"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

jueves, 22 de abril de 2010

Wanderer










"...Mi aire se acaba como agua en el desierto,
mi vida se acorta pues no te llevo dentro.
Mi esperanza de vivir eres tú, y no estoy allí..."
Mario Benedetti

domingo, 18 de abril de 2010

¿Dónde está el amigo que busco por doquiera?


¿Dónde está el amigo que busco por doquiera?
Cuando apunta el día mi inquietud
también aumenta,
cuando el día muere lo busco todavía.

Aunque el corazón me abraza
yo voy siguiendo sus huellas
en cualquier brote de vida,
el aroma de la flor,
la esbeltez de la espina,
en el suspiro que lanzo
y en el aire que respiro
está presente su amor
y oigo cantar su voz en el viento...

I. Bergman

jueves, 8 de abril de 2010

Sacrificio: un método.


“Había una vez, hace mucho tiempo, un monje que vivía en un monasterio ortodoxo. Su nombre era Pamve. Y una vez plantó un árbol seco en la ladera de una montaña igual a éste. Luego le dijo a su joven pupilo, un joven llamado Loann Kolov, que debería regar el árbol cada día hasta que éste reviviera. En fin, cada mañana temprano Loan llenaba un cubo con agua y salía. Subía la montaña y regaba el árbol seco y en la noche cuando oscurecía volvía al monasterio. Hizo esto durante tres años. Y un buen día, subió a la montaña y ¡vio que el árbol entero estaba cubierto de flores! Piensa lo que quieras, pero un método, un sistema, tiene sus virtudes. ¿sabes? A veces pienso, si cada día, exactamente a la misma hora, uno tuviera que realizar el mismo y único acto, como un ritual, sin cambiar, sistemáticamente, cada día a la misma hora, el mundo podría cambiar. Sí, algo cambiaría. Tendría que cambiar. Uno podría levantarse por la mañana, por ejemplo, levantarse exactamente a las siete, ir al baño, llenar un vaso de agua del grifo, y vaciarlo en el inodoro. ¡sólo eso!” Tarkovsky

domingo, 4 de abril de 2010

¡Qué lo haga otra vez! ¡qué lo haga otra vez!

Los primeros pasos. Van Gogh.
hay que "leerlo", porque lo hace otra vez.
G.K.C. tiene la Llave.



" El sol sale todas las mañanas. Yo, en cambio, no puedo decir que me levanto todas las mañanas; pero la variación no se debe tanto a mi actividad cuanto a mi inactividad. Y, para decirlo con sencillez, posible es que salga el sol todas las mañanas porque no se cansa de salir; de suerte que su rutina puede venirle, no de escasez de vida, sino de superabundancia vital. Esto puede observarse muy bien en los niños, cuando dan con algún juego que les entretiene. Un niño se pasa horas enteras saltando, y no por falta, sino por exceso de vida. Porque a los muchachos lo que les está sobrando es la vida; porque sus ánimos son libres y audaces, y por eso necesitan siempre repetir los mismos actos. Constantemente están gritando: "¡Que lo haga otra vez!" Y las personas mayores tienen que seguir insistiendo una y otra vez hasta que se mueren de cansancio. Porque las personas mayores no son bastante fuertes para regocijarse con la monotonía. Pero parece que Dios sí lo fuera. Tal vez Dios le vuelve a decir al sol todas las mañanas: "¡Que lo haga otra vez!"; y a la luna todas las noches: "¡Que lo haga otra vez!" Si todas las margaritas son semejantes, no hay por qué atribuirlo a una necesidad mecánica. Dios crea cada margarita separadamente, pero nunca se cansa de crearlas. Puede ser que Él tenga el apetito eterno de la infancia. Porque nosotros hemos pecado y envejecemos, pero nuestro Padre es más joven que nosotros"

