"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

domingo, 14 de agosto de 2011

Una propuesta a la altura de sus deseos


Los jóvenes y el corazón
José Luis Restán • Vía Páginas Digital

Un estudiante de un instituto madrileño polemiza agriamente con su profesor que anuncia a la clase un examen para el lunes siguiente. "Profesor, tú no puede poner examen el lunes, los fines de semana son nuestro tiempo y lo necesitamos para descansar". Una semana después, este alumno participaba en una manifestación convocada por el colectivo "Jóvenes sin futuro", que reclamaba al "Sistema", "Casa, curro y jubilación". La manifestación acabó con fuertes enfrentamientos con la policía.

Un joven estudiante de Políticas hace campaña en su Facultad para que sus compañeros se trasladen a la acampada en la Puerta del Sol. Se dice anarquista y profesa en voz alta que acude allí porque al fin va a poder llevarse a cabo "la revolución". Al cabo de unos días ha tornado a clase, y una compañera con la que había polemizado duramente le pregunta por qué abandonó la acampada. "Porque aquello no es la revolución, estoy harto y desencantado". La compañera le pregunta en qué debería consistir entonces su ansiada revolución, y él responde: "no lo sé, tiene que ser algo que tenga que ver conmigo, que empiece dentro de mí".
Una joven experimenta una profunda tristeza en su relación con las cosas. Nada le basta: ni la relación con el novio, ni el descubrimiento de nuevos conocimientos en su carrera, ni la belleza del arte para el que está excepcionalmente dotada. Siempre falta algo. Algunos compañeros le dicen que se tranquilice y se divierta, que ya pasará esa melancolía. Pero hay un amigo que afirma que esa tristeza es signo de que está bien hecha, de que nada puede calmar su sed, porque es sed del Infinito. Ella le da crédito, pero le advierte: espero que al final haya respuesta, porque si no, no tendría sentido mantener abierta esta herida.
Son tres historias que conozco de primera mano y que nos hablan del corazón de los jóvenes, de la cultura que les envuelve, de su camino y de sus extravíos. Después volveré sobre ellas. Ahora quisiera partir de lo que dice Benedicto XVI en su Mensaje de invitación para la ya próxima JMJ de Madrid 2011.



El corazón de los jóvenes
"Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los jóvenes... Al pensar en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza... Desear algo más que la cotidianidad regular de un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente".
El Papa señala aquí un punto importante: el tiempo de la juventud no tiene que ser mitificado; es interesante porque en él se hacen especialmente vivas y transparentes las exigencias de lo humano. La fortaleza, la sencillez-ingenuidad de la juventud, son armas para que despunte con claridad lo humano. Al revés de cuanto se dice a veces, la madurez no consiste en poner orden al caos de la juventud, no consiste en moderar el exceso del deseo juvenil: consiste (ojala que así sea) en la verificación de la verdad que la juventud intuía, está llamada a ser el cumplimiento de la promesa que en la juventud resplandecía. Y cuando no es así, maduro se convierte en sinónimo de cínico, y ese es l fracaso de lo humano.
"Queríamos encontrar la vida misma en su inmensidad y belleza", recuerda el Papa. "Sentíamos el anhelo de lo que es realmente grande". No se trata de otra cosa. Ahí reside el corazón de la juventud, promesa de la verdad de lo humano.



Una cultura que aplana el deseo

Ahora bien, una cultura, una civilización, se mide por la capacidad de mantener vivo este corazón, de ofrecerle cauce y perspectiva para que realice su propio dinamismo. Desgraciadamente hoy, la cultura dominante en occidente no ayuda en este camino, más bien diríamos que tiende a aplanar el deseo cuando no asfixiarlo, mientras ofrece una panoplia inmensa de entretenimientos y di-versiones para que el sujeto, especialmente el joven, esté siempre fuera de sí. Y así sucede lo que Don Luigi Giussani describía en los años 80: "es como si los jóvenes hubiesen sido alcanzados... por la radiaciones de Chernobyl, el organismo es estructuralmente el mismo de antes, pero dinámicamente ya no es el mismo,.... como si estuvieran descargados afectivamente (sin energía para adherirse a la realidad).
Este drama lo han descrito también autores laicos como el crítico literario Pietro Citati: "Hoy día los jóvenes no saben quiénes son, tal vez no quieren saberlo... se detienen ante un umbral que quizás no se abrirá nunca... no desean actuar, prefieren quedarse pasivos", Y el famoso director de La Reppublica, Eugenio Scalfari, añadía: "la herida en estos jóvenes ha sido el aburrimiento, el aburrimiento invencible, el aburrimiento existencial que ha matado el tiempo y la historia, las pasiones y las esperanzas".
Efectivamente, si el hombre no encuentra la respuesta a esa sed que le constituye (o al menos una pista para perseguirla), todo se vuelve relativo y opinable, nada es capaz de atraerle... y eso es lo que documenta el misterioso letargo y el aburrimiento invencible. Podríamos decir que el fruto existencial del relativismo es esta desconexión de la realidad, este aburrimiento y desinterés que se constata fácilmente hablando con padres y maestros (siempre que se superen, claro está, los discursos formales). Naturalmente, de ese desinterés no está excluida, como vemos frecuentemente, la fe cristiana.
Pero dejemos claro que las crisis de los jóvenes son crisis de adultos: los adultos que han generado la cultura en la que están inmersos los jóvenes y los adultos que les han educado. Nuestros jóvenes han crecido en un clima marcado por la desconfianza sobre el significado y el valor de la persona, sobre su origen y su destino. Y además han vivido un tremendo déficit educativo, en la familia, en la escuela, en la sociedad como conjunto... también, en buena medida, en sus comunidades cristianas de referencia, cuando las han tenido.



