"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

martes, 25 de noviembre de 2008

te llevo y te traigo...





Cristian: seguramente tu rostro también gritaba, grita y pide una explicación, un sentido... así tu rostro también decía "no me mates"...

desde hace un tiempo me lo venía diciendo Levinas: "el rostro del otro clama ese no matarás" "el rostro del otro es huella irrepresentable, es un modo del Infinito" y decía que el amor era esa promesa "tú no morirás"...así te queremos tus amigos...

toda la humanidad - la que aun nos queda- grita "no matarás"... y sin embargo...

no sé dónde estás amigo, pero te llevo... te llevo y te traigo aquí...si esto que "es" es el corazón. Como decía Péguy te llevamos: -así como a ese Otro- en los pliegues de nuestras ropas... y cuando esa música vuelva a sonar...

te quiero bien "Kangurito de la gorra", no permitas el olvido.


"Porque un joven ha muerto,
pido que me demuestren, una vez más, el valor de la vida,
antes de que este cielo de octubre me haga bajar los ojos hacia una tierra en ruinas (...).
Tú y yo lo conocíamos.
No tenía ni el deseo de morir, ni la necesidad, ni el deber de morir;
era como nosotros
o mejor que nosotros,
un hombre entre los hombres,
alguien que día a día hizo lo suyo: reflejar el mundo (...),
transfigurar el mundo".
(Lihn)

domingo, 9 de noviembre de 2008

¡he visto algo!


"Seguramente volveré otra vez a perderme, mientras que no me dé cuenta de lo que estoy predicando, o sea con que palabras y actos, porque no es fácil llevar al cabo esta tarea. Todo esto está perfectamente claro para mí, pero decidme: ¿quién no se ha perdido nunca? Todos nosotros estamos dirigidos hacia un punto muy claro, o por lo menos intentamos hacerlo, desde el hombre más sabio hasta el último de los criminales, sólo elegimos caminos diferentes. Esta es una vieja verdad, pero ahora hay algo nuevo: yo no puedo perderme del todo. Porque yo he visto la verdad, he visto y sé que los hombres pueden ser hermosos y felices sin perder la capacidad de vivir en la tierra. Yo no quiero y no puedo creer que el mal sea lo normal para los hombres. Desgraciadamente ellos no hacen más que reírse de esta fe mía. Pero ¿cómo puedo no creer en ella? Yo he visto la verdad, no me la he inventado, le he visto, la he visto, y su imagen viviente ha colmado mi corazón para siempre. La he visto en una integridad tan completa que no puedo creer que no exista. Entonces ¿cómo puedo perderme?. Me desviaré, claro, más de una vez, y puede que hable con palabras no mías, pero no por mucho tiempo: la imagen viva que yo he visto estará siempre en mí, a lo mejor reclamándome si es necesario, pero dirigiéndome siempre hacia el recto camino. Yo he visto con mis ojos, aunque no consiga contar bien lo que he visto" (F. Dostoevski)

...La cura había empezado...

