"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

martes, 16 de junio de 2009

la misma nave


qué grito el de un corazón tocado por la realidad, la razón ligada al afecto es razón, deja de ser abstracción o ideología, porque el afecto es el amor por la Verdad, partir de la experiencia por amor al presente (don), y esto es lo que permite entrar y vivir en la realidad, estar "vivos", nos lo recuerda aun don Giuss, hasta el dolor del hijo o el amigo que ha muerto...porque pareciera ser de lo que queremos huir constemente, porque no tenemos certeza de que haya algo o alguien que responda, que sea más grande que este dolor... nos tapamos la cara ante el dolor, huimos del rostro, nos hacemos los tontos, o huimos... o grito más fuerte para que si hay alguien, que responda...Warnken el intelectual? Warnken el hombre que llora y grita por el hijo muerto...si Dios no existe está todo permitido, hasta hacer la vista gorda...no podemos hacer un juicio... pero si existe, si existe hay que arrojarse, como el mendigo, para que salve "esto", esta relación que ha hecho ranacer, la que ha tomado mi barro. "Un pedazo de nosotros mismos está siendo identificado ahora, material genético de nuestra identidad más escondida y remota, esa de la que huimos como niños egoístas que se llevan la pelota para la casa. Hasta que descubrimos -como descubren los niños- que no se puede jugar solos, ni llorar solos, ni reír solos. Y entonces entramos otra vez al avión que cae y abrazamos al pasajero que está al lado nuestro y le decimos "no te mueras". " pro-vocación...verificación...

un saludo, Vale


Cristián Warnken

Jueves 11 de Junio de 2009

Caja negra


¡Qué soledad la de los 228 pasajeros que murieron en pleno vuelo, en el Atlántico! ¿Qué pensaron, qué sintieron en el minuto final? ¿Supo el capitán que todo estaba perdido, y que él se convertiría en un pasajero más de un avión rumbo al abismo? ¿Están solos, irredimiblemente solos los que mueren, los que están muriendo en este mismo instante en que escribo?

Creemos que una infranqueable y cómoda distancia nos separa de los que mueren todos los días y cuyos nombres y fotografías aparecen en las portadas o en los obituarios de los diarios. Observamos desde nuestra condición de voyeristas el desfile interminable de la morgue del mundo. Tomamos palco ante la muerte de los otros. Los que nos salvamos -por ahora- de que la muerte (oh, mar sin fondo) llegue a nuestra orilla, creemos ser parte de una inmensa mayoría inmune a la nada. Pero los vivos somos menos que los muertos, siempre seremos menos, siempre. Más son los que han cruzado la delgada línea que los que permanecemos aquí, en esta sala de espera convertida en salón de fiestas de disfraces. Se baila, con la máscara aferrada al rostro, con el puño apretado a una cédula de identidad (un puñado de hierbas secas en la mano de un niño). Se celebra como celebran los condenados a muerte, pero sin saber que vamos a morir. Nadie cree que éste será el último cigarro, la última copa. Qué absurdo, qué comedia tan torpe: no querer saber la verdad, y esconderse de la muerte así, agazapados al final del pasillo, mientras el avión cae... Sí, porque el avión está cayendo, y no deja de caer, nave pesada e inútil a merced del aire. Y todos vamos dentro de la misma nave, no hay pasajeros de primera ni de segunda, y caeremos y seguiremos cayendo en caída libre, y nos hundiremos con nuestra pobre máscara al fondo del mar.

Y cuando descubran nuestra caja negra -si la descubren-, ella dirá la única verdad de este viaje incierto: que debimos habernos por lo menos mirado un segundo a la cara antes de caer, para descubrir que tú eras yo, y ella él. Qué tarde para descubrirlo, cuando es el rostro de la muerte el que acapara nuestra última mirada. Cuando la muerte nos devore los ojos, lamentaremos habernos aferrado al contorno nítido e ilusorio de nuestras islas. Y descubriremos tarde que no éramos islas, sino archipiélagos, rodeados de mar, de un inmenso mar. Maldito sea el día en que nos convencimos de que éramos "individuos". Maldito el día en que levantamos muros insomnes para no soñar con los otros. Maldito el día que olvidamos el útero común del que venimos -la nada o lo desconocido- y la mortaja final que nos espera: la fosa común del universo. Maldito el día en que dejamos de ser polvo de estrellas para aislarnos en nuestros precarios planetas personales.Los restos que el mar está devolviendo en estos días no son los restos de los "otros", son nuestros propios restos. Sangre de nuestra sangre, huesos, húmeros nuestros. Un pedazo de nosotros mismos está siendo identificado ahora, material genético de nuestra identidad más escondida y remota, esa de la que huimos como niños egoístas que se llevan la pelota para la casa. Hasta que descubrimos -como descubren los niños- que no se puede jugar solos, ni llorar solos, ni reír solos. Y entonces entramos otra vez al avión que cae y abrazamos al pasajero que está al lado nuestro y le decimos "no te mueras". Por favor, no te mueras. No te mueras, porque si te mueres, yo soy hombre muerto.Porque yo soy tú y tú eres yo, y eso es lo único que nos fue dado saber en este baile de máscaras. Y el primer hombre que se arranque la máscara de cuajo y rompa el guión, se dará cuenta de que le crecieron alas en la espalda y volará, y dejará de caer, y no le quemará el sol las alas, y en el espejo flotante de las olas descubrirá que su rostro está hecho de los miles de rostros que hemos perdido en el mar. Y el mar será una inmensa caja negra abierta.

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"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)