"La prueba de la dicha es la gratitud, y yo me sentía agradecido sin saber a quién agradecer. Los niños sienten gratitud cuando San Nicolás colma sus mediecitas de juguetes y bombones. ¿Y no había yo de agradecer al Santo cuando pusiera en vez de dulces, un par de maravillosas piernas dentro de mis medias? Agradecemos los cigarrillos y pantuflas con que nos regalan el día de nuestro cumpleaños. ¿Y a nadie había yo de agradecer ese gran regalo de cumpleaños que es ya de por sí mi nacimiento?" ("Ortodoxia"-Chesterton)


Cristián Warnken
Jueves 25 de Diciembre de 2008
El juglar de Nuestra Señora

Se acaba la Navidad, y pienso en G. K. Chesterton. El escritor inglés asoma su rostro de viejo pascuero verdadero (tan distinto de nuestros pascueros sudados y cansados de estos días) y enciende, con sus ojos juguetones y profundos, el mundo que parecía gastado y feo. Sí, porque ¿no es la Navidad nacer de nuevo y cargar de poesía lo obvio, lo sencillo, lo que no ven nuestras miradas que envejecen? Chesterton engordó, acumuló achaques propios de la edad, pero lo último en envejecer en él fue su mirada. Un hombre tiene todo el deber y el derecho de envejecer, pero su verdadera conquista, su triunfo, no será la de derrotar el tiempo, fatua pretensión: eso déjenselo a los ridículos "lolosaurios" que hoy abundan por ahí, llenando los gimnasios y gastándoselo todo en hormonas. No: el verdadero éxito de un hombre es impedir a toda costa que la rutina y la costumbre se adhieran como piel gastada, como pátina gris a la vida, acumulando resentimiento y tedio sobre cada día regalado. El objetivo final de todo hombre y de todo viejo será que sus ojos brillen de asombro hasta el final, y que hasta la muerte se sorprenda de esa mirada con la que sale a recibirla el niño sabio e inocente que no da nada por hecho. Un hombre que ha jugado sin parar en la vida sabrá -con imaginación y alegría- sor-tear ese jaque mate grave que nos tiene reservada la muerte. Porque a la muerte no se le gana con pura teología, sino con juglaría. Chesterton hizo el milagro de hacer danzar el tomismo. ¡La pesada "Suma teológica" danzó! Y eso sólo pudo realizarlo un gigante con alma de niño. Los hay pocos, al lado de tanto tonto grave que despoja a la Verdad de su gracia, convirtiéndola en una vieja victoriana, enferma de tedio y sin sentido del humor. Y fea... ¡Pecado mortal!

Sayers diría de Chesterton: "Como si de una bomba benéfica se tratara, hizo saltar por los aires en la Iglesia un buen número de vidrieras de una época poco brillante, para dejar paso a una brisa fresca en que las hojas muertas de la doctrina danzaban con todo el vigor y la falta de decoro del juglar de Nuestra Señora". Chesterton dijo que se había hecho católico porque los católicos bebían vino.

Por eso salió airoso de la batalla que la mayoría de nosotros declaramos perdida antes de tiempo: la de no dejar de ser sorprendidos por la realidad. Eso explica por qué hasta sus opositores más enconados en materias teológicas y literarias salieron a llorar a las calles de Londres cuando Chesterton murió. ¿Cómo iba a estar muerto un hombre que vivía y amaba las paradojas de las vidas, y que las abrazaba danzando, con su panza gozosa y henchida de buen vino católico?

El célebre cuadro de Sir James Gunn, que se encuentra en la National Portrait Gallery de Londres, muestra a Chesterton junto a sus grandes amigos Maurie Baring e Hilarie Belloc. Católicos que fumaban, bebían vino, cultivaban las paradojas y hacían de la ortodoxia una fiesta y no una rutina grave. ¡Qué tiempos! Cuando los veo, los comparo con los escritores europeos de hoy, que perdieron toda inocencia y se curtieron de sofisticados cinismos; o con los católicos que tienen fe, pero se olvidaron de la belleza y la alegría. ¿No podrían resucitar los tres amigos para poner de nuevo el mundo patas arriba, o sea, en perfecto orden? Chesterton dijo que teníamos que pararnos de cabeza para ver el mundo por primera vez. ¿De qué nos sirve habernos erguido en algún momento de la evolución si no podemos volar? ¿O vinimos a la tierra a calentar el asiento? En vez de tanto management, de tanta autoyuda y talleres de realización individual y empresarial para tiempos de crisis, iniciemos cada día parándonos de cabeza y leamos a Chesterton. Y tomemos con él hasta embriagarnos todo el vino de la misa, sin dejar ninguna mezquina gota al fondo de este cáliz. Sólo entonces será Navidad de nuevo.

