"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

jueves, 21 de junio de 2012

¡SI ESTO ES VERDAD LO CAMBIA TODO, TODO!


Domingo por la tarde... el espectáculo del Cielo y la Cordillera!
(Caminando con Feña hacia la casa de Bárbara para ir al Meeting point)

Qué grandes son estos hombres! En El espíritu de la Filosofía medieval, de E. Gilson:

«Toda actividad creada se refiere esencial y necesariamente a Dios como a su fin. Lo que está hecho para Dios, por el solo hecho de que obra, tiende espontáneamente hacia Dios en virtud de una ley inscrita en la substancia misma de su ser. Puede que lo que así persigue al fin supremo le persiga sin saberlo; hasta es naturalmente el caso de todos los seres que no están dotados de conocimiento intelectual y no pueden, ya sea conocer sus actos, ya sea reflexionar sobre sus actos para determinar su fin. No por esto es menos cierto que las cosas tienden hacia Dios, pues nunca obran sino en vista de cierto bien, que es un análogo del Bien supremo, de modo que todas sus acciones tienden a hacerlas a algo menos desemejante a él. Esa persecución de Dios, que en los demás sólo es vivida, en el caso del hombre es conocida y consciente. No tiene suficientes luces para saber que el Bien le es accesible, pues un bien no tiene mayor derecho al Bien que un ser al Ser, pero tiene bastante para saber que eso es lo que busca y por qué lo busca. Pues, si lo que acabamos de decir es verdad, el amor humano, sean cuales sean sus ignorancias, sus cegueras y aun sus extravíos, no es más que una participación finita del amor que Dios tiene por sí mismo. La desgracia del hombre es que puede equivocarse de objeto, y padecer por ello, aun sin saber que se equivoca; sin embargo, hasta en los más bajos placeres, hasta en el agotamiento de la voluptuosidad, todavía busca a Dios; aun más: por lo positivo de su acto y lo que aún puede tener de análogo con el amor verdadero, busca a Dios mismo en él, para él. De modo que, como era de esperar, por lo demás, el fin del amor humano es también su causa. En esa persecución de nuestra propia felicidad, Dios se aleja y sigue delante de nosotros; es a un tiempo lo que deseamos y lo que hace que lo deseemos: praevenit, sustinet, implet; ipse facit ut desideres, ipse est quod desideras. En ese sentido, totalmente radical, es cierto decir que la causa de nuestro amor de Dios es Dios, pues él crea nuestro amor al crearnos. Pero si esto es verdad, hay que ir todavía más lejos, pues ya que el amor es una busca que quiere llegar a ser posesión, decir que sin Dios no seríamos capaces de amar a Dios, es decir que sin Él ni siquiera seríamos capaces de buscarlo. Dios quiere, pues, que el hombre lo posea ya por el amor para incitarlo a buscarle, y quiere que el hombre lo busque por el amor a fin de poseerle; puede buscárselo y encontrárselo; lo que no se puede hacer es anticipársele: nadie puede buscarlo, a menos que ya lo haya encontrado. Nemo te quaerere valet, nisi qui prius invenerit; esta palabra, cuyo eco se deja oír en una página célebre de Pascal, da su sentido propio a la noción cristiana del amor.»

 ¿Quién puede mirar lo humano de este modo? ¿cuál es el origen de una mirada así hoy? ¿cómo ser fieles a nuestra propia humanidad?

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"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)