"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

viernes, 26 de junio de 2009

Un desafío a la razón. Camino a "Perelandra"


"Este ha sido un tiempo muy estimulante y antes o después se conocerá el significado de nuestro estar juntos" decían también los amigos de la Rosa Blanca, yo con ustedes digo lo mismo y cada vez más, porque es distinto recorrer el camino que conduce hacia la Patria de la Paz que simplemente observarlo... verificación... así como el camino que hace Ramson a "Perelandra". estoy en un periodo de trabajo en la U, pero como dice mi gran amigo Juanjo, vuelvo a comer primero el postre... así que me encuentro ya en la segunda parte de esta hermosa trilogía escrita por un testigo, C. S. Lewis, y me reconozco en su personaje; es cierto que todo cambia a la luz de la experiencia, de un gran encuentro... un padre nos habla desde la experiencia, no nos da un discurso, nos acompaña en la vida, propone, nos incerta en el sentido de la vida, nos cuenta por qué vale la pena vivir... ¡mírame! . Una semana de grandes encuentros...

"En la experiencia de un gran Amor todo se vuelve acontecimiento" (Guardini)... ha sido un acontecimiento conocerlo, a la luz de este gran Amor.

Al profesor y sin duda padre, Aníbal F.

un abrazo, Valeska




en el capítulo uno de "Perelandra"