domingo, 28 de marzo de 2010

Reavivar lo humano

Giotto


Ayer fue el primer día de la caritativa que empezamos en el CLU, en un hogar de ancianos... estuve con el Dios sufriente, el que no tiene piernas, el clavado en la Cruz de su realidad (realidad fría, ajena, pálida...aunque en esa palidez hay un punto de luz, que viste de blanco, una conciencia traspasada de Su misericordia.); el que llora, y exige una explicación, una palabra... y aun así no olvida pedir a Sus pies. ¿quién soy yo frente a Él? ¿cómo puedo servirlo, si estructuralmente somos lo mismo?

Es extraña esa sensación de querer arrancar, de no querer ver el dolor, de no querer ver esa espera que grita el misterio. La compañía sostiene, vale, me fío, me quedo, estoy, permanezco... con ese santo temblor que se transforma en oración...

Su dolor lentamente extiende los brazos... herida abierta, grito esperanzado... háblame, no me escondas Tu rostro, Señor... acoge en Tu Santa morada... ahora, Dios sufriente, caminamos juntos...

Releía las cartas de Mounier...que estan muy en sintonía con lo que recomienza esta semana...carne y sangre... dejo algunas...


«Qué sentido tendría todo esto si nuestra muchachita no fuera más que un pedazo de carne enferma, un poco de vida accidentada [sumergida quién sabe dónde] y no esta blanca hostia que nos sobrepasa a todos [participación en el sacrificio de Cristo], una infinitud de misterio y amor que nos deslumbraría si lo viéramos cara a cara; si cada golpe más duro no fuera una elevación [ estas observaciones son las que ponen de manifiesto el gran tránsito, el resplandor del milagro], que es una nueva cuestión de amor cuando nuestro corazón empieza a estar acostumbrado y adaptado al golpe precedente [no adaptarse, sino reavivar la herida]. Oyes la pobre vocecita suplicante de todos los niños mártires del mundo [he aquí la dimensión cósmica para el cristiano de incluso el más pequeño de los gestos] y el pesar por haber perdido la infancia en el corazón de millones de hombres que nos piden como un pobre a la vera del camino: “Decidnos, vosotros que tenéis amor y las manos llenas de luz, vosotros queréis darnos todo esto”.

Si no hacemos más que sufrir –experimentar, aguantar, soportar- no resistiremos y fallaremos a lo que se nos ha pedido. De la mañana a la tarde, no pensemos en este mal como algo que se nos quita, sino como algo que damos, para no desmerecer a este pequeño Cristo que está en medio de nosotros, para no dejarle solo en el trabajo con Cristo. No quiero que perdamos estos días porque olvidaremos tomarlos por lo que son: días llenos de una gracia desconocida» (a Paulette, 20 de marzo de 1940).

«Siento igual que tú un gran cansancio y a la vez una gran calma, siento que lo real, lo positivo, es la calma, el amor de nuestra pequeña hija que se transforma dulcemente en ofrenda [ella que ya no puede moverse, este amor de la niña que se transforma en ofrenda, en algo aparentemente inútil], en una ternura que la desborda, que sale de ella, vuelve a ella y nos transforma con ella; y siento que el cansancio se debe solamente a que el cuerpo es muy frágil para esta luz y para todo lo que había en nosotros de habitual, de posesivo, con nuestra niña que se consume dulcemente por un amor más hermoso. [...] Sólo nos queda ser lo más fuerte que podamos con la plegaria, el amor, el abandono y la voluntad de mantener la alegría profunda del corazón» (a Paulette, 11 de abril de 1940).