estracto de "La travesía del amanecer" -"Las crónicas de Narnia" de C.S.Lewis

—Dispara no más —dijo Edmundo.
—Bueno, anoche me sentía más desdichado que nunca y esa maldita argolla me estaba lastimando como diablo...
—¿Estás bien ahora?
Eustaquio se rió, con una risa muy diferente a la que Edmundo le oyera antes, y se sacó fácilmente la pulsera de su brazo.
—Aquí está —dijo—, y por mi parte, al que le guste que se quede con ella.
Bueno, como te iba diciendo, yo estaba echado, despierto, y preguntándome qué diablos iría a ser de mí. De pronto... Pero, en realidad, puede que todo haya sido un sueño. Yo no sé.
—Sigue —dijo Edmundo con mucha paciencia. —Bueno, de todos modos, miré hacia arriba y vi lo último que habría esperado: un inmenso león se acercaba a mí lentamente. Y lo raro fue que anoche no había luna, pero había luz de luna donde estaba el león. Se me acercaba cada vez más. Yo le tenía mucho miedo. Seguramente pensarás que, siendo un dragón, fácilmente habría podido dejar fuera de combate a cualquier león. Pero no era esa clase de miedo. No temía que me fuera a comer, simplemente le tenía miedo a él... ¿Me entiendes? Bien, llegó muy cerca mío y me miró fijo a los ojos. Y yo cerré los ojos, bien apretados. Pero no sirvió de nada, porque él me dijo que lo siguiera.
—¿Quieres decir que te habló?
—No lo sé. Ahora que tú lo dices, no creo que lo hiciera. Pero de todas formas me lo dijo. Y yo sabía que tenía que hacer lo que me decía, así es que me puse de pie y lo seguí. Me llevó muy lejos por las montañas. Y siempre había ese claro de luna alrededor del león, dondequiera que fuera. Al final llegamos a la cumbre de una montaña que no había visto jamás, y en la cumbre de esa montaña había un jardín, árboles y frutas, y muchas cosas más. Al medio había una fuente. “Supe que era una fuente, porque vi las burbujas de agua que subían desde el fondo, pero era mucho más grande que la mayoría de las fuentes, como un gran baño redondo, con escalinata de mármol que bajaba al fondo. El agua era tremendamente
clara; pensé que si me metía adentro y me bañaba, se calmaría el dolor de mi pata. Pero el león me dijo que antes tenía que desvestirme. La verdad es que no tengo la menor idea si dijo alguna palabra en alta voz o no.
“Estaba a punto de decir que no podía desvestirme, porque no llevaba ropa,
cuando me acordé de que los dragones son una especie de serpientes y que las serpientes botan la piel. ¡Oh!, claro, pensé, eso es lo que el león quiere decir. Y empecé a rascarme, y mis escamas empezaron a caer por todas partes; entonces me rasqué un poco más fuerte y, en vez de ser sólo escamas las que caían por aquí y por allá, toda mi piel comenzó a despellejarse maravillosamente, como ocurre después de una
enfermedad, o como si yo fuera un plátano. En un par de minutos simplemente me salí de ella. La pude ver tirada detrás de mí, con un aspecto bastante desagradable. Fue una sensación muy deliciosa. Entonces empecé a bajar a la fuente, para darme un baño. Pero apenas iba a poner mi pie en el agua, miré hacia abajo y vi que estaba tan duro, áspero,
arrugado y escamoso como antes. Está bien —me dije—. Quiere decir que tengo puesta otra vestimenta más ligera bajo la primera, y que también debo sacármela. Así es que comencé a rascarme y a desgarrar esta segunda piel, que se soltó a las mil maravillas, y salí de ella y la dejé tirada al lado de la otra y bajé al pozo para darme mi baño.
“Pero ocurrió exactamente lo mismo. Me dije: 'Ay, Dios mío, ¿cuántas pieles más tendré que sacarme?' Ansiaba bañar mi pata. Me rasqué, pues, por tercera vez, y me saqué una tercera piel tal como las dos anteriores, y salí fuera de ella. Pero apenas me vi en el agua, comprendí que no había servido de nada.
“Entonces el león me dijo, pero no sé si me habló o no: Tendrás que dejar que te desvista yo.

“No te puedo decir el miedo que me daban sus garras, pero ya estaba al borde de la desesperación; así es que simplemente me tendí de espaldas, para dejar que él me desvistiera.
“El primer desgarrón que hizo fue tan profundo, que pensé que había ido directo a mi corazón. Y cuando empezó a arrancarme la piel, sentí el dolor más grande que he tenido en toda mi vida. Lo único que me dio valor para aguantar fue el placer de sentir cómo se despellejaba esa cosa. Tú sabes..., si alguna vez te has sacado la costra de una herida. Duele como diablo, pero es tan divertido ver como sale.
—Entiendo perfectamente lo que quieres decir —dijo Edmundo.
—Bueno —continuó Eustaquio—, entonces el león me sacó esa maldita cosa por completo, tal como yo creía haberme arrancado las otras tres, sólo que ésas no me dolieron, y allí quedó tirada en el pasto, pero mucho más gruesa, más oscura y nudosa que las pieles anteriores. Y allí estaba yo, tan terso y suave como una varilla pelada, y más bajo que antes. Entonces el león me agarró, lo que no me gustó mucho, porque estaba muy delicado por dentro ahora que no tenía una piel encima, y me lanzó al agua. Me ardió muchísimo, pero sólo un momento. Después el agua se volvió deliciosa, y en cuanto empecé a nadar y a chapotear, me di cuenta de que el dolor de mi brazo había desaparecido. Y luego vi por qué. Había vuelto a ser un niño. Seguramente pensarás que soy un farsante si te digo lo que me parecían mis propios brazos. Yo sé que no son musculosos y que dejan bastante que desear si los comparas con los de Caspian, pero estaba tan contento de verlos... Después de un momento el león me sacó del agua y me vistió...
—¿Te vistió? ¿Con sus patas?
—Bueno, no me acuerdo muy bien de esa parte. Pero de una forma u otra lo hizo y con ropa nueva; en realidad, la misma que llevó puesta ahora. Y de repente me encontré de vuelta aquí, lo que me hace pensar que todo ha sido un sueño.
— No, no fue un sueño —dijo Edmundo.
—¿Por qué no?
—Bueno, en primer lugar está la ropa y, en seguida, porque has sido
desdragonado.
—¿Qué crees que pasó entonces? —dijo Eustaquio. —Creo que has visto a Aslan
—respondió Edmundo.
—¡Aslan! —dijo Eustaquio—. Muchas veces he oído mencionar ese nombre
desde que nos embarcamos en el Explorador del Amanecer, y yo sentía, no sé por qué,
que lo odiaba. Pero entonces yo odiaba todo. Y a propósito, quisiera disculparme, porque me temo que he sido lo más bruto que hay.
—No importa —dijo Edmundo—. Entre nosotros, te diré que no te has portado tan mal como me porté yo en nuestro primer viaje a Narnia. Tú sólo fuiste un burro; en cambio yo fui un traidor.
—Bueno, mejor no me lo cuentes entonces —replicó Eustaquio—, pero dime, ¿quién es Aslan? ¿Lo conoces?
—Bueno..., él me conoce a mí —dijo Edmundo—. Es el Gran León, el hijo del Emperador de Más Allá de los Mares, que me salvó a mí y salvó a Narnia. Todos lo hemos visto, pero Lucía lo ve más a menudo. Y tal vez es al país de Aslan a donde navegamos ahora.