Vías de escape
Ante este clima, evidentemente insatisfactorio, existen respuestas muy dispares. Existe, aunque atenuada por los fracasos cosechados al final del siglo pasado, la respuesta de las ideologías. Y no se puede descartar una nueva oleada. El hombre necesita siempre una hipótesis de respuesta a la esperanza que lleva inscrita en el corazón, como describe magistralmente Benedicto XVI en la Spe Salvi. Las ideologías salvadoras que pretendieron arrogarse esa respuesta, han dejado un rastro tremendo de destrucción, pero cuidado: la memoria es frágil y un contexto de crisis social, económica y moral puede ser el caldo de cultivo para que rebroten aunque sea con la piel cambiada. Por eso hacer memoria de la inhumanidad de estos sistemas y de su sinrazón, sigue siendo necesario hoy. Pensemos además que la ignorancia juvenil al respecto, es clamorosa, aumentando así la vulnerabilidad.
Existe la ilusión de una suerte de comunidad virtual de relaciones blandas que proporciona un cierto paraguas afectivo (típico de la sociedad virtual), una sensación de compañía que enmascara la soledad fundamental que tiene lugar cuando no hay un juicio compartido, cuando no tiene lugar una narración de la propia experiencia que se mide con los demás.
Existen por supuesto las vías de escape de la droga y el placer desenfrenado, la gran escapada de un mundo que no se entiende ni se ama, que resulta huraño y sin sentido y del que sólo se puede esperar algún goce desenfrenado y limitar al máximo el dolor, aunque a la larga esto sea imposible.
Pero estas y otras respuestas sólo consiguen ahondar el problema: la confusión tremenda del yo, la incapacidad de situarse en el mundo, la aridez de las relaciones, la charlatanería vacua, la soledad y una violencia latente (fruto de una rebeldía ciega) que es ya un rasgo social de ciertas franjas juveniles.



Un desafío para la Iglesia

Naturalmente para la Iglesia todo esto constituye un desafío de primera magnitud, que me propongo abordar en este momento. Lo haré partiendo de un diálogo que Benedicto XVI mantuvo con los jóvenes en 2007 durante su visita a la ciudad de Génova. Uno de ellos le plantea lo siguiente: "nos falta un centro, un lugar, o personas capaces de darnos una identidad; a menudo nos sentimos en la periferia de la historia, sin perspectivas y por tanto sin futuro; parece que aquello que esperamos no sucede nunca. Santidad ¿hay algo que nos permita llegar a ser importantes?"
En esta pregunta ciertamente inteligente, despuntan varias cuestiones. Aquí resuena el deseo de "ser protagonistas" (quizás esto tenga que ver con el deseo de esa revolución difusa de uno de los jóvenes a los que refería al principio), en un contexto en el que cada individuo parece ser una pieza anónima de un gran mecanismo que manejan los diversos poderes económico, político, mediático-cultural. Está también la sensación de orfandad, de no pertenecer a un lugar ni a una tradición, de ser una barca en ese mar confuso de la red social. Está la denuncia de una dramática falta de maestros (y de padres) con los que poder medirse. Y está la inquietante duda sobre si la espera del corazón se cumplirá, ya que aquello que esperamos "no sucede nunca". La misma inquietud que embargaba a la chica de la tercera historia que comentaba al principio.
Y Benedicto XVI coge al vuelo este desafío y despliega una respuesta originalísima. El Papa arranca de la contraposición centro-periferia que había planteado este joven, y afirma que la gran tarea para este momento es generar centros vitales en esa periferia nebulosa en que se mueve la vida de la gente.
El problema, señala el Papa, es que las células vitales de la sociedad, llamadas a construir "centros" en la periferia, están en peligro, no cumplen suficientemente su función. La familia, la parroquia, las asociaciones civiles, los movimientos.... deberían ser lugares de encuentro donde se aprende a vivir, donde se hace experiencia de las virtudes esenciales. Es preciso reconstruir esta red de centros vitales en la periferia, en la confusión de nuestras sociedades complejas. Centros de fe, de esperanza, de amor y solidaridad, donde crezca el sentido de la justicia y de la cooperación.
Necesitamos el coraje de construir esos centros, apunta el Papa, que se oponen a la disolución del yo, que le permiten el encuentro con los otros, y que son un auténtico lugar educativo, donde cada uno descubre su propio rostro y se hace protagonista. ¿Y cómo puede suceder esto? Sólo si en estos lugares el cristianismo se reconoce como una vida que se puede experimentar, como el cumplimiento de la promesa de verdad, justicia, belleza y unidad, que cada uno reconoce en su propio corazón.



