"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

sábado, 28 de abril de 2012

Valparaíso, 2011... Una mañana fría, nublada, pero no tan triste...


Las cosas que no quiero hacer, son las que hago siempre..
las que quiero hacer, nunca me salen bien..

viernes, 27 de abril de 2012

Perdóname por ir así buscándote...




Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente, dentro

de ti.
Perdóname el dolor alguna vez.

Es que quiero sacar
 de ti tu mejor tú.

Ese que no te viste y que yo veo,
nadador por tu fondo, preciosísimo.

Y cogerlo
y tenerlo yo en lo alto como tiene
el árbol la luz última
que le ha encontrado al sol.
Y entonces tú
en su busca vendrías, a lo alto.

Para llegar a él
subida sobre ti, como te quiero,

tocando ya tan sólo a tu pasado
con las puntas rosadas de tus pies,

en tensión todo el cuerpo, ya ascendiendo
de ti a ti misma.

Y que a mi amor entonces le conteste
la nueva criatura que tú eras.


Pedro Salinas

miércoles, 25 de abril de 2012

Si me sujetas entre tus brazos..

                                      
"La iglesia está de bote en bote: el colegio en pleno. Todos apretujados alrededor de una silueta de madera brillante, que oculta su cuerpo, sus ojos apagados. La Beatrice que recuerdo ya no está y la que ahora se encuentra dentro de aquella caja de madera es otra Beatrice. Tal era el misterio de aquella cosa llamada muerte. Sin embargo, lo que he amado en ella y de ella no ha desaparecido. No se ha esfumado como un soplo demasiado veloz. Aprieto su diario entre mis manos como una segunda piel. La misa del funeral la celebra Gandalf. Una vez más. Explica el misterio de la muerte y habla de un tal Job al que Dios quitó todo y al que Job permaneció fiel, aunque tuvo el valor de reprochar a Dios su crueldad. 
—Y mientras Job grita entre lágrimas, Dios le dice: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Quién encerró con puertas el mar? ¿Has tú mandado a la mañana en tus días? ¿Has mostrado al alba su lugar? ¿Por ventura la lluvia tiene padre? ¿O quién engendró las gotas del rocío? ¿Quién preparó al cuervo su caza? ¿Por ventura vuela el gavilán por tu industria, extiende sus alas hacia el Mediodía? Házmelo saber si tienes inteligencia». 
 Se hace un silencio tras la lectura de Gandalf.
 —Como Job, hoy nosotros le gritamos a Dios nuestro enojo: no aceptamos lo que ha decidido hacer, no lo aceptamos, y eso es humano. Pero Dios nos pide que confiemos en él. Esta es la única solución al misterio del dolor y de la muerte: la confianza en su amor. Y esto es divino, un don divino. Y no ha de asustarnos nuestra imposibilidad de concedérsela ahora. Es más, tenemos que decírselo claramente: ¡no lo aceptamos!
 ¡Cuentos! No es solo que yo no confíe en Dios, sino que lo odio.
 Gandalf prosigue, impertérrito:
 —Pero nosotros tenemos la solución que no tuvo Job. ¿Sabéis qué hace el pelícano cuando sus crías pasan hambre y no tiene comida que darles? Se hiere el pecho con su largo pico y sus crías beben de aquella sangre nutricia que brota de su herida como de una fuente. Lo mismo que hace Cristo con nosotros, y por esa razón muchas veces se lo representa como un pelícano. Venció nuestra muerte de pequeños hambrientos de vida dando su sangre, su amor indestructible, por nosotros. Y lo que nos entregó es más fuerte que la muerte. Sin esta sangre morimos dos veces. 
 Se hace un silencio dentro de mí. Soy una piedra de dolor suspendida en el vacío del amor. Totalmente impermeable.
 —Solo este amor supera a la muerte. Quien lo recibe y lo da no muere, sino que nace dos veces. ¡Como ha hecho Beatrice...! 
 —Ahora invito a hablar a todo aquel que quiera recordarla. 
 Sigue un largo silencio embarazoso, luego me levanto, ante las miradas de todos. Gandalf sigue mis pasos con cierta aprensión. Teme que diga alguna tontería.
 —Quería solamente leer las últimas palabras del diario de Beatrice, palabras que ella me dijo y que yo transcribí.  Estoy convencido de que le hubiera gustado que todos los presentes las conocieran. 
 Mi voz se quiebra y bebo lágrimas incontenibles, pero aun así leo. 
 —«Querido Dios, hoy te escribe Leo, porque yo no puedo. Pero aunque me siento tan débil quiero decirte que no tengo miedo, porque sé que me cogerás entre tus brazos y me mecerás como a una niña recién nacida. Los medicamentos no me han curado, pero estoy feliz. Estoy feliz porque tengo un secreto contigo: el secreto para mirarte, el secreto para tocarte. Querido Dios, si me sujetas entre tus brazos la muerte ya no me da miedo.» 
 Alzo la vista y la iglesia me parece inundada por el mar Muerto de mis lágrimas, sobre el cual floto con una barca que Beatrice ha construido para mí. Me cruzo con los ojos de Silvia, que me está observando y con una sola mirada trata de consolarme. Bajo los ojos. Huyo del micrófono porque, a pesar de mi balsa de madera, yo también estoy a punto e hundirme entre mis lágrimas.
 Las últimas palabras que recuerdo son las de Gandalf: 
 —Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros... 
 También Dios derrocha su sangre: una lluvia infinita de amor rojosangre empapa el mundo cada día procurando darnos vida, pero seguimos más muertos que los muertos. Siempre me he preguntado por qué el amor y la sangre tienen el mismo color: ahora lo sé. ¡Todo es culpa de Dios! 
 Esa lluvia no me roza. Soy impermeable. Yo sigo muerto.

domingo, 22 de abril de 2012

Muerte, ¿Dónde está tu victoria?