"Este es un camino largo, triste" pensé. "Gracias a Dios no tengo que cargar con nada." Y entonces, con un respingo de comprensión, recordé que debería estar llevando una mochila, con las cosas para pasar la noche. Maldije para mis adentros. Debía haberla dejado en el tren. ¿Querrán creerme si les digo que tuve el impulso inmediato de volver a la estación y "hacer algo al respecto"? Como es lógico no había nada que no pudiera hacerse igualmente bien llamando desde la casa de mi amigo. El tren, junto con la mochila, debía encontrarse para entonces a unos cuantos kilómetros.
Ahora lo comprendo con la misma claridad que ustedes. Pero en aquel momento me parecía obvio que debía volver sobre mis pasos y hasta había empezado a hacerlo antes de que la razón o la conciencia despertara y me hiciera avanzar otra vez trabajosamente. Al hacerlo descubrí con mayor claridad que antes qué pocos deseos de seguir tenía. Era una tarea tan difícil que sentí como si caminara contra el viento; pero en realidad se trataba de una de esas tardes inmóviles, muertas, en las que no se mueve ni una hoja y empezaba a alzarse un poco de niebla.
Cuanto más avanzaba, más imposible me resultaba pensar en otra cosa que no fueran los eldila. Después de todo, ¿qué era lo que Ransom sabía realmente sobre ellos? Según sus propias palabras, aquellos con los que se había encontrado no solían visitar nuestro planeta... habían comenzado a hacerlo después de su regreso de Marte. Teníamos eldila propios, dijo, eldila telúricos, pero eran de un tipo distinto y casi siempre hostiles al hombre. En realidad, era por eso por lo que nuestro mundo estaba incomunicado con los demás planetas. Ransom nos describía como si estuviéramos asediados, como si fuéramos, en realidad, un territorio ocupado por el enemigo, dominado por los eldila que estaban en guerra tanto con nosotros como con los eldila del "Cielo Profundo" o "espacio". Del mismo modo que las bacterias en el nivel microscópico, estos nocivos cohabitantes del nivel macroscópico saturan toda nuestra vida en forma invisible y son la verdadera explicación de esa curva fatal que constituye la lección básica de la historia. Si todo eso fuera cierto, entonces, naturalmente, deberíamos regocijarnos del hecho de que eldila de mejor especie hubieran roto al fin la frontera (que, según afirman, está en la órbita de la Luna) y empezaran a visitarnos. Siempre suponiendo que lo que Ransom decía fuese correcto.
Se me ocurrió una idea detestable. ¿Acaso Ransom no podía ser un incauto? Si algo del espacio exterior estuviera tratando de invadir nuestro planeta, ¿qué mejor pantalla de humo podría levantar, justamente, que la historia de Ransom? ¿Había la menor evidencia, después de todo, de que existieran los supuestos eldila maléficos sobre la tierra? ¿Y si mi amigo fuera el puente involuntario, el Caballo de Troya mediante el cual un posible invasor estuviera desembarcando sobre Tellus, la Tierra? Y una vez más, como cuando había descubierto que no llevaba la mochila, me asaltó «1 impulso de no seguir adelante. "Regresa, regresa" me susurraba. "Envíale un telegrama, dile que estás enfermo, que vendrás en otra ocasión ... cualquier cosa." La fuerza de este sentimiento me asombró. Me quedé inmóvil durante unos instantes, diciéndome que no debía ser tan tonto, y cuando al fin reanudé la marcha iba preguntándome si aquello no podía ser el principio de una crisis nerviosa. No se me acababa de ocurrir la idea cuando se convirtió en un nuevo motivo para no visitar a Ransom. Obviamente no estaba en condiciones para "negocios" tan arriesgados como aquellos a los que se refería casi con seguridad el telegrama. No estaba en condiciones ni siquiera de pasar un fin de semana normal lejos de casa. La única conducta sensata era volver de inmediato y quedarme seguro en casa, antes de perder la memoria o volverme histérico y ponerme en manos de un médico. Seguir era una completa locura.
Ahora estaba llegando al fin del brezal y bajaba una pequeña colina, con un matorral a la izquierda y varios edificios industriales aparentemente abandonados a la derecha. En la zona más baja la niebla vespertina era un poco más densa. "Lo llaman crisis al principio" pensé. ¿No había una enfermedad mental en la que los objetos comunes le parecían al paciente increíblemente ominosos?... ¿Le parecían, en verdad, lo que me parecía la fábrica abandonada en aquel momento? Grandes formas bulbosas de cemento, extraños espectros de ladrillo, me miraban ceñudos por encima de la hierba seca y achaparrada, sembrada de charcos grises como marcas de viruela y cortada por los restos de un ferrocarril de trocha angosta. Recordé cosas que Ransom había visto en aquel otro mundo: sólo que allí eran personas. Gigantes largos como agujas a los que él llamaba sorns. Lo que empeoraba las cosas era que Ransom los consideraba buena gente: en realidad, mucho mejores que nuestra propia raza. ¡Estaba aliado con ellos! ¿Cómo sabía yo si Ransom era un incauto? Podía ser algo peor... y una vez más me detuve.
Como no conoce a Ransom, el lector no entenderá lo contraria que era la idea a toda razón. La parte racional de mi mente, incluso en ese momento, sabía muy bien que aunque el universo entero fuera loco y hostil, Ransom era cuerdo y saludable y honesto. Y fue esa parte la que al fin me hizo seguir adelante... pero con una resistencia y una dificultad que apenas puedo expresar en palabras. Lo que me permitía continuar era el conocimiento (oculto muy dentro de mí) de que con cada paso me acercaba al único amigo: pero sentía que me acercaba al único enemigo: el traidor, el brujo, el hombre aliado a "ellos"... metiéndome en la trampa con los ojos abiertos, como un tonto. "Al principio lo llaman crisis" decía mi mente, "y te envían a un sanatorio particular; más tarde te trasladan a un manicomio."
(...)
Seguí a los tumbos en el frío y la oscuridad, ya convencido a medias de que debía estar entrando en lo que llaman demencia. Pero mi opinión sobre la cordura cambiaba a cada instante. ¿Había sido alguna vez algo más que una convención... un cómodo par de anteojeras, un modo acordado de tomar los deseos por la realidad, que excluía de nuestra visión la completa extrañeza y malevolencia del universo que nos vemos obligados a habitar? Las cosas que había empezado a conocer durante los últimos meses de la relación con Ransom superaban ya lo que la "cordura" puede admitir; pero yo había ido demasiado lejos como para desecharlas como irreales. Dudaba de la interpretación que Ransom les daba, o de su buena fe. No dudaba de la existencia de lo que él había encontrado en Marte —los pfifltriggi, los jrossa y los sorns— ni de los eldila interplanetarios. Ni siquiera dudaba de la realidad del ser misterioso a quien los eldila llaman Maleldil y a quien parecen rendir una obediencia total, superior a la que pueda obtener cualquier dictador terrestre. Sabía con qué relacionaba Ransom a Maleldil
C.S.Lewis. Perelandra.

martes, 16 de junio de 2009

¿Y si me duermo, quién me dará la Luna?


por qué sigo? si busco la Luna, si busco el "imposible" por qué sigo?

¿será que el "imposible" existe? será que ya algo se ha entregado... "ya y no todavía"

sí, tu Pobreza y tu Belleza llenaron el otoño de regalos, por eso sigo... porque mi corazón está inquieto... no sólo por tu ausencia, sino porque: ¡Había la Luna!



Albert Camus. "Caligula". Acto I, escena IV.


Caligula, emperador romano, vuelve después de haber desaparecido por un largo periodo de tiempo. Y dialoga con un confidente suyo, Helicón.


