"Scribere me aliquid et devotio iubet"

"Scribere me aliquid et devotio iubet" San Bernardo de Claraval

Ya no le temo al blanco...

"Noto mis palabras libres y a la vez con peso. El peso se lo dan los hechos por los que he pasado, aunque ya se han convertido en alas y plumas que la hacen volar, tan ligera como grave. Sólo ahora que tengo peso, sé volar" Alessandro D´Avenia.

martes, 22 de diciembre de 2009

Navidad: La fiesta de los hombres

Giotto di Bondone, ( 1266 - 1337)

BARIONÁ, EL HIJO DEL TRUENO

Frases escogidas

Barioná: La sabiduría me dijo: el mundo no es más que una caída interminable., el mundo no es más que una mota de polvo que no termina nunca de caer. Las personas y las cosas aparecen de repente en un punto de la caída y, apenas aparecidos, son arrastrados por esta caída universal y empiezan también a caer, se atomizan y se deshacen. Mi sabiduría me ha dicho: la vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza.

Tenemos que acostumbrar nuestras almas a la desesperanza: no haremos más niños. No queremos perpetuar la vida ni prolongar los sufrimientos de nuestra raza (pp. 102-103)

Barioná: ¿Osaríais crear vidas jóvenes con vuestra sangre podrida? ¿Queréis refrescar con hombres nuevos la interminable agonía del mundo? Y deseo que nuestro ejemplo sea el origen de una nueva religión, la religión de la nada (p. 104-105).

Barioná [a la esposa, Sara, que le anuncia que está embarazada de él]: Es por tu alegría por lo que quieres dar a luz, no por la suya. No le amas lo suficiente.

Sara: Le amo ya, tal y como puede ser. Aquel a quien espero no lo he elegido y, sin embargo, lo espero. Le amo por adelantado, aunque sea feo, aunque sea ciego.

Barioná: Si le amas, ten compasión de él. Déjale dormir el sueño tranquilo de los no nacidos.

Sara: Quiero darle también el sol y el aire fresco y las sombras violetas de las montañas y la risa de las niñas. Te lo ruego, deja que nazca un niño, deja que el mundo tenga, de nuevo, una oportunidad.

Barioná: ¡Cállate! Es una trampa. Siempre creemos que hay una oportunidad más. (...) Los naipes están marcados de antemano. La miseria, la desesperanza, la muerte, esperan en cada esquina (pp. 107-108)

Barioná [a su esposa]: Este niño que tú quieres hacer que nazca es como una nueva edición del mundo. A través de él, las nubes y el agua y el sol y las casa y el dolor de los hombres existirán una vez más. Vas a recrear el mundo. ¿Comprendes qué enorme incongruencia, qué monstruosa falta de sensibilidad, sería traer nuevos seres a este mundo fallido? Tener un niño es aprobar la creación en el fondo del corazón, es decirle al Dios que nos tortura: “Señor, todo está bien y te doy gracias por haber creado el universo”. ¿Verdaderamente quieres cantar ese himno? La existencia es una lepra vergonzosa que nos roe a todos, y nuestros padres han sido los culpables.

Mi corazón está cansado de la espera y no se desprende uno fácilmente de la desesperanza una vez que se ha probado (pp. 110-112)

El Ángel: Escuchad: es en Belén, en un establo. Hay en el cielo un gran vacío y una gran espera. Guardad silencio porque el cielo se ha vaciado por completo, como un gran agujero, está desierto y los ángeles tienen frío.

¡Ya está! ¡Ha nacido! Su espíritu infinito y sagrado está prisionero en un cuerpo de niño todo sucio y se extraña de sufrir y de ignorar. Ahí está. Nuestro soberano ahora es simplemente un niño. Un niño que no sabe hablar. Les ha llegado a los hombres la hora de la alegría. No tengáis miedo (p. 125).

Caifás: Esta es una noche bendita entre todas, fecunda como el vientre de una mujer, joven como la primera noche del mundo, porque todo vuelve a empezar de nuevo (p. 130).

Barioná: He blindado mi corazón con una triple coraza: contra los dioses, contra los hombres y contra el mundo. No pediré compasión ni diré gracias. No doblaré mi rodilla delante de nadie, pondré mi dignidad en mi odio.

Aunque el Eterno me hubiese mostrado su rostro entre las nubes, me negaría a escucharle porque soy libre; y contra un hombre libre, ni el mismo Dios puede nada. Puede reducirme a polvo o prenderme como una tea, puede hacer que me retuerza en mis sufrimientos como el sarmiento en el fuego, pero no puede nada contra este pilar acerado, contra esta columna inflexible: la libertad del hombre (p. 135).

Barioná: ¿Y a quién esperáis? A un rey, a un poderoso de la tierra que aparecerá en toda su gloria y atravesará el cielo como un cometa, precedido de un resonar de trompetas. Y, ¿qué os ofrecen? Un niño miserable, sucio, gimiendo en un establo, con briznas de paja clavadas en sus pañales. ¡Ah! ¡Bonito rey! Id, bajad, bajad a Belén, seguramente valga la pena el viaje.