Sería acertado, y casi, casi la verdad, decir que “desde ese momento en adelante, Eustaquio fue un niño diferente”. Para ser realmente precisos, comenzó a ser un niño diferente. Tuvo sus recaídas, y aun había muchos días en que se ponía muy pesado. Pero no haré caso de estas cosas. La cura había empezado.

viernes, 7 de noviembre de 2008

"¿Oyes el viento?... Sopla de donde quiere"


Señor, pensaba arrodillado, ahora ya no dudo. Sé que eres el Hijo de Dios y Dios tú mismo. Sólo Dios podía resucitar y subir a los cielos. Pero después de mostrarnos tu divinidad, te has ido. Has estado entre nosotros, invisible, llenándonos de una alegría ultraterrena. Luego, por un momento brillaste, como aquél ídolo pagano que apartó por un instante el paño que cubría la cara radiante: brillaste para volver a desaparecer. Y de nuevo no estás, como tampoco estuviste en aquellas dos inacabables noches. ¿Qué nos ha quedado de ti? Solo unos recuerdos… ¿y qué son los recuerdos? ¿Se puede alimentar con ellos el corazón? La vida es un constante ir hacia delante. Bueno o malo, su fin está siempre ante nosotros. Además, tengo tan pocos recuerdos… a un hombre como yo no le bastan los recuerdos. ¿Con qué fin nos descubriste tu divino amor, si luego todo tenia que volver a ser como antes? Jesús, Señor de grandeza –seguía rezando-, has vencido a la muerte, pero no la has vencido en nosotros. Seguimos siendo un continuo morir. El hombre no está crecido a la estatura de Dios. Cuando te marchaste, los que siempre habían estado contigo, se abalanzaron sobre la piedra en que quedó la huella de tus plantas y comenzaron a besarla. Para ellos, que amaban tanto y te eran fieles, les basta una huella. Son tan ingenuos que imaginan poder llenarse con esto la vida. Pero yo no soy ingenuo. Y, además, creo que no te he amado. Te admiraba, te esperaba, y ahora creo en ti; pero no me está permitido decirte que te amo. Me has sacudido como un huracán sacude una casa; me has arrancado de los cimientos y has vuelto a colocarme en ellos; pero de un modo tan diferente que no puedo volver a sentirme el mismo de antes. Estoy inquieto, con la inquietud de la insatisfacción… necesito sentirte… el hombre, en su soledad, necesita tocar a alguien. Busca en torno suyo a un amigo, a una mujer, incluso a un perro. Quiere tener junto a sí a un ser viviente. Aunque sabe que esto es solo una ilusión, puesto que hasta el mejor amigo no lo comprenderá del todo, la mujer querrá, a su vez, que se la consuele y comparta su tristeza, el perro se marchará atraído por el ladrido de otro perro. Pero a mí no me quedan ni esta clase de ilusiones. ¡Rut ha muerto, José ha muerto…! ¡Y a ti no puedo tocarte!
Ellos son felices. Los elegiste y has llenado sus pequeñas vidas. A mí no me has elegido. He acudido a ti solo. Llamé tímidamente a tu puerta de noche. Soplaba un viento que aparecía súbitamente, duraba un corto tiempo, luego disminuía y desaparecía no sé dónde. Las ramas de los árboles se agitaban inquietas. Dicen que el viento hace crecer más de prisa lo árboles, que incluso el trigo se vuelve más fuerte cuando lo mece la brisa del mar Grande… tú también hablaste de él entonces. “¿Oyes este viento? –preguntaste-. Sopla de donde quiere”. Muchas veces, luego, he recordado tus palabras. He esperado la ráfaga proveniente de ti. La he esperado, pero no he sabido darte nada. Me avine a acoger tu cruz. Pero aquello fueron solo palabras. No hice como ellos, que abandonaron sus casas y todo lo suyo. Te recibí solo con la mitad de mi corazón. ¡Si me hubieras dicho algo! Soy una persona que necesita palabras claras e inteligibles. Una llamada. Una orden. Hasta el final no he sabido si me querías realmente y qué es lo que querías de mí. Me parecía que tu deseo era que escribiera una hagadá sobre ti. Pero ahora creo que también esto lo deseo sólo para mí. ¡Y de nuevo veo que no te amo!


Cartas de Nicodemo de Dobraczynski
"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)