"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

viernes, 6 de enero de 2012

Siempre hay una flor..



“—Bueno, ¿qué te pasó el otro día?
—¿Y a usted qué le importa, profe?
El Soñador me mira fijamente a los ojos y a duras penas consigo sostener su mirada.
—A lo mejor necesitas una mano, un consejo...
Guardo silencio. Con los ojos bajos. Miro el asfalto como si cada centímetro del alquitrán de pronto se hubiese vuelto interesante. En mi interior hay alguien que solo está esperando eso, alguien que quiere salir, pero que permanece agazapado, se defiende y tiene miedo de mostrarse tal como es, pues si sale expondría al otro de pelo desgreñado y mirada de listo, y lo expondría con bastante agua y sal en forma de lágrimas. Así que sigo mirando al suelo, por miedo a que aquel salga como la pasta de dientes, más de la cuenta y de golpe y porrazo.
El Soñador espera en silencio. No tiene prisa, como todos los que te ponen en apuros. Y yo le pago con la misma moneda.
—Profe, ¿usted qué haría si su chica se muriese?
Y esta vez lo miro a los ojos. El Soñador me observa y permanece callado. Deja de comer. Tal vez nunca lo había pensado. Tal vez se ha quedado hecho polvo. Bien, así comenzará a entender algo y dejará de dar la lata con sus teorías. Me responde que no lo sabe y que probablemente no podría con el peso de un hecho semejante.
No lo sabe. Es la primera vez que el Soñador no sabe algo. La primera vez que no está seguro de sí y brillante como los escaparates del centro en Navidad. No lo sabe.
—Pues verá, profe; resulta que yo estoy pasando por eso y ahora todo lo demás me parece una estupidez.
El Soñador se pone a mirar el cielo.
—Beatrice.
Guarda silencio. Luego me pregunta si es la chica de la que se habla en el instituto: la chica con leucemia. Bajo la cabeza, casi herido por aquellas palabras, que por desgracia son ciertas: la chica enferma de leucemia... Silencio. El silencio de los mayores es una de las victorias más contundentes que cabe imaginar. Entonces me pongo a hablar yo.
—No es precisamente mi chica, pero es como si lo fuese. Verá, profe, cuando le hablaba de mi sueño, hablaba de Beatrice. Sé que, cualquiera que sea mi camino, ella será mi compañera, y que yo, si ella no está en ese camino, no sabré hacia dónde ir.
El Soñador sigue callado. Me pone una mano en el hombro y no dice nada.
—Ella ahora está pálida. Ha perdido su pelo rojo, el pelo por el que me enamoré .Y yo ni siquiera me atreví a hablar, a ayudarla, a preguntarle cómo estaba. La vi así y huí. Huí como un cobarde. Estaba convencido de amarla, estaba convencido de que llegaría hasta el fin del mundo con ella, estaba dispuesto a hacer cualquier cosa, hasta doné mi sangre, y luego, cuando la veo delante, huyo. Huyo como un cobarde. No la amo. Quien huye no ama de verdad. Estaba muy pequeña, indefensa, pálida, y yo huí. Doy asco.
Silencio. El silencio de los mayores es una de las victorias más contundentes que cabe imaginar. Entonces me pongo a hablar yo.
Las últimas palabras rompen un muro de hormigón que me había subido poco a poco desde el estómago hasta la garganta y que se hace trizas a la altura de los ojos, convirtiéndose en lágrimas pesadas y dolorosas como piedras. Lloro a moco tendido con todo el dolor que puedo, porque me hace bien, casi tanto como cuando doné sangre. Puedo llorar y no sé cuándo lo volveré a hacer, aunque me sienta un tonto de proporciones gigantescas.
El Soñador permanece callado a mi lado, con su mano fuerte sobre mi hombro. Me siento un imbécil. Soy un hombre de dieciséis años y estoy llorando. Estoy llorando delante de mi profe de historia y filo, con la boca todavía manchada de helado. Qué le vamos a hacer, ya ha pasado. El dique se ha roto y ahora mismo un millón de metros cúbicos de dolor se están volcando sobre el mundo por mi causa, pero al menos ya no está solo dentro de mí.