Hablarles al corazón. Una propuesta a la altura de sus deseos
Eso implica en primer lugar que esa propuesta (la fe de la Iglesia vivida dentro de las circunstancias) se arriesgue a medirse con las preguntas y los deseos del joven. Recientemente ha dicho el Papa a la diócesis de Roma que es necesario "recorrer este camino que permite descubrir el Evangelio no como una utopía, sino como la forma plena y real de la existencia". Y la existencia significa el amor por una chica, el deseo de trabajar, los contenidos del estudio, la preocupación por la ciudad común, el temor al futuro... Mostrar que en cada una de esas facetas, la fe es la forma plena y real de la existencia, la única que está a la altura de los deseos del corazón del hombre, es absolutamente necesario para que el cristianismo sea algo relevante, algo que no barrerá el viento de la vida con sus fracasos y dolores.
Y esto implica estar dispuestos a correr el riesgo de medir la propuesta cristiana con la razón y con la libertad de los jóvenes, en un diálogo que puede ser (mejor, ¡que siempre es!) dramático y que requiere tiempo. Para eso no necesitamos un sistema o una organización, lo que necesitamos es un testigo: alguien cuya vida haya sido cambiada por el encuentro cristiano, alguien que "pertenece" a la comunidad de la Iglesia y que se "expone", dando razón de su experiencia frente al que tiene delante. Como decía el joven que interpelaba al Papa "nos faltan personas capaces de darnos una identidad". Esa personaes el testigo, y sin ella no hay propuesta ni educación, sin testigos esos espacios (familia, parroquia, escuela, comunidad) no serán "centros en la periferia". Y por eso aunque muchos pasan por allí, sus vidas no cambian.
Lo que puede vencer al relativismo no es un discurso correcto ni tampoco una mera propuesta de cambio moral. Lo que vence al relativismo (de los jóvenes y de los adultos) es el encuentro con la Verdad hecha carne, con la fascinación y la correspondencia de Cristo presente en la vida de la Iglesia. Una vida que no se reduce a doctrina, a moral o a prácticas de piedad. Es una vida-vida: "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan abundante", dice Jesús en el Evangelio.
Tenemos que aceptar el riesgo de confrontar la propuesta cristiana (en toda su extensión y profundidad) con la libertad y la razón de los jóvenes. Y no basta con un enunciado, se trata de acompañar a los jóvenes en la verificación de la conveniencia humana de la fe. Precisamente lo que provoca el desapego y la irrelevancia, es la falta de esta verificación: que viviendo la fe sabré querer cien veces más a la chica de la que estoy enamorado, podré disfrutar cien veces más de lo que estudio, podré mantener cien veces más el impulso por construir una ciudad más hospitalaria y digna del hombre, podré afrontar cien veces mejor el vértigo de la enfermedad y del dolor. Porque el cristianismo es un plus de humanidad, porque como repite incansable Benedicto XVI, "Dios no quita nada, lo da todo".
En ese mismo diálogo con los jóvenes de Génova, Benedicto XVI decía que "la fe crea una compañía de personas en camino.... en la que, no obstante todos los problemas, nace la alegría de vivir". Yo he asistido, (¡asisto todavía!) al espectáculo de esa compañía de personas en camino. En camino por las circunstancias de la vida personal y de la historia, y por tanto nunca es un camino de rosas. Así la vida adulta se convierte en la verificación madura de los ideales de la juventud, en lugar de ser la playa a la que llegan los desechos de nuestros sueños. La "victoria" de la fe se juega en esta dramática disyuntiva. Porque no invitamos a los jóvenes a venir para otra cosa, sino para hacer este camino que les lleve a descubrir la verdad de su propia vida: que el deseo de su corazón no es una broma pesada, sino la huella imborrable que ha dejado el Dios que es razón creadora y amor definitivo. Un Dios que se puede encontrar por los caminos del mundo, como lo encontraron aquellos galileos hace más de dos mil años.

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"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)