Helicon: Buenos días, Cayo.
Caligula: Buenos días, Helicón.
Helicón: Pareces cansado.
Caligula: He caminado mucho.
Helicón: Si, tu ausencia se ha prolongado mucho.
Caligula: No era fácil encontrarlo..
Helicón: ¿El que?
Caligula: Lo que yo quería.
Helicón: ¿Y que es lo que querías?
Caligula: La luna.
Helicón: ¿Qué?
Caligula: Sí, quería la luna.
Helicón: ¡Ah! ¿Y para qué?
Caligula: Bueno, es una de la cosas que no tengo.
Helicón: Claro. Y ahora, ¿todo solucionado?
Caligula: No, no he podido conseguirla.
Helicón: ¡Que lastima!
Caligula: Si, por eso estoy tan cansado. ¡ Helicón!
Helicón: Dime, Cayo.
Caligula: Piensas que estoy loco, ¿no?
Helicón: De sobra sabes que yo no pienso nunca. Soy demasiado inteligente para pensar.
Caligula: Ya. Bueno. Pero yo no estoy loco, y aun más: nunca he sido tan razonable como ahora. Simplemente sentí en mi, de pronto, la necesidad de lo imposible. Las cosas, tal como son, no me parecen satisfactorias.
Helicón: Es una opinión bastante extendida.
Caligula: Es cierto. Pero antes no lo sabia. Ahora lo sé. El mundo, tal como esta hecho, no es soportable. Por eso necesito la luna, o la felicidad, o la inmortalidad, en definitiva, algo que quizás sea insensato, pero que no sea de este mundo.
Helicón: Es un razonamiento que se tiene en pie. Pero, en general, no es posible sostenerlo hasta el fondo [no puede llevarse hasta sus últimas consecuencias].
Caligula: Qué sabrás tú. Nunca se consigue nada precisamente porque nunca se va hasta el final. Pero quizás baste con permanecer siendo lógicos hasta el fondo. Y sé lo que estas pensando: cuantas complicaciones por la muerte de una mujer de la que estaba enamorado. Pero no, no es eso. Creo recordar, es cierto, que hace unos días murió una mujer a la que yo amaba. Pero, ¿qué es el amor? Poca cosa. Esta muerte no supone nada para mí, te lo juro; sól es una señal de una verdad, una verdad que me hace necesaria la luna. Es una verdad sumamente clara y sencilla, un poco estúpida para ti, cuesta descubrirla y tamvién sobrellevarla.
Helicón: Y, ¿cuál es esa verdad, mi emperador?
Caligula: ¡Que los hombres mueren y no son felices!
Helicón: Vamos, Cayo, es una verdad a la que podemos acomodarnos muy fácilmente. Mira a tu alrededor. Eso no impide a los hombres comer y bailar.
Caligula: Entonces es que todo lo que me rodea es pura mentira, estos hombres viven todos en la mentira, y yo quiero que se viva en la verdad; por que sé lo que les falta, Helicón. Están privados del conocimiento y carecen de un maestro que sepa de lo que habla.
Helicón: No te ofendas, Cayo, por lo que voy a decirte. Pero, ante todo, deberías reposar; estas cansado.
Caligula: No es posible Helicón, nunca más podé descansar.
Helicón: Y, ¿ por qué no?
Caligula: Si duermo, ¿quién me dará la luna?
Helicón: Eso es verdad.
Caligula: Escucha, Helicón, oigo pasos y rumor de voces [son los que conspiran contra él]. Guarda silencio y olvida que me has visto.
Helicón: Comprendo.
Caligula: Y te lo ruego; en adelante, ayúdame.
Helicón: No tengo motivos para no hacerlo, Cayo. Pero yo sé muchas cosas y hay pocas que me interesen. ¿En qué, pues, puedo ayudarte?
Caligula: En lo imposible.
Helicón: Haré lo que esté en mi mano [haré lo que pueda].

la misma nave


qué grito el de un corazón tocado por la realidad, la razón ligada al afecto es razón, deja de ser abstracción o ideología, porque el afecto es el amor por la Verdad, partir de la experiencia por amor al presente (don), y esto es lo que permite entrar y vivir en la realidad, estar "vivos", nos lo recuerda aun don Giuss, hasta el dolor del hijo o el amigo que ha muerto...porque pareciera ser de lo que queremos huir constemente, porque no tenemos certeza de que haya algo o alguien que responda, que sea más grande que este dolor... nos tapamos la cara ante el dolor, huimos del rostro, nos hacemos los tontos, o huimos... o grito más fuerte para que si hay alguien, que responda...Warnken el intelectual? Warnken el hombre que llora y grita por el hijo muerto...si Dios no existe está todo permitido, hasta hacer la vista gorda...no podemos hacer un juicio... pero si existe, si existe hay que arrojarse, como el mendigo, para que salve "esto", esta relación que ha hecho ranacer, la que ha tomado mi barro. "Un pedazo de nosotros mismos está siendo identificado ahora, material genético de nuestra identidad más escondida y remota, esa de la que huimos como niños egoístas que se llevan la pelota para la casa. Hasta que descubrimos -como descubren los niños- que no se puede jugar solos, ni llorar solos, ni reír solos. Y entonces entramos otra vez al avión que cae y abrazamos al pasajero que está al lado nuestro y le decimos "no te mueras". " pro-vocación...verificación...

