"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

viernes, 31 de enero de 2014

En mi Pueblo

Vacaciones CL Chile-Argentina, Caviahue.

"Un árbol continúa creciente y, por lo tanto, continúa cambiante; pero siempre en los límites que rodean algo inalterable. Los anillos más interiores del árbol son todavía los mismos que cuando era un árbol joven; ya no se ven, pero no han dejado de ser centrales. Cuando del árbol nace una rama en su cumbre, no se separa de las raíces de la base; al contrario, cuanto más crecen sus ramas, con más fuerza necesita ser sostenido por las raíces. Es la verdadera imagen del progreso vigoroso y saludable de un hombre, una ciudad o toda una especie".
 (G.K. CHESTERTON)

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Un Pescador





                                                                                                                      Enero de 1943

Querida Marguerite,
                                 Un pescador, que está sentado muy lejos allá en mi patria, ha lanzado su anzuelo hasta el fondo de mi pecho. Y cuanto más yo me alejo de mi patria, de aquella tierra tan vasta, tanto más él tira el sedal, tanto más me duele el pecho, tanto más me quedo inquieto.

                                                                                                                            Alexander Schmorell

martes, 19 de noviembre de 2013

Y entonces salimos a volver a ver las Estrellas


El Conductor y yo, por ese camino escondido,
 entramos a retornar al claro mundo; 
 y sin cuidarnos de reposo alguno, 135 

 subimos, él primero y yo segundo, 
 tanto que vi las cosas bellas que lleva el Cielo, 
por un resquicio redondo. 138

 Y entonces salimos a volver a ver las estrellas. 139

jueves, 17 de octubre de 2013

Si hubiera una casa para mí en el cielo tendría que tener una farola verde y un seto o algo tan concreto y personal como una farola verde y un seto. Me refiero a que Dios me ha ordenado que ame a un lugar y lo sirva, y haga lo que sea por imposible que parezca por honrarlo, de manera que ese lugar único sirva de testimonio contra todos los infinitos y sofisterías, y de que el Paraíso está en algún lugar y no en cualquier lugar, que es alguna cosa y no cualquier cosa. Y creo que no me sorprendería tanto que mi casa del cielo tuviera una farola verde, después de todo.

 G. K.Chesterton

domingo, 18 de agosto de 2013

Algo de Vos














He limpiado varios rincones
y he regado jardines sin soles
y he buscado en miles de cofres
algo que viva, algo que mate
algo que escuche y algo que mire
algo que escriba, algo que borre
algo en el viento, algo en la lluvia
algo de Vos, algo de Vos.

He atacado camas de otros
y he robado besos sin rostros
y he buscado en miles de pozos
algo que viva, algo que mate
algo que escuche y algo que mire
algo que escriba, algo que borre
algo en el viento, algo en la lluvia
algo de Vos, algo de Vos.

He vaciado unos cuantos cajones
y he llenado otros tantos renglones
y he soñado todas las noches
con algo que viva y algo que mate
algo que escuche y algo que mire
algo que escriba, algo que borre
algo en el viento, algo en la lluvia

algo de Vos, algo de Vos.

