"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

miércoles, 21 de enero de 2009

La sombra del ciprés es alargada -Miguel Delibes



La cabeza empezaba a calentárseme restregada por el decurso de los primeros
razonamientos. Quise imaginarme a un grano de trigo aislado de los demás granos, sin
rozarse con ninguno, dentro de un saco; deseé poder concebir un punto de arena en
una playa sin conexión alguna con otros puntos; quise aislar una molécula de agua en
el seno de la mar, y no me fue posible. La realidad se me imponía con las armas de la
lógica. Nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de
coordinación o de mando. Todo está incrustado en un orden preestablecido, sometido
a leyes fatales o voluntarias, pero que por sí hablan ya de una coordinación y un nexo
al menos relativos. Deseé imaginarme a un hombre autónomo, independiente de otros
hombres y de las cosas en un grado absoluto. Voló mi imaginación a un peñasco
solitario del mar mayor del universo. Allí situé a mi hombre imaginario. Le di por oficio
el de torrero del faro. Al momento se me impuso de nuevo, implacable, la fuerza de la
realidad. Ese hombre venía de algún plinto; naturalmente, de otro hombre. El faro
debería arder de noche para evitar el naufragio de otros hombres. Sobre esto el
torrero había de atender a sus necesidades ineludibles: comer, vestir, cultivar su
espíritu. Ya estaba mi hombre encadenado; sujeto a la ráfaga interminable de la
dependencia, de la conexión, de la fatal coordinación a otros hombres y a otras cosas.
El hombre absolutamente aislado era inconcebible. En ese equilibrio entre el toma y el
deja, no era solución posible el no tomar nada para no tener que dejar nada. La
encrucijada del desasimiento, en más o en menos, había de llegar forzosamente para
todos.

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"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)