Tras dejar que me desahogara al menos durante un cuarto de hora (detrás del fuego de la ira se oculta como mínimo el doble de agua salada...), el Soñador rompe el silencio que sigue al llanto, como el silencio de la arena tras un violento temporal.
(…) Ya estoy mejor. Yo, que ante un error quisiera que la vida tuviera la tecla rewind. Pero resulta que la vida no tiene esa tecla. La vida siempre avanza, y suena, lo quieras o no, únicamente puedes subir o bajar el volumen. Y tienes que bailar. Lo mejor que puedas. De todos modos, por lo que sea, ahora tengo menos miedo. El Soñador interrumpe mis reflexiones.
—Todos tenemos algo de que avergonzarnos. Todos hemos huido, Leo. Pero eso nos hace hombres. Solo cuando tenemos tatuado en la cara algo que nos avergüenza, nuestra cara empieza a ser real...
—¿Usted llora, profe?
El Soñador guarda silencio.
—Siempre que pelo una cebolla.
Rompo a reír, pese a que su chiste es pésimo. Sorbo con la nariz y consigo contener las lágrimas que me quedaban por llorar.
—Es normal tener miedo. Como también es normal llorar. Eso no es ser cobarde. Ser cobarde es hacerse el tonto, volver la cara hacia otro lado. Eludir las cosas. Seguro que has huido. Seguro que te has cabreado —¡ha dicho cabreado!— con todos y contigo mismo. Pero eso es normal. Solo que cabreándote —y van dos...— no arreglas nada. Puedes cabrearte —¡y tres!— todo lo que quieras, pero eso no curará a Beatrice. Una vez leí en un libro que el amor no existe para hacernos felices, sino para demostrarnos cuan fuerte es nuestra capacidad de soportar el dolor.
Pausa de silencio.
—¡Pero yo he huido! ¡Yo, que tendría que ser capaz de morir por ella con tal de que se cure!
El Soñador me mira.
—Te equivocas, Leo; la madurez no se ve en el deseo de morir por una causa noble, sino en el deseo de vivir humildemente por ella. Hazla feliz.
Vuelvo a permanecer callado. Alguien de mi interior está saliendo de la caverna. Alguien que estaba ahí escondido, herido y necesitado de ayuda, finalmente, quizá, se está decidiendo a enfrentarse a los dinosaurios. En este instante estoy pasando de la edad de piedra a la del metal. No era un gran paso, pero al menos siento que tengo un arma afilada contra los dinosaurios de la vida. La sensación es más intensa que la coraza de hierro y fuego que creía haberme hecho con mi rabia. Era una fuerza distinta, este nuevo alguien se pega a mi piel y la vuelve transparente, fuerte y elástica.
—Se ha hecho tarde —dice el Soñador mientras doy un salto evolutivo como mínimo de dos mil años.
Me mira directamente a los ojos.
—Gracias por la compañía, Leo. Y sobre todo gracias por lo que me has regalado esta noche.
No entiendo.
—Regalar nuestro dolor a los demás es el acto de confianza más hermoso que puede hacerse. Gracias por la clase de hoy, Leo. Hoy el profe has sido tú.
Me deja ahí como un papanatas atontado. Ya me da la espalda. Es estrecho de hombros, pero son fuertes. Tiene los hombros de un padre. Quisiera seguirlo y preguntarle quién es ese amigo suyo, pero enseguida comprendo que hay cosas que es mejor que permanezcan en la incertidumbre... Tengo los ojos rojos de llanto, estoy sin fuerzas, vacío, y sin embargo soy el adolescente más feliz de la tierra, porque tengo una esperanza. Puedo hacer algo para recuperarlo todo: Beatrice, Silvia, amigos, instituto... A veces basta la palabra de alguien que cree en ti para devolverte al mundo.”

Blanca como la nieve roja como la sangre.

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"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)