Volved a casa, buena gente, y en adelante mostrad algo más de discernimiento. El Mesías no ha venido y, qué queréis que os diga, no vendrá nunca. Este mundo es una caída interminable. El Mesías sería alguien que parase esta caída, alguien que invirtiera de repente el curso de la cosas.

Sólo tengo una certeza, y es que todo seguirá cayendo siempre: los ríos hacia el mar, los pueblos antiguos bajo la dominación de los jóvenes, las empresas humanas hacia la decrepitud y nosotros hacia la infame vejez. Volved a casa (p. 138)

Mirad a vuestra desperanza a la cara, porque la dignidad del hombre está en su desesperanza (p.142).

Baltasar [rey mago, se dirige a Barioná]: Veo en tu cara que has sufrido y veo también que te ha complacido en tu dolor. Tus rasgos son nobles, pero tus ojos están medio cerrados y tus oídos parecen taponados. Veo en tu rostro la pesadumbre que se percibe en los ciegos y los sordos. Míranos: nosotros también hemos sufrido y somos sabiso entre los hombres. Pero cuando una estrella nueva se ha elevado, hemos dejado nuestros reinos sin dudarlo, la hemos seguido y vamos a adorar nuestro Mesías.

Barioná, tú sufres. Cristo ha bajado a la tierra por ti. Por ti más que por cualquier otro, porque tú sufres más que cualquier otro.

Ésa es tu desesperanza: rumiar el instante fugaz, mirarte el ombligo con una mirada rencorosa y estúpida (p.142)

Sara: Te amo, Barioná. Pero compréndeme. Allí hay una mujer feliz y plena, una madre que ha dado a luz por todas las madres y lo que ella me ha dado es como un permiso: el permiso de traer a mi hijo al mundo. Quiero ver a esa madre feliz y sagrada, quiero verla. Ella ha salvado a mi hijo. Nacerá, ahora lo sé. ¿Dónde?, poco importa. Al borde de un camino o en un establo, como el suyo. Y sé también que Dios está conmigo (pp. 145-146)

Barioná: ¡Un Dios que se transforma en hombre! ¡Qué idiotez! No veo qué podría tentarle de nuestra condición humana. Los dioses viven en el cielo, completamente ocupados en gozar de ellos mismos. Y si les diera por descender entre nosotros, lo harían bajo alguna forma brillante y fugaz, como una nube púrpura o un relámpago. ¿Se cambiaría un Dios en hombre? El Todopoderoso, en el seno de su gloria, ¿contemplaría a estas pulgas que pululan sobre la vieja costra de la tierra y que la ensucian con sus excrementos y diría: quiero ser uno de esos gusanos? No me hagas reír. ¿Un Dios que se rebaja a nacer, a vivir nueve meses como una fresa de sangre? (p. 147)

Un Dios-Hombre, un Dios hecho de nuestra carne humillada, un Dios que aceptase conocer este sabor amargo que hay en el fondo de nuestra boca cuando todos nos abandonan, un Dios que aceptase por adelantado sufrir lo que yo sufro ahora... ¡Venga ya!, es una locura. (p. 150)

Barioná.- Si un Dios se hubiese hecho hombre por mí, le amaría excluyendo a todos los demás, habría entre Él y yo algo así como un lazo de sangre, y no tendría vida suficiente para demostrarle mi agradecimiento: Barioná no es un ingrato. Pero, ¿qué Dios sería lo suficientemente loco para eso? No el nuestro, desde luego. Siempre se ha mostrado más bien distante (...) Un Dios hombre, un Dios hecho de nuestra carne humillada, un Dios que aceptase conocer este sabor amargo que hay en el fondo de nuestra boca cuando todos nos abandonan, un Dios que aceptase por adelantado sufrir lo que yo sufro ahora...¡Venga ya!, es una locura...

Narrador: He aquí a la Virgen, y aquí José, y aquí el niño Jesús. La Virgen está pálida y mira al niño. Lo que habría que pintar en su cara sería un gesto de asombro lleno de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en rostro humano. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne y fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo ha llevado en su seno, y ella le dará el pecho y su leche se convertirá en la sangre de Dios. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que El es Dios. Le estrecha entre sus brazos y le dice: “¡Mi pequeño!”. Pero en otros momentos, se queda sin habla y piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Porque todas las madres se han visto así alguna vez, colocadas ante ese fragmento rebelde de su carne que es su hijo, y se sienten como exiliadas ante esa vida nueva que han hecho con su vida, pero en la que habitan pensamientos ajenos. Mas ningún niño ha sido arrancado tan cruel y rápidamente de su madre como éste, pues Él es Dios y sobrepasa por todas partes lo que ella pueda imaginar.

Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos y fugaces, en los que siente a la vez, que Cristo es su hijo, es su pequeño, y es Dios. Le mira y piensa: “este Dios es mi niño. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos, y la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios y se parece a mi”

Y ninguna mujer, jamás ha disfrutado así de su Dios, un Dios al que se puede tocar; y que vive. Si fuera pintor trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno y tímido con que ella acerca el dedo para tocar la dulce y suave piel de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas y que le sonríe.

A José no le pintaría. Plasmaría sólo una sombra, al fondo del establo, y dos ojos brillantes. Está en adoración y está feliz de adorar y se siente un poco exiliado.

Creo que sufre sin confesarlo. Sufre porque ve cuánto se parece a Dios la mujer que ama y hasta qué punto está ya del lado de Dios. Porque Dios ha explotado como una bomba en la intimidad de esa familia. José y María están separados para siempre por este incendio de claridad. Y toda la vida de José, imagino, será aprender a aceptar.

Mis buenos señores, ahí está la Sagrada Familia (pp. 162-164)

Barioná [que ha ido a matar al niño]: Ahí está. Ése es José, completamente callado y tan enérgico, con su silueta negra y sus ojos claros. ¡Ah! Nunca podría estrangular esta vida joven. Primero no tendría que haberla visto a través de la mirada de su padre. La mujer está de espaldas y no veo al niño. Imagino que está sobre sus rodillas. Pero veo al hombre. ¡Es verdad! ¡Cómo la mira! ¡Con qué ojos! ¿Qué puede haber detrás de esos dos ojos claros, claros como dos ausencias en una cara dulce y a la vez curtida? ¿Esperanza? Yo no traigo esperanza. Qué nubes de horror subirían desde lo más profundo de sí mismo para oscurecer esos dos retazos de cielo, si me vieses estrangular a su hijo. No he visto todavía a ese niño y ya sé que no voy a tocarle. Para reunir el valor con el que apagar esa pequeña vida entre mis dedos, no tendría que haberme fijado antes en los ojos de su padre. Estoy vencido (p.170).

Barioná: Algo acaba de comenzar. ¿Hay algo más conmovedor para el corazón de un hombre que el comienzo de un mundo, que la incipiente juventud, que el comienzo de un amor, cuando todo es todavía posible, cuando el sol, antes del amanecer, flota en el aire y en las caras como un fino polvo y cuando se presienten en la frescura agria de la mañana las promesas de un nuevo día?

En este establo se levanta una nueva mañana... en este establo ya ha amanecido (p. 173).

Baltasar: Cristo ha nacido para todos los niños del mundo, Barioná, y cada vez que un niño va a nacer, Cristo nacerá en él y por él, eternamente, para ser golpeado con él por todos los dolores y para escapar en él y por él, eternamente, de todos los dolores. Porque incluso para los ciegos, y para los parados, y para los prisioneros de guerra, y para los mutilados, existe la alegría. (p. 179-180)

Sara: ¡Mi niño, Dios mío, mi pequeño! Tú, a quien amé como si fuese tu madre (...) ¡oh, Dios, que te has hecho mi hijo! ¡oh, hijo de todas las mujeres. Eras mío, mío, me pertenecías todavía más que esta flor de carne que eclosiona dentro de mi carne. Eras mi niño y el destino de este hijo que duerme en el fondo de mi, y mira, se han puesto en marcha para matarte [los soldados de Herodes están matando a los recién nacidos ] (p. 183).

Barioná: No quiero morir. No tengo ninguna gana de morir. Querría vivir y disfrutar de este mundo que me ha sido descubierto, y ayudarte a educar a nuestro hijo. Pero quiero impedir que maten a nuestro Mesías y estoy convencido de que no tengo elección: no puedo defenderle más que dando mi vida.

Sara, vamos a separarnos sin lágrimas. Al contrario, tienes que alegrarte, porque Cristo ha nacido y tu hijo va a nacer.

Y te doy un mensaje para él. Más tarde, cuando haya crecido, cuando te hable de un cierto sabor a hiel en el fondo de su boca, dile: “Tu padre sufrió todo eso que tú sufres ahora y murió en la alegría.

¡En la alegría! Me desborda la alegría como una copa rebosante. Soy libre, tengo mi destino en mis manos. Voy contra los soldados de Herodes y Dios viene a mi lado. Soy ligero, Sara, ligero. ¡Ah, si supieras cuán ligero soy! ¡Oh, Alegría, Alegría! Llora de alegría. Adiós, mi dulce Sara. Levanta la cabeza y sonríeme. Tenemos que ser dichosos: te quiero y Cristo ha nacido. (pp. 188-189)


"Todo yo soy una pregunta a la que no sé dar respuesta"
(P. P. Pasolini)



"Él poseía una ingenuidad que le permitía mirar las cosas de nuevo, como si nadie las hubiese contemplado antes que él. Contemplaba al mundo con ojos nuevos, asombrados".
(L. Jonas)