Al día siguiente escribe así: «Nos encontramos en la misma encrucijada, pobres niños, tan débiles como siempre, con las piernas cansadas y el corazón fatigado y lloroso. Y la misma mano se pone sobre nuestro hombro, nos muestra toda la desgracia humana, todos los desgarros de los hombres, los que odian, los que matan, los que hacen visajes –y los que son odiados, los que son matados, los que son deformados por la vida y toda la dureza de los ricos-, y después nos muestra esta niña totalmente llena de nuestras futuras esperanzas. Y esta mano no nos dice si nos la matará o nos la devolverá, pero, al dejarnos en la incertidumbre, nos dice: “Dadmela por ellos”. Y dulcemente, juntos, corazón con corazón, sin saber si Él la guardará o nos la devolverá, nos preparamos para dársela. Porque nuestras pobres manos débiles y pecadoras no son capaces de tenerla y porque sólo si la ponemos en sus manos tendremos algunas esperanza de encontrarla de nuevo: de cualquier modo, estamos seguros de que lo que suceda a partir de ahora será bueno [esto, en nuestra condición de cristianos, brota por sí solo]

Pase lo que pase, nos encontramos en nuestra verdadera situación de cristianos.

Es muy hermoso ser cristianos por la fuerza y la alegría que da el corazón, por la transfiguración del amor, de la amistad, de las horas y de la muerte [...]» (a Paulette, 12 de abril de 1940).

Otro día escribe: «Todos nuestros deseos de infancia resisten, se desgarran, duelen; pero hay que decir con mucha claridad cuán fuertemente sentimos esos días en que entramos en nuestra condición de hombres, con el sufrimiento transfigurado (el otro es terrorífico, no es del que hablo) [aquella niña inerte les transforma en hombres, genera una experiencia por la que incluso un genio se siente transformado en hombre].

Uno de mis recuerdos más extraordinarios es el rostro con el que un día me anunció X la muerte de su hijo, de la que se había enterado hace dos horas. Una especie de alegría soberana sobre una conmoción total, pero que había dejado de ser conmoción, un rostro real y de candor, una simplicidad de niño pequeño. Ninguna palabra sobre la alegría del sufrimiento hará comprenderla como haber visto una vez un rostro tan próximo a la cima de su existencia. Pase lo que pase, éste es el milagro que nosotros podemos realizar por nuestra pequeña; para merecer el milagro que vendrá de todas formas puesto que lo pedimos de buena voluntad, sea el milagro visible de la curación o el milagro invisible a través de una fuente infinita de gracia cuyas maravillas conoceremos un día. Nada se parece más a Cristo que la inocencia sufriente» (a Pulette, 16 de abril de 1940).

El siguiente texto está tomado de un cuaderno de notas de la guerra: «Presencia de Francoise. Historia de nuestra pequeña Francoise, que parece deslizarse por días sin historia.

El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa truncada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. “Le ha sobrevenido una gran desgracia”. Pero no era una desgracia: alguien muy grande nos ha visitado. No nos hemos dado sermones. No había más que guardar silencio ante este nuevo misterio que poco a poco nos ha impregnado de su alegría. Muchas veces he tenido la sensación, cuando me acercaba a la cuna, de acercarme a un altar, a algún lugar sagrado donde Dios hablaba por medio de un signo. Me invadía una tristeza penetrante y profunda, pero a la vez ligera y transfigurada. Y en torno a ella, no tengo otra palabra, me he postrado en adoración. Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le hablaba a esa frente que no respondía nada, cuando mis ojos han osado dirigirse hacia esta mirada ausente, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que veía mejor que la mirada. [...] Durante mucho tiempo hemos preferido la muerte de Francoise a que permaneciera tal y como estaba. ¿No es esto sentimentalismo burgués? ¿qué quiere decir para ella “ser feliz”? ¿quién sabe si no se nos ha pedido que guardemos y adoremos una ostia entre nosotros, sin olvidar la presencia divina bajo una pobre materia ciega? Mi pequeña Francoise, tú eres para mí la imagen de la fe. Aquí abajo la conoceréis enigmática y como un espejo.

