"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

domingo, 28 de marzo de 2010

Reavivar lo humano

Giotto


Ayer fue el primer día de la caritativa que empezamos en el CLU, en un hogar de ancianos... estuve con el Dios sufriente, el que no tiene piernas, el clavado en la Cruz de su realidad (realidad fría, ajena, pálida...aunque en esa palidez hay un punto de luz, que viste de blanco, una conciencia traspasada de Su misericordia.); el que llora, y exige una explicación, una palabra... y aun así no olvida pedir a Sus pies. ¿quién soy yo frente a Él? ¿cómo puedo servirlo, si estructuralmente somos lo mismo?

Es extraña esa sensación de querer arrancar, de no querer ver el dolor, de no querer ver esa espera que grita el misterio. La compañía sostiene, vale, me fío, me quedo, estoy, permanezco... con ese santo temblor que se transforma en oración...

Su dolor lentamente extiende los brazos... herida abierta, grito esperanzado... háblame, no me escondas Tu rostro, Señor... acoge en Tu Santa morada... ahora, Dios sufriente, caminamos juntos...

Releía las cartas de Mounier...que estan muy en sintonía con lo que recomienza esta semana...carne y sangre... dejo algunas...


«Qué sentido tendría todo esto si nuestra muchachita no fuera más que un pedazo de carne enferma, un poco de vida accidentada [sumergida quién sabe dónde] y no esta blanca hostia que nos sobrepasa a todos [participación en el sacrificio de Cristo], una infinitud de misterio y amor que nos deslumbraría si lo viéramos cara a cara; si cada golpe más duro no fuera una elevación [ estas observaciones son las que ponen de manifiesto el gran tránsito, el resplandor del milagro], que es una nueva cuestión de amor cuando nuestro corazón empieza a estar acostumbrado y adaptado al golpe precedente [no adaptarse, sino reavivar la herida]. Oyes la pobre vocecita suplicante de todos los niños mártires del mundo [he aquí la dimensión cósmica para el cristiano de incluso el más pequeño de los gestos] y el pesar por haber perdido la infancia en el corazón de millones de hombres que nos piden como un pobre a la vera del camino: “Decidnos, vosotros que tenéis amor y las manos llenas de luz, vosotros queréis darnos todo esto”.

Si no hacemos más que sufrir –experimentar, aguantar, soportar- no resistiremos y fallaremos a lo que se nos ha pedido. De la mañana a la tarde, no pensemos en este mal como algo que se nos quita, sino como algo que damos, para no desmerecer a este pequeño Cristo que está en medio de nosotros, para no dejarle solo en el trabajo con Cristo. No quiero que perdamos estos días porque olvidaremos tomarlos por lo que son: días llenos de una gracia desconocida» (a Paulette, 20 de marzo de 1940).

«Siento igual que tú un gran cansancio y a la vez una gran calma, siento que lo real, lo positivo, es la calma, el amor de nuestra pequeña hija que se transforma dulcemente en ofrenda [ella que ya no puede moverse, este amor de la niña que se transforma en ofrenda, en algo aparentemente inútil], en una ternura que la desborda, que sale de ella, vuelve a ella y nos transforma con ella; y siento que el cansancio se debe solamente a que el cuerpo es muy frágil para esta luz y para todo lo que había en nosotros de habitual, de posesivo, con nuestra niña que se consume dulcemente por un amor más hermoso. [...] Sólo nos queda ser lo más fuerte que podamos con la plegaria, el amor, el abandono y la voluntad de mantener la alegría profunda del corazón» (a Paulette, 11 de abril de 1940).

Al día siguiente escribe así: «Nos encontramos en la misma encrucijada, pobres niños, tan débiles como siempre, con las piernas cansadas y el corazón fatigado y lloroso. Y la misma mano se pone sobre nuestro hombro, nos muestra toda la desgracia humana, todos los desgarros de los hombres, los que odian, los que matan, los que hacen visajes –y los que son odiados, los que son matados, los que son deformados por la vida y toda la dureza de los ricos-, y después nos muestra esta niña totalmente llena de nuestras futuras esperanzas. Y esta mano no nos dice si nos la matará o nos la devolverá, pero, al dejarnos en la incertidumbre, nos dice: “Dadmela por ellos”. Y dulcemente, juntos, corazón con corazón, sin saber si Él la guardará o nos la devolverá, nos preparamos para dársela. Porque nuestras pobres manos débiles y pecadoras no son capaces de tenerla y porque sólo si la ponemos en sus manos tendremos algunas esperanza de encontrarla de nuevo: de cualquier modo, estamos seguros de que lo que suceda a partir de ahora será bueno [esto, en nuestra condición de cristianos, brota por sí solo]

Pase lo que pase, nos encontramos en nuestra verdadera situación de cristianos.

