"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

domingo, 14 de abril de 2013



Nos ayudan a entenderlo dos oraciones de la liturgia de las horas, con las cuales Dante tenía familiaridad, el canto de Zacarías, el Benedictus, y el canto de la Virgen, el Magnificat. El primero, que se recita en la mañana, dice: «Bendito el Señor […]  porque […] ha suscitado para nosotros una salvación potente, […] como había prometido por boca de sus profetas» (Lc 1, 68-70). La otra gran oración, aquella que se dice en la tarde, el Magnificat, se cierra así: «Ha socorrido a Israel su siervo […] como había prometido a nuestros padres» (Lc 1, 54-55). Prometido «a nuestros padres» en el lenguaje bíblico quiere decir prometido a la raíz de nuestro corazón. A la raíz del corazón del hombre hay una espera de bien, una promesa hecha a Abraham y a su descendencia por siempre. Sí, aquello que hemos intentado decir la vez pasada es esto: venimos al mundo con una promesa, una promesa de bien.

            Dante lo había presentido, entrevisto, experimentado en el encuentro con Beatrice; pero después Beatrice muere. ¿Dónde va ahora a terminar la promesa de bien que ha movido el corazón de Dante desde el nacimiento, que mueve el corazón del hombre siempre, que parece realizarse en un encuentro, en una amistad, en un bien vislumbrado, pero que, después se va?


Franco Nembrini

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(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)