En esta historia, nuestra desgracia ha tomado un aire de evidencia, una familiaridad aseguradora o, mejor, no es ésta la palabra, una familiaridad comprometida: una llamada que no depende ya de la fatalidad.

Llegó la guerra y anegó nuestra desgracia en la gran calamidad común. Así, sumergida, el peso se ha hecho más ligero. La guerra a deparado a P los momentos más atroces de la soledad y angustia en septiembre y en abril. Pero, a pesar de esos momentos, esa guerra ha acabado de curarnos de la enfermedad de Francoise. Tantos inocentes desgarrados, tantas inocencias pisoteadas; esta niña inmolada día a día constituía quizás nuestra verdadera presencia en el horror de los tiempos. No se puede solamente escribir libros. Es preciso que la vida nos arranque periódicamente de la estafa del pensamiento, el pensamiento que vive sobre los actos y los méritos de otro.

Ahora que la amenaza de abril se ha alejado, ahora que parece que debemos continuar juntos. Francoise, hija mía, sentimos una nueva historia interviene en nuestro diálogo: resistimos a las formas fáciles de la paz firmada con el destino, seguir siendo padre y tu madre, no abandonarte a nuestra resignación, no acostumbrarnos a tu ausencia, a tu milagro; darte tu pan cotidiano de amor y de presencia, proseguir la plegaria que tú eres, reavivar nuestra herida, puesto que esta herida es la puerta de la presencia, permanecer contigo.

Quizá sea necesario que nos envidien esta paternidad titubeante, este diálogo inexpresado, más hermoso que los juegos habituales» (conversaciones X, 28 de agosto de 1940).



jueves, 18 de marzo de 2010

“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”


"La primera caridad con el ambiente es compartir un juicio":


Ante el terremoto ocurrido hace una semana y el inicio de clases que ahora nos convoca, hay una pregunta que nos apremia: ¿Cómo volver a la Universidad en medio de esta catástrofe? El terremoto no deja de ser noticia, y tampoco nosotros lo queremos olvidar ni tapar entre libros y
cuadernos, entre trabajos y exámenes. Queremos vivir una unidad de nosotros mismos, aceptando a la vez, con realismo, el drama del terremoto y la realidad de la universidad: no queremos que nuestro ambiente sea un mundo aparte, sino que éste nos introduzca a la realidad. La universidad es el primer lugar donde vivir el golpe del terremoto: mirando a los compañeros y los profesores que sufren, extrañando los rostros de los que no volverán.

Desde ahí podemos mirar al país, mirar esta herida abierta. La indiferencia se nos hace imposible. Es un reinicio diferente, habrá una mirada diferente. Hoy apreciamos más la vida que tenemos, los rostros de los amigos.

¿Cómo tener en cuenta todo sin que las últimas palabras sean “tragedia” e “impotencia”? ¿Desde dónde podemos decir que - frente a todo lo que hemos vivido estos días- la vida no es sencillamente una tragedia? Nos apremia la necesidad de certeza y paz verdadera, que no tiene nada que ver con una tranquilidad cómoda y burguesa. ¿Y de dónde puede venir la energía y el realismo necesarios para vivir esta situación? El hombre necesita algo más que buenas intenciones. Necesita de una fuerza más grande que la suya, una inteligencia abierta a toda la realidad. ¡La compañía de Cristo es el lugar donde reside esa fuerza!

Cristo es Dios mismo que se ha revelado. Es la Verdad y la Misericordia hecha compañía humana, que no se ha ido, dejando al hombre en la soledad. No. Él ha prometido quedarse con nosotros. En Su compañía, el hombre puede lanzarse sin miedo y sin vacilación a la aventura de la vida, incluso en momentos tan duros como estos.

Nosotros volvemos a la universidad, en medio de este desastre, con este deseo de justicia y de paz, porque en la comunidad cristiana se cumple la promesa de Aquel hombre, Cristo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Universitarios de Comunión y Liberación

martes, 23 de febrero de 2010

Vínculos


Sólo la dependencia del "cielo" llena y nos hace verdaderamente libres, sólo ella funda nuestras relaciones.




"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)