Es muy hermoso ser cristianos por la fuerza y la alegría que da el corazón, por la transfiguración del amor, de la amistad, de las horas y de la muerte [...]» (a Paulette, 12 de abril de 1940).

Otro día escribe: «Todos nuestros deseos de infancia resisten, se desgarran, duelen; pero hay que decir con mucha claridad cuán fuertemente sentimos esos días en que entramos en nuestra condición de hombres, con el sufrimiento transfigurado (el otro es terrorífico, no es del que hablo) [aquella niña inerte les transforma en hombres, genera una experiencia por la que incluso un genio se siente transformado en hombre].

Uno de mis recuerdos más extraordinarios es el rostro con el que un día me anunció X la muerte de su hijo, de la que se había enterado hace dos horas. Una especie de alegría soberana sobre una conmoción total, pero que había dejado de ser conmoción, un rostro real y de candor, una simplicidad de niño pequeño. Ninguna palabra sobre la alegría del sufrimiento hará comprenderla como haber visto una vez un rostro tan próximo a la cima de su existencia. Pase lo que pase, éste es el milagro que nosotros podemos realizar por nuestra pequeña; para merecer el milagro que vendrá de todas formas puesto que lo pedimos de buena voluntad, sea el milagro visible de la curación o el milagro invisible a través de una fuente infinita de gracia cuyas maravillas conoceremos un día. Nada se parece más a Cristo que la inocencia sufriente» (a Pulette, 16 de abril de 1940).

El siguiente texto está tomado de un cuaderno de notas de la guerra: «Presencia de Francoise. Historia de nuestra pequeña Francoise, que parece deslizarse por días sin historia.

El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa truncada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. “Le ha sobrevenido una gran desgracia”. Pero no era una desgracia: alguien muy grande nos ha visitado. No nos hemos dado sermones. No había más que guardar silencio ante este nuevo misterio que poco a poco nos ha impregnado de su alegría. Muchas veces he tenido la sensación, cuando me acercaba a la cuna, de acercarme a un altar, a algún lugar sagrado donde Dios hablaba por medio de un signo. Me invadía una tristeza penetrante y profunda, pero a la vez ligera y transfigurada. Y en torno a ella, no tengo otra palabra, me he postrado en adoración. Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le hablaba a esa frente que no respondía nada, cuando mis ojos han osado dirigirse hacia esta mirada ausente, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que veía mejor que la mirada. [...] Durante mucho tiempo hemos preferido la muerte de Francoise a que permaneciera tal y como estaba. ¿No es esto sentimentalismo burgués? ¿qué quiere decir para ella “ser feliz”? ¿quién sabe si no se nos ha pedido que guardemos y adoremos una ostia entre nosotros, sin olvidar la presencia divina bajo una pobre materia ciega? Mi pequeña Francoise, tú eres para mí la imagen de la fe. Aquí abajo la conoceréis enigmática y como un espejo.

En esta historia, nuestra desgracia ha tomado un aire de evidencia, una familiaridad aseguradora o, mejor, no es ésta la palabra, una familiaridad comprometida: una llamada que no depende ya de la fatalidad.

Llegó la guerra y anegó nuestra desgracia en la gran calamidad común. Así, sumergida, el peso se ha hecho más ligero. La guerra a deparado a P los momentos más atroces de la soledad y angustia en septiembre y en abril. Pero, a pesar de esos momentos, esa guerra ha acabado de curarnos de la enfermedad de Francoise. Tantos inocentes desgarrados, tantas inocencias pisoteadas; esta niña inmolada día a día constituía quizás nuestra verdadera presencia en el horror de los tiempos. No se puede solamente escribir libros. Es preciso que la vida nos arranque periódicamente de la estafa del pensamiento, el pensamiento que vive sobre los actos y los méritos de otro.