          -No sabemos lo que es el alma –continuó el sacerdote-. No lo sabemos hasta que hayamos franqueado las puertas del más allá. Pero una cosa es segura: que el alma no existe del todo hasta que se ha salvado. Si pierdes tu alma, pierdes tu existencia. Podrás seguir viviendo, gozando de tus pasiones, recibiendo de la vida mil satisfacciones, mayores cada vez, puesto que habrás perdido tu alma. Pero eso importará poco: tú no vivirás, porque no lucharás. El alma es la fuerza de resistir. Muchos creen que viven porque toleran el mal. Se imaginan que el pecado es una invención de los pobres curas como yo; que la expiación es el coco, y el arrepentimiento, una forma de mala digestión. Se engañan, como se engañan al creerse libres porque han olvidado. Pero llega un día (que llega siempre, distinto de otros mil) en que Dios ofrece al pecador una posibilidad de salvación. Entonces es necesario oír su voz única, que no suena jamás dos veces. El que la oye está salvado. 
          -Salvado… -continuó con una voz tan apagada que Laura tuvo que inclinarse para oírle, y acabó sentándose a sus pies. Sintió la mano huesuda del anciano palpar su hombro, subir por el cuello y acariciar su cabellera, en donde se detuvo dulcemente-. Salvado…, que quiere decir que el alma ha vencido. Pero es necesario, repito, sentir el alma y luchar, quizá contra ella misma, para llegar a poseer toda la verdad. Yo no temo para ti ese combate, hija mía, pues creo que sabrás salir victoriosa de él. Pero con tu violencia y tu constante afán de rebeldía creo que te verás en graves peligros, y que la lucha será dura y encarnizada. No me preguntes cómo lo sé: tal vez Dios me lo ha hecho comprender para que lo sepas por mí. 

    Volvió a quedar silencioso y ensimismado. Aquel monólogo en voz baja resultaba algo casi fantástico, desconcertante y excitante a la vez. Laura deseaba que aquella voz dulce y suave continuara fluyendo mucho tiempo, para escucharla con pasión extraña. ¿Por qué no había visitado con más frecuencia al viejo canónigo? ¿Y por qué él no le habló nunca hasta ahora de aquella manera? ¿Sería que, en efecto, estaba seguro de que lo hacía por última vez y que un poder más alto expresaba por su boca? ¡Esto sería demasiado sorprendente y arrebatador! Laura sentía cómo una hoja de fuego que entraba en ella abría su pecho, rasgaba y abrasaba sus carnes. Sin embargo, la horrorosa herida dejaba penetrar en ella una dulzura inefable.

      -La única vida es ésta: la que nos proporciona nuestra lucha por nuestra alma: el combate contra el ángel. Los hombres de hoy desconocen esta verdad fundamental del hombre que se vence y se sobrepasa. Han barrido el pecado de su vida y de sus libros, y por eso han ido a parar a un arroyo fangoso, en el que sin saberlo se debaten y se hunden… Otro golpe de tos le estremeció violentamente. Cuando pasó sus manos temblaban y sus labios estaban secos y pálidos en su rostro terroso. “Tendré que marcharme”, se dijo Laura. Pero no tenía valor para dar por terminado aquel momento emocionante de su vida y partir. Volvió a llevar a los labios del enfermo el vaso de calmante. El abate lo bebió a sorbitos, como un niño. Cuando hubo terminado, Laura se incorporó, decidiéndose a decir con una dulce sonrisa: 
         
      -Bueno, querido monseñor: no tengo más remedio que dejarle. Está un poco fatigado… ya volveré a verle otro día.

       El sacerdote hizo un vago ademán con la mano.

        -No te olvides –murmuró-. Pero en todo caso, si te olvidas de ti misma, yo no te olvidaré. 

        Laura tomó su mano descarnada, la besó y salió apresuradamente, sin saber qué decir.

 Daniel-Rops

martes, 17 de abril de 2012

Tú dices...


You say a holy life still waits for me..

domingo, 15 de abril de 2012

Tus regalos...


"Sé bien que los libros, como los amigos, no se escogen libremente, sino que se imponen a nosotros por todo un conjunto de cosas insignificantes que los demás no ven y que, en cambio, aparecen llenas de sentido para aquellos a quienes se dirigen" Daniel-Rops. Muerte, ¿Dónde está tu victoria?

viernes, 13 de abril de 2012

Una dulce esperanza de felicidad...


Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.

Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. "El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros". Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.

Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.


Anton Chejov

domingo, 8 de abril de 2012

Hay días... (Varios días)...


"Pienso que has debido ser recibida a tu llegada por una carta desalentadora. ¡Qué quieres!, hay días en que quiero ser joven, alegre, simple, idílico y otros en que siento la necesidad de dejarme invadir por la grandeza de lo trágico y de la soledad de todo lo que pasa. Cuando estoy poseído de unos sentimientos, condeno a los otros, e inversamente; pero en el fondo los dos tipos son ricos, los dos necesarios. Mientras que no estemos en la luz hemos de resignarnos a esta pobre sucesión y estos eternos comienzos de Viernes Santo y de Pascua. Y a los amigos no debemos ocultarles los días del calvario, so pena de privarles de la mitad de nosotros mismos. Por esto te he descrito con tanta sencillez mi domingo." Mounier

jueves, 5 de abril de 2012

El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros


El estudiante
Anton Chejov

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada1 inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.

Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.

La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río

-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!

Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.

-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.

Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.
-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!
Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:

-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?

-Sí, fui.

-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió... Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban...
Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena... Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo...

El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.

Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella...

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.

Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. "El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros". Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.

Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.

FIN
"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)