un saludo, Vale


Cristián Warnken

Jueves 11 de Junio de 2009

Caja negra


¡Qué soledad la de los 228 pasajeros que murieron en pleno vuelo, en el Atlántico! ¿Qué pensaron, qué sintieron en el minuto final? ¿Supo el capitán que todo estaba perdido, y que él se convertiría en un pasajero más de un avión rumbo al abismo? ¿Están solos, irredimiblemente solos los que mueren, los que están muriendo en este mismo instante en que escribo?

Creemos que una infranqueable y cómoda distancia nos separa de los que mueren todos los días y cuyos nombres y fotografías aparecen en las portadas o en los obituarios de los diarios. Observamos desde nuestra condición de voyeristas el desfile interminable de la morgue del mundo. Tomamos palco ante la muerte de los otros. Los que nos salvamos -por ahora- de que la muerte (oh, mar sin fondo) llegue a nuestra orilla, creemos ser parte de una inmensa mayoría inmune a la nada. Pero los vivos somos menos que los muertos, siempre seremos menos, siempre. Más son los que han cruzado la delgada línea que los que permanecemos aquí, en esta sala de espera convertida en salón de fiestas de disfraces. Se baila, con la máscara aferrada al rostro, con el puño apretado a una cédula de identidad (un puñado de hierbas secas en la mano de un niño). Se celebra como celebran los condenados a muerte, pero sin saber que vamos a morir. Nadie cree que éste será el último cigarro, la última copa. Qué absurdo, qué comedia tan torpe: no querer saber la verdad, y esconderse de la muerte así, agazapados al final del pasillo, mientras el avión cae... Sí, porque el avión está cayendo, y no deja de caer, nave pesada e inútil a merced del aire. Y todos vamos dentro de la misma nave, no hay pasajeros de primera ni de segunda, y caeremos y seguiremos cayendo en caída libre, y nos hundiremos con nuestra pobre máscara al fondo del mar.

Y cuando descubran nuestra caja negra -si la descubren-, ella dirá la única verdad de este viaje incierto: que debimos habernos por lo menos mirado un segundo a la cara antes de caer, para descubrir que tú eras yo, y ella él. Qué tarde para descubrirlo, cuando es el rostro de la muerte el que acapara nuestra última mirada. Cuando la muerte nos devore los ojos, lamentaremos habernos aferrado al contorno nítido e ilusorio de nuestras islas. Y descubriremos tarde que no éramos islas, sino archipiélagos, rodeados de mar, de un inmenso mar. Maldito sea el día en que nos convencimos de que éramos "individuos". Maldito el día en que levantamos muros insomnes para no soñar con los otros. Maldito el día que olvidamos el útero común del que venimos -la nada o lo desconocido- y la mortaja final que nos espera: la fosa común del universo. Maldito el día en que dejamos de ser polvo de estrellas para aislarnos en nuestros precarios planetas personales.Los restos que el mar está devolviendo en estos días no son los restos de los "otros", son nuestros propios restos. Sangre de nuestra sangre, huesos, húmeros nuestros. Un pedazo de nosotros mismos está siendo identificado ahora, material genético de nuestra identidad más escondida y remota, esa de la que huimos como niños egoístas que se llevan la pelota para la casa. Hasta que descubrimos -como descubren los niños- que no se puede jugar solos, ni llorar solos, ni reír solos. Y entonces entramos otra vez al avión que cae y abrazamos al pasajero que está al lado nuestro y le decimos "no te mueras". Por favor, no te mueras. No te mueras, porque si te mueres, yo soy hombre muerto.Porque yo soy tú y tú eres yo, y eso es lo único que nos fue dado saber en este baile de máscaras. Y el primer hombre que se arranque la máscara de cuajo y rompa el guión, se dará cuenta de que le crecieron alas en la espalda y volará, y dejará de caer, y no le quemará el sol las alas, y en el espejo flotante de las olas descubrirá que su rostro está hecho de los miles de rostros que hemos perdido en el mar. Y el mar será una inmensa caja negra abierta.
"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)