Ahora que la amenaza de abril se ha alejado, ahora que parece que debemos continuar juntos. Francoise, hija mía, sentimos una nueva historia interviene en nuestro diálogo: resistimos a las formas fáciles de la paz firmada con el destino, seguir siendo padre y tu madre, no abandonarte a nuestra resignación, no acostumbrarnos a tu ausencia, a tu milagro; darte tu pan cotidiano de amor y de presencia, proseguir la plegaria que tú eres, reavivar nuestra herida, puesto que esta herida es la puerta de la presencia, permanecer contigo.

Quizá sea necesario que nos envidien esta paternidad titubeante, este diálogo inexpresado, más hermoso que los juegos habituales» (conversaciones X, 28 de agosto de 1940).



jueves, 18 de marzo de 2010

“Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”


"La primera caridad con el ambiente es compartir un juicio":


Ante el terremoto ocurrido hace una semana y el inicio de clases que ahora nos convoca, hay una pregunta que nos apremia: ¿Cómo volver a la Universidad en medio de esta catástrofe? El terremoto no deja de ser noticia, y tampoco nosotros lo queremos olvidar ni tapar entre libros y
cuadernos, entre trabajos y exámenes. Queremos vivir una unidad de nosotros mismos, aceptando a la vez, con realismo, el drama del terremoto y la realidad de la universidad: no queremos que nuestro ambiente sea un mundo aparte, sino que éste nos introduzca a la realidad. La universidad es el primer lugar donde vivir el golpe del terremoto: mirando a los compañeros y los profesores que sufren, extrañando los rostros de los que no volverán.

Desde ahí podemos mirar al país, mirar esta herida abierta. La indiferencia se nos hace imposible. Es un reinicio diferente, habrá una mirada diferente. Hoy apreciamos más la vida que tenemos, los rostros de los amigos.

¿Cómo tener en cuenta todo sin que las últimas palabras sean “tragedia” e “impotencia”? ¿Desde dónde podemos decir que - frente a todo lo que hemos vivido estos días- la vida no es sencillamente una tragedia? Nos apremia la necesidad de certeza y paz verdadera, que no tiene nada que ver con una tranquilidad cómoda y burguesa. ¿Y de dónde puede venir la energía y el realismo necesarios para vivir esta situación? El hombre necesita algo más que buenas intenciones. Necesita de una fuerza más grande que la suya, una inteligencia abierta a toda la realidad. ¡La compañía de Cristo es el lugar donde reside esa fuerza!

Cristo es Dios mismo que se ha revelado. Es la Verdad y la Misericordia hecha compañía humana, que no se ha ido, dejando al hombre en la soledad. No. Él ha prometido quedarse con nosotros. En Su compañía, el hombre puede lanzarse sin miedo y sin vacilación a la aventura de la vida, incluso en momentos tan duros como estos.

Nosotros volvemos a la universidad, en medio de este desastre, con este deseo de justicia y de paz, porque en la comunidad cristiana se cumple la promesa de Aquel hombre, Cristo: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Universitarios de Comunión y Liberación

martes, 23 de febrero de 2010

Vínculos


Sólo la dependencia del "cielo" llena y nos hace verdaderamente libres, sólo ella funda nuestras relaciones.

viernes, 25 de diciembre de 2009

es Navidad de nuevo


Cristián Warnken
Jueves 25 de Diciembre de 2008
El juglar de Nuestra Señora

Se acaba la Navidad, y pienso en G. K. Chesterton. El escritor inglés asoma su rostro de viejo pascuero verdadero (tan distinto de nuestros pascueros sudados y cansados de estos días) y enciende, con sus ojos juguetones y profundos, el mundo que parecía gastado y feo. Sí, porque ¿no es la Navidad nacer de nuevo y cargar de poesía lo obvio, lo sencillo, lo que no ven nuestras miradas que envejecen? Chesterton engordó, acumuló achaques propios de la edad, pero lo último en envejecer en él fue su mirada. Un hombre tiene todo el deber y el derecho de envejecer, pero su verdadera conquista, su triunfo, no será la de derrotar el tiempo, fatua pretensión: eso déjenselo a los ridículos "lolosaurios" que hoy abundan por ahí, llenando los gimnasios y gastándoselo todo en hormonas. No: el verdadero éxito de un hombre es impedir a toda costa que la rutina y la costumbre se adhieran como piel gastada, como pátina gris a la vida, acumulando resentimiento y tedio sobre cada día regalado. El objetivo final de todo hombre y de todo viejo será que sus ojos brillen de asombro hasta el final, y que hasta la muerte se sorprenda de esa mirada con la que sale a recibirla el niño sabio e inocente que no da nada por hecho. Un hombre que ha jugado sin parar en la vida sabrá -con imaginación y alegría- sor-tear ese jaque mate grave que nos tiene reservada la muerte. Porque a la muerte no se le gana con pura teología, sino con juglaría. Chesterton hizo el milagro de hacer danzar el tomismo. ¡La pesada "Suma teológica" danzó! Y eso sólo pudo realizarlo un gigante con alma de niño. Los hay pocos, al lado de tanto tonto grave que despoja a la Verdad de su gracia, convirtiéndola en una vieja victoriana, enferma de tedio y sin sentido del humor. Y fea... ¡Pecado mortal!

Sayers diría de Chesterton: "Como si de una bomba benéfica se tratara, hizo saltar por los aires en la Iglesia un buen número de vidrieras de una época poco brillante, para dejar paso a una brisa fresca en que las hojas muertas de la doctrina danzaban con todo el vigor y la falta de decoro del juglar de Nuestra Señora". Chesterton dijo que se había hecho católico porque los católicos bebían vino.

Por eso salió airoso de la batalla que la mayoría de nosotros declaramos perdida antes de tiempo: la de no dejar de ser sorprendidos por la realidad. Eso explica por qué hasta sus opositores más enconados en materias teológicas y literarias salieron a llorar a las calles de Londres cuando Chesterton murió. ¿Cómo iba a estar muerto un hombre que vivía y amaba las paradojas de las vidas, y que las abrazaba danzando, con su panza gozosa y henchida de buen vino católico?

El célebre cuadro de Sir James Gunn, que se encuentra en la National Portrait Gallery de Londres, muestra a Chesterton junto a sus grandes amigos Maurie Baring e Hilarie Belloc. Católicos que fumaban, bebían vino, cultivaban las paradojas y hacían de la ortodoxia una fiesta y no una rutina grave. ¡Qué tiempos! Cuando los veo, los comparo con los escritores europeos de hoy, que perdieron toda inocencia y se curtieron de sofisticados cinismos; o con los católicos que tienen fe, pero se olvidaron de la belleza y la alegría. ¿No podrían resucitar los tres amigos para poner de nuevo el mundo patas arriba, o sea, en perfecto orden? Chesterton dijo que teníamos que pararnos de cabeza para ver el mundo por primera vez. ¿De qué nos sirve habernos erguido en algún momento de la evolución si no podemos volar? ¿O vinimos a la tierra a calentar el asiento? En vez de tanto management, de tanta autoyuda y talleres de realización individual y empresarial para tiempos de crisis, iniciemos cada día parándonos de cabeza y leamos a Chesterton. Y tomemos con él hasta embriagarnos todo el vino de la misa, sin dejar ninguna mezquina gota al fondo de este cáliz. Sólo entonces será Navidad de nuevo.

esta la escribió en la Navidad del año pasado... es mi favorita, no solo porque trate de Chesterton, sino porque con certeza cada vez que la leo digo que esos hombres sí existen...y que hoy es Navidad, de nuevo. bebamos de esta copa "sin dejar ninguna mezquina gota al fondo de este cáliz".
un abrazo, les deseo una bella Navidad.


martes, 22 de diciembre de 2009

Navidad: La fiesta de los hombres

Giotto di Bondone, ( 1266 - 1337)

BARIONÁ, EL HIJO DEL TRUENO

Frases escogidas

Barioná: La sabiduría me dijo: el mundo no es más que una caída interminable., el mundo no es más que una mota de polvo que no termina nunca de caer. Las personas y las cosas aparecen de repente en un punto de la caída y, apenas aparecidos, son arrastrados por esta caída universal y empiezan también a caer, se atomizan y se deshacen. Mi sabiduría me ha dicho: la vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza.

Tenemos que acostumbrar nuestras almas a la desesperanza: no haremos más niños. No queremos perpetuar la vida ni prolongar los sufrimientos de nuestra raza (pp. 102-103)

Barioná: ¿Osaríais crear vidas jóvenes con vuestra sangre podrida? ¿Queréis refrescar con hombres nuevos la interminable agonía del mundo? Y deseo que nuestro ejemplo sea el origen de una nueva religión, la religión de la nada (p. 104-105).

Barioná [a la esposa, Sara, que le anuncia que está embarazada de él]: Es por tu alegría por lo que quieres dar a luz, no por la suya. No le amas lo suficiente.

Sara: Le amo ya, tal y como puede ser. Aquel a quien espero no lo he elegido y, sin embargo, lo espero. Le amo por adelantado, aunque sea feo, aunque sea ciego.

Barioná: Si le amas, ten compasión de él. Déjale dormir el sueño tranquilo de los no nacidos.

Sara: Quiero darle también el sol y el aire fresco y las sombras violetas de las montañas y la risa de las niñas. Te lo ruego, deja que nazca un niño, deja que el mundo tenga, de nuevo, una oportunidad.

Barioná: ¡Cállate! Es una trampa. Siempre creemos que hay una oportunidad más. (...) Los naipes están marcados de antemano. La miseria, la desesperanza, la muerte, esperan en cada esquina (pp. 107-108)

Barioná [a su esposa]: Este niño que tú quieres hacer que nazca es como una nueva edición del mundo. A través de él, las nubes y el agua y el sol y las casa y el dolor de los hombres existirán una vez más. Vas a recrear el mundo. ¿Comprendes qué enorme incongruencia, qué monstruosa falta de sensibilidad, sería traer nuevos seres a este mundo fallido? Tener un niño es aprobar la creación en el fondo del corazón, es decirle al Dios que nos tortura: “Señor, todo está bien y te doy gracias por haber creado el universo”. ¿Verdaderamente quieres cantar ese himno? La existencia es una lepra vergonzosa que nos roe a todos, y nuestros padres han sido los culpables.

Mi corazón está cansado de la espera y no se desprende uno fácilmente de la desesperanza una vez que se ha probado (pp. 110-112)

El Ángel: Escuchad: es en Belén, en un establo. Hay en el cielo un gran vacío y una gran espera. Guardad silencio porque el cielo se ha vaciado por completo, como un gran agujero, está desierto y los ángeles tienen frío.

¡Ya está! ¡Ha nacido! Su espíritu infinito y sagrado está prisionero en un cuerpo de niño todo sucio y se extraña de sufrir y de ignorar. Ahí está. Nuestro soberano ahora es simplemente un niño. Un niño que no sabe hablar. Les ha llegado a los hombres la hora de la alegría. No tengáis miedo (p. 125).

Caifás: Esta es una noche bendita entre todas, fecunda como el vientre de una mujer, joven como la primera noche del mundo, porque todo vuelve a empezar de nuevo (p. 130).

Barioná: He blindado mi corazón con una triple coraza: contra los dioses, contra los hombres y contra el mundo. No pediré compasión ni diré gracias. No doblaré mi rodilla delante de nadie, pondré mi dignidad en mi odio.

Aunque el Eterno me hubiese mostrado su rostro entre las nubes, me negaría a escucharle porque soy libre; y contra un hombre libre, ni el mismo Dios puede nada. Puede reducirme a polvo o prenderme como una tea, puede hacer que me retuerza en mis sufrimientos como el sarmiento en el fuego, pero no puede nada contra este pilar acerado, contra esta columna inflexible: la libertad del hombre (p. 135).

Barioná: ¿Y a quién esperáis? A un rey, a un poderoso de la tierra que aparecerá en toda su gloria y atravesará el cielo como un cometa, precedido de un resonar de trompetas. Y, ¿qué os ofrecen? Un niño miserable, sucio, gimiendo en un establo, con briznas de paja clavadas en sus pañales. ¡Ah! ¡Bonito rey! Id, bajad, bajad a Belén, seguramente valga la pena el viaje.

Volved a casa, buena gente, y en adelante mostrad algo más de discernimiento. El Mesías no ha venido y, qué queréis que os diga, no vendrá nunca. Este mundo es una caída interminable. El Mesías sería alguien que parase esta caída, alguien que invirtiera de repente el curso de la cosas.

Sólo tengo una certeza, y es que todo seguirá cayendo siempre: los ríos hacia el mar, los pueblos antiguos bajo la dominación de los jóvenes, las empresas humanas hacia la decrepitud y nosotros hacia la infame vejez. Volved a casa (p. 138)

Mirad a vuestra desperanza a la cara, porque la dignidad del hombre está en su desesperanza (p.142).

Baltasar [rey mago, se dirige a Barioná]: Veo en tu cara que has sufrido y veo también que te ha complacido en tu dolor. Tus rasgos son nobles, pero tus ojos están medio cerrados y tus oídos parecen taponados. Veo en tu rostro la pesadumbre que se percibe en los ciegos y los sordos. Míranos: nosotros también hemos sufrido y somos sabiso entre los hombres. Pero cuando una estrella nueva se ha elevado, hemos dejado nuestros reinos sin dudarlo, la hemos seguido y vamos a adorar nuestro Mesías.

Barioná, tú sufres. Cristo ha bajado a la tierra por ti. Por ti más que por cualquier otro, porque tú sufres más que cualquier otro.

Ésa es tu desesperanza: rumiar el instante fugaz, mirarte el ombligo con una mirada rencorosa y estúpida (p.142)

Sara: Te amo, Barioná. Pero compréndeme. Allí hay una mujer feliz y plena, una madre que ha dado a luz por todas las madres y lo que ella me ha dado es como un permiso: el permiso de traer a mi hijo al mundo. Quiero ver a esa madre feliz y sagrada, quiero verla. Ella ha salvado a mi hijo. Nacerá, ahora lo sé. ¿Dónde?, poco importa. Al borde de un camino o en un establo, como el suyo. Y sé también que Dios está conmigo (pp. 145-146)

Barioná: ¡Un Dios que se transforma en hombre! ¡Qué idiotez! No veo qué podría tentarle de nuestra condición humana. Los dioses viven en el cielo, completamente ocupados en gozar de ellos mismos. Y si les diera por descender entre nosotros, lo harían bajo alguna forma brillante y fugaz, como una nube púrpura o un relámpago. ¿Se cambiaría un Dios en hombre? El Todopoderoso, en el seno de su gloria, ¿contemplaría a estas pulgas que pululan sobre la vieja costra de la tierra y que la ensucian con sus excrementos y diría: quiero ser uno de esos gusanos? No me hagas reír. ¿Un Dios que se rebaja a nacer, a vivir nueve meses como una fresa de sangre? (p. 147)

Un Dios-Hombre, un Dios hecho de nuestra carne humillada, un Dios que aceptase conocer este sabor amargo que hay en el fondo de nuestra boca cuando todos nos abandonan, un Dios que aceptase por adelantado sufrir lo que yo sufro ahora... ¡Venga ya!, es una locura. (p. 150)

Barioná.- Si un Dios se hubiese hecho hombre por mí, le amaría excluyendo a todos los demás, habría entre Él y yo algo así como un lazo de sangre, y no tendría vida suficiente para demostrarle mi agradecimiento: Barioná no es un ingrato. Pero, ¿qué Dios sería lo suficientemente loco para eso? No el nuestro, desde luego. Siempre se ha mostrado más bien distante (...) Un Dios hombre, un Dios hecho de nuestra carne humillada, un Dios que aceptase conocer este sabor amargo que hay en el fondo de nuestra boca cuando todos nos abandonan, un Dios que aceptase por adelantado sufrir lo que yo sufro ahora...¡Venga ya!, es una locura...

Narrador: He aquí a la Virgen, y aquí José, y aquí el niño Jesús. La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que pintar en su cara sería un gesto de asombro lleno de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en rostro humano. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo ha llevado en su seno, y ella le dará el pecho y su leche se convertirá en la sangre de Dios. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que El es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: “¡Mi pequeño!”. Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Porque todas las madres se han visto así alguna vez, colocadas ante ese fragmento rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten como exiliadas ante esa vida nueva que han hecho con su vida, pero en la que habitan pensamientos ajenos. Mas ningún niño ha sido arrancado tan cruel y rápidamente de su madre como éste, pues Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella pueda imaginar.

Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y fugaces, en los que siente a la vez, que Cristo es su hijo, es su pequeño, y es Dios. Le mira y piensa: “este Dios es mi niño. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mi”

Y ninguna mujer, jamás ha disfrutado así de su Dios, un Dios al que se puede tocar; y que vive. Si fuera pintor trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella acerca el dedo para tocar la dulce y suave piel de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.

A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado.

Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya del lado de Dios. Porque Dios ha explotado como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar.

Mis buenos señores, ahí está la Sagrada Familia (pp. 162-164)

Barioná [que ha ido a matar al niño]: Ahí está. Ése es José, completamente callado y tan enérgico, con su silueta negra y sus ojos claros. ¡Ah! Nunca podría estrangular esta vida joven. Primero no tendría que haberla visto a través de la mirada de su padre. La mujer está de espaldas y no veo al niño. Imagino que está sobre sus rodillas. Pero veo al hombre. ¡Es verdad! ¡Cómo la mira! ¡Con qué ojos! ¿Qué puede haber detrás de esos dos ojos claros, claros como dos ausencias en una cara dulce y a la vez curtida? ¿Esperanza? Yo no traigo esperanza. Qué nubes de horror subirían desde lo más profundo de sí mismo para oscurecer esos dos retazos de cielo, si me vieses estrangular a su hijo. No he visto todavía a ese niño y ya sé que no voy a tocarle. Para reunir el valor con el que apagar esa pequeña vida entre mis dedos, no tendría que haberme fijado antes en los ojos de su padre. Estoy vencido (p.170).

Barioná: Algo acaba de comenzar. ¿Hay algo más conmovedor para el corazón de un hombre que el comienzo de un mundo, que la incipiente juventud, que el comienzo de un amor, cuando todo es todavía posible, cuando el sol, antes del amanecer, flota en el aire y en las caras como un fino polvo y cuando se presienten en la frescura agria de la mañana las promesas de un nuevo día?

En este establo se levanta una nueva mañana... en este establo ya ha amanecido (p. 173).

Baltasar: Cristo ha nacido para todos los niños del mundo, Barioná, y cada vez que un niño va a nacer, Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para escapar en él y por él, eternamente, de todos los dolores. Porque incluso para los ciegos, y para los parados, y para los prisioneros de guerra, y para los mutilados, existe la alegría. (p. 179-180)

Sara: ¡Mi niño, Dios mío, mi pequeño! Tú, a quien amé como si fuese tu madre (...) ¡oh, Dios, que te has hecho mi hijo! ¡oh, hijo de todas las mujeres. Eras mío, mío, me pertenecías todavía más que esta flor de carne que eclosiona dentro de mi carne. Eras mi niño y el destino de este hijo que duerme en el fondo de mi, y mira, se han puesto en marcha para matarte [los soldados de Herodes están matando a los recién nacidos ] (p. 183).

Barioná: No quiero morir. No tengo ninguna gana de morir. Querría vivir y disfrutar de este mundo que me ha sido descubierto, y ayudarte a educar a nuestro hijo. Pero quiero impedir que maten a nuestro Mesías y estoy convencido de que no tengo elección: no puedo defenderle más que dando mi vida.

Sara, vamos a separarnos sin lágrimas. Al contrario, tienes que alegrarte, porque Cristo ha nacido y tu hijo va a nacer.

Y te doy un mensaje para él. Más tarde, cuando haya crecido, cuando te hable de un cierto sabor a hiel en el fondo de su boca, dile: “Tu padre sufrió todo eso que tú sufres ahora y murió en la alegría.

¡En la alegría! Me desborda la alegría como una copa rebosante. Soy libre, tengo mi destino en mis manos. Voy contra los soldados de Herodes y Dios viene a mi lado. Soy ligero, Sara, ligero. ¡Ah, si supieras cuán ligero soy! ¡Oh, Alegría, Alegría! Llora de alegría. Adiós, mi dulce Sara. Levanta la cabeza y sonríeme. Tenemos que ser dichosos: te quiero y Cristo ha nacido. (pp. 188-189)


viernes, 11 de diciembre de 2009

No abandonarte a nuestra resignación, no acostumbrarnos a tu ausencia, a tu milagro

«Todos nuestros deseos de infancia resisten, se desgarran, duelen; pero hay que decir con mucha claridad cuán fuertemente sentimos esos días en que entramos en nuestra condición de hombres, con el sufrimiento transfigurado (el otro es terrorífico, no es del que hablo) [aquella niña inerte les transforma en hombres, genera una experiencia por la que incluso un genio se siente transformado en hombre].

Uno de mis recuerdos más extraordinarios es el rostro con el que un día me anunció X la muerte de su hijo, de la que se había enterado hace dos horas. Una especie de alegría soberana sobre una conmoción total, pero que había dejado de ser conmoción, un rostro real y de candor, una simplicidad de niño pequeño. Ninguna palabra sobre la alegría del sufrimiento hará comprenderla como haber visto una vez un rostro tan próximo a la cima de su existencia. Pase lo que pase, éste es el milagro que nosotros podemos realizar por nuestra pequeña; para merecer el milagro que vendrá de todas formas puesto que lo pedimos de buena voluntad, sea el milagro visible de la curación o el milagro invisible a través de una fuente infinita de gracia cuyas maravillas conoceremos un día. Nada se parece más a Cristo que la inocencia sufriente» (a Pulette, 16 de abril de 1940).

