha!"
(San Roberto, el rebelde- Tres monjes rebeldes)

miércoles, 2 de julio de 2008

Quando uno ha il cuore buono


Imagen: pintura de Caravaggio


Quando uno ha il cuore buono
non ha più paura di niente :
è felice di ogni cosa,
vuole amare solamente.

Quante volte ti ho chiamato per nome,
quante volte ho cercato di te,
ma tu fuggi e ti nascondi,
vorrei proprio sapere perchè.

Quando uno ha il cuore buono
non ha più paura di niente :
è felice di ogni cosa,
vuole amare solamente.

Poco dopo è calata la notte,
la tua voce ho sentito gridar,
io ti dico ritorna alla casa,
il mio amore è più grande del mar.

Quando uno ha il cuore buono
non ha più paura di niente:
è felice di ogni cosa,
vuole amare solamente.

Tu hai sentito chiamare il tuo nome,
non puoi certo scordarlo mai più,
su non fingere di essere sordo,
puoi rispondermi solo tu.

Quando uno ha il cuore buono
Non ha più paura di niente:
è felice di ogni cosa,
vuole amare solamente.

Claudio Chieffo




"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)