jueves, 18 de julio de 2013

Nostalgia de casa



NOSTALGIA DE CASA
Gilbert K. Chesterton

Uno, con aspecto de viajero, se me acercó y me dijo:
-¿Cuál es el recorrido más corto de un lugar al mismo lugar?
Tenía el sol de espaldas, de manera que su cara era ilegible.
-Quedarse quieto, naturalmente -dije.
-Eso no es un trayecto –replicó-. El trayecto más corto de un lugar al mismo lugar es la vuelta al mundo –y se fue.
White Wynd había nacido y crecido, se había casado y convertido en padre de familia en la Granja White junto al río. El río la rodeaba por tres lados como si fuera un castillo: en el cuarto estaban las cuadras y más allá la huerta y más allá un huerto de frutales y más allá una tapia y más allá un camino y más allá un pinar y más allá un trigal y más allá laderas que se juntaban con el cielo, y más allá… pero no vamos a enumerar el mundo entero, por mucho que nos tiente. White Wynd no había conocido más hogar que éste. Para él sus muros eran el mundo y su techo el cielo.
Por eso fue tan extraño lo que hizo.
En los últimos años apenas cruzaba la puerta. Y a medida que aumentaba su desidia le aumentaba el desasosiego: estaba a disgusto consigo mismo y con los demás. Se sentí, en cierta extraña manera, hastiado de cada instante y ávido del siguiente.
Se le había endurecido y agriado el corazón para con la esposa y los hijos a los que veía a diario, aunque eran cinco de los rostros más bondadosos del mundo. Recordaba, en destellos, los días de sudor y de lucha por el pan en que, al llegar a casa al atardecer, la paja de la techumbre ardía de oro como si hubiese ángeles allí. Pero lo recordaba como se recuerda un sueño.
Ahora le parecía que podía ver otros hogares, pero no el suyo. Éste era meramente una casa. El prosaísmo había  hecho presa en él: le había sellado los ojos y tapado los oídos.
Finalmente algo aconteció en su corazón: un volcán, un terremoto, un eclipse, un amanecer, un diluvio, un apocalipsis. Podríamos acumular palabras descomunales, pero no nos acercaríamos nunca.
Ochocientas veces había irrumpido la claridad del día en la cocina desnuda donde la pequeña familia se sentaba a desayunar al otro lado de la huerta. Y a la ochocientas una el padre se detuvo con la taza que estaba pasando en la mano.
-Ese trigal verde que se ve por la ventana –dijo soñolientamente- relumbra con el sol. No sé por qué…, me recuerda un campo que hay más allá de mi hogar.
-¿De tu hogar? –Chilló su esposa-. Tu hogar es éste.
White Wynd se levantó, y pareció que llenaba la estancia. Alargó la mano y cogió un  bastón. La alargó de nuevo y cogió un sombrero. De ambos objetos se levantaron nubes de polvo.
-Padre –exclamó un niño-, ¿a dónde vas?
-A casa –replicó.
-¿Qué quieres decir? Ésta es tu casa. ¿A qué casa vas?
-A la granja White junto al río.
-Es ésta.
Los estaba mirando tranquilamente cuando su hija mayor le vio la cara.
-¡Ah, se ha vuelto loco! –exclamó, y se cubrió la cara con las manos.
-Te pareces un poco a mi hija mayor –observó el padre con severidad-. Pero no tienes la mirada, no, no esa mirada que es una bienvenida después de una jornada de trabajo.
Señora –continuó volviéndose hacia su atónita esposa con ceremoniosa cortesía-, le agradezco su hospitalidad, pero me temo que he abusado de ella demasiado tiempo. Y mi casa…
-¡Padre, padre, por favor, respóndeme! ¿No es esta tu casa?
El anciano movió vagamente el bastón.
-Las vigas están llenas de telarañas y las paredes están manchadas de humedad. Las puertas me aprisionan, las vigas me aplastan. Hay mezquindades y disputas y resquemores ahí detrás de las rejas polvorientas en que he estado dormitando demasiado tiempo. Aunque el fuego brama y la puerta está abierta. Hay comida y ropa, agua y fuego y todas las artes y misterios del amor allá  en el fin del mundo, en la casa donde nací. Hay descanso para los pies cansados en el suelo alfombrado, y para el corazón hambriento en los rostros puros.
-¿Dónde, dónde?
-En la granja White junto al río.
Y traspuso la puerta, y el sol le dio en la cara.
Y los demás moradores de la Granja White permanecieron mirándose los unos a los otros.
White Wynd estaba detenido en el puente de troncos que cruzaba el río con el mundo a sus pies.
Y una fuerte ráfaga de viento vino  del otro límite del cielo (una tierra de oros pálidos y maravillosos) y lo alcanzó. Puede que algunos sepan lo que es para un hombre ese primer viento fuera de casa. A éste le pareció que Dios le había tirado del cabello hacia atrás y lo había besado en la frente.
Se había sentido hastiado de descansar, sin saber que el remedio entero estaba en el sol y el viento y en su propio cuerpo. Ahora casi creía que llevaba puestas  las botas de siete leguas.
Iba a casa. La Granja White estaba detrás de cada bosque y detrás de cada cadena de montañas. La buscó como buscamos todos el país de las hadas, en cada vuelta del camino. Únicamente en una dirección no la buscaba nunca, y era en la que, sólo mil yardas atrás, se levantaba la Granja White, con la techumbre de paja y las paredes encaladas brillando contra el azul ventoso de la mañana.
Observó las matas de diente de león y los grillos y se dio cuenta de que era gigantesco. Somos muy dados a considerarnos montañas. Lo mismo son todas las cosas infinitamente grandes e infinitamente pequeñas.
Se estiró como un crucificado en una inmensidad inabarcable.
-Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies que me has hecho fuertes y ligeros sobre Tus margaritas; otro por mi cabeza, que me has alzado y coronado sobre las cuatro esquinas de Tu cielo; otro por mi corazón, del que has hecho un coro de ángeles que cantan Tu gloria, y otro por esa perlada nubecilla de allá lejos sobre los pinos de la montaña.
Se sentía como Adán recién creado: de repente había heredado todas las cosas, incluidos los soles y las estrellas.
¿Habéis salido alguna vez a pasear?