«Presencia de Francoise. Historia de nuestra pequeña Francoise, que parece deslizarse por días sin historia.

El primer aprendizaje fue superar la psicología de la desgracia. Este milagro se rompió un día, esta promesa sobre la que se cerró la ligera puerta de una sonrisa truncada, de una mirada distraída y de una mano sin proyectos, no, no es posible que sea un azar, un accidente. “Le ha sobrevenido una gran desgracia”. Pero no era una desgracia: alguien muy grande nos ha visitado. No nos hemos dado sermones. No había más que guardar silencio ante este nuevo misterio que poco a poco nos ha impregnado de su alegría. Muchas veces he tenido la sensación, cuando me acercaba a la cuna, de acercarme a un altar, a algún lugar sagrado donde Dios hablaba por medio de un signo. Me invadía una tristeza penetrante y profunda, pero a la vez ligera y transfigurada. Y en torno a ella, no tengo otra palabra, me he postrado en adoración. Con toda seguridad, nunca he conocido de forma tan intensa el estado de plegaria como cuando mi mano le hablaba a esa frente que no respondía nada, cuando mis ojos han osado dirigirse hacia esta mirada ausente, que llevaba lejos, lejos por detrás de mí, no sé qué acto emparentado con la mirada, un acto que veía mejor que la mirada. [...] Durante mucho tiempo hemos preferido la muerte de Francoise a que permaneciera tal y como estaba. ¿No es esto sentimentalismo burgués? ¿qué quiere decir para ella “ser feliz”? ¿quién sabe si no se nos ha pedido que guardemos y adoremos una ostia entre nosotros, sin olvidar la presencia divina bajo una pobre materia ciega? Mi pequeña Francoise, tú eres para mí la imagen de la fe. Aquí abajo la conoceréis enigmática y como un espejo.

En esta historia, nuestra desgracia ha tomado un aire de evidencia, una familiaridad aseguradora o, mejor, no es ésta la palabra, una familiaridad comprometida: una llamada que no depende ya de la fatalidad.

Llegó la guerra y anegó nuestra desgracia en la gran calamidad común. Así, sumergida, el peso se ha hecho más ligero. La guerra a deparado a P los momentos más atroces de la soledad y angustia en septiembre y en abril. Pero, a pesar de esos momentos, esa guerra ha acabado de curarnos de la enfermedad de Francoise. Tantos inocentes desgarrados, tantas inocencias pisoteadas; esta niña inmolada día a día constituía quizás nuestra verdadera presencia en el horror de los tiempos. No se puede solamente escribir libros. Es preciso que la vida nos arranque periódicamente de la estafa del pensamiento, el pensamiento que vive sobre los actos y los méritos de otro.

Ahora que la amenaza de abril se ha alejado, ahora que parece que debemos continuar juntos. Francoise, hija mía, sentimos una nueva historia interviene en nuestro diálogo: resistimos a las formas fáciles de la paz firmada con el destino, seguir siendo padre y tu madre, no abandonarte a nuestra resignación, no acostumbrarnos a tu ausencia, a tu milagro; darte tu pan cotidiano de amor y de presencia, proseguir la plegaria que tú eres, reavivar nuestra herida, puesto que esta herida es la puerta de la presencia, permanecer contigo.

Quizá sea necesario que nos envidien esta paternidad titubeante, este diálogo inexpresado, más hermoso que los juegos habituales» (conversaciones X, 28 de agosto de 1940).


No abandonarte a nuestra resignación, no acostumbrarnos a tu ausencia, a tu milagro...

SEVILLANAS DEL ADIÓS

I 
Algo se muere en el alma
 cuando un amigo se va 
y va dejando una huella
 que no se puede borrar 
 II
 Un pañuelo de silencio 
a la hora de partir 
porque hay palabras que hieren 
y no se deben decir 
 III 
El barco se hace pequeño
 cuando se aleja en el mar
 y cuando se va perdiendo 
que grande es la soledad 
 IV
 Ese vacío que deja el amigo 
que se va es como un pozo sin fondo 
que no se vuelve a llenar  
ESTRIBILLO: 
No te vayas todavia no te vayas,
 por favor no te vayas todavia 
que hasta la guitarra mía 
llora cuando dice adiós.

sevillanas del adiós




"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)