*  *  *

El relato del viaje de White Wynd podría ser una epopeya. Se lo tragaron por las grandes ciudades y fue olvidado: pero salió por el otro lado. Trabajó en las canteras y en los muelles país tras país. Como un alma transmigrante, vivió una sucesión de existencias: una partida de vagabundos, una cuadrilla de obreros, una dotación de marineros, un grupo de pescadores, lo consideraron el último acontecimiento de sus vidas, el hombre alto y delgado de ojos como dos estrellas, las estrellas de un antiguo designio.
Pero jamás se apartó de la línea que circunda el globo.
Un atardecer dorado de verano, sin embargo, se topó con lo más extraño de todos sus viajes. Subía penosamente una loma oscura que lo ocultaba todo, como la misma cúpula de la tierra.
De pronto lo invadió un extraño sentimiento. Se volvió a mirar hacia la vasta extensión de hierba para ver si había alguna linde, porque se sentía como el que acaba de cruzar la frontera del país de los elfos. Con un carillón de pasiones nuevas repicándole en la cabeza, asaltado por recuerdos confusos, llegó a lo alto de la colina.
El sol poniente irradiaba un resplandor universal. Entre el hombre y él, allá abajo en los campos, había lo que parecía a sus ojos anegados una nube blanca, no, era un palacio de mármol. No, era la Granja White Wynd junto al río.
Había llegado al fin del mundo. Cada lugar de la tierra es principio o fin, según el corazón del hombre. Ésa es la ventaja de vivir en un esferoide achatado por los polos.
Estaba atardeciendo. La loma herbosa en la que estaba se volvió dorada. Tuvo la sensación de que se hallaba en medio de fuego en vez de hierba. Estaba tan quieto que los pájaros se posaron en su bastón.
Toda la tierra y su esplendor parecían celebrar el regreso al hogar del lunático. Los pájaros que volaban hacia sus nidos lo conocían, la Naturaleza misma estaba en su secreto: era el hombre que había ido de un lugar al mismo lugar.
Pero se poyaba con cansancio en su bastón. Entonces alzó la voz una vez más:
-Oh, Dios, creador mío y de todas las cosas, escucha cuatro cantos de alabanza. Uno por mis pies, por tenerlos doloridos y lentos, ahora que se acercan a la puerta; otro por mi cabeza, por tenerla inclinada y cubierta de canas, ahora que Tú la coronas con el sol; otro por mi corazón, porque le has enseñado con el dolor y la esperanza dilatada que es el camino lo que hace el hogar, y otro por esa margarita que hay a mis pies.
Descendió por la ladera y se adentró en el pinar. A través de los árboles pudo ver la roja y dorada puesta de sol posándose en los blancos edificios de la granja y en las verdes ramas de los manzanos. Ahora era su hogar. Pero no pudo serlo hasta que se fue de él y hubo regresado. Ahora él era el Hijo Pródigo.
Salió del pinar y cruzó el camino. Saltó la tapia baja y se metió por entre los frutales, atravesó el huerto y pasó los establos. Y en el patio empedrado vio a su esposa que